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“No haces preguntas cuando creces. Observas, escuchas, esperas y te llega la respuesta”.
Larry Bird (indio del pueblo Laguna).

Der Wanderer über dem Nebelmeer (Caspar David Friedrich, 1817-1818).
“No haces preguntas cuando creces. Observas, escuchas, esperas y te llega la respuesta”.
Larry Bird (indio del pueblo Laguna).

Der Wanderer über dem Nebelmeer (Caspar David Friedrich, 1817-1818).
“Lobo
Símbolo del valor entre los egipcios y romanos. Aparece también como guardián en gran número de monumentos. En la mitología nórdica hace también su aparición un lobo monstruoso, Fenris, que destruía las cadenas de hierro y las prisiones, siendo por fin recluido en el interior de la tierra. Este monstruo deberá romper también esta cárcel en el crepúsculo de los dioses, es decir, al fin del mundo, y devorar al sol. El lobo aparece aquí como un símbolo del principio del mal, en un orden de ideas que no deja de tener relación con la cosmogonía gnóstica. Supone el mito nórdico que el orden cósmico es posible sólo por el aherrojamiento temporal de la posibilidad caótica y destructiva del universo, la cual (símbolo de la inversión) habrá de triunfar al final. También tiene conexión el mito con todas las ideas de aniquilamiento final de este mundo, sea por el agua o por el fuego”.
Juan Eduardo Cirlot

*Línea de Sombra ataca de nuevo.
Ilustración de Micharmut.
Un sueño de Pablo Maronda.
Estoy sentado al borde de la cama en la habitación de matrimonio de casa de mi abuela. La disposición de los muebles es la misma que cuando aún vivía mi abuelo, pero todo tiene un toque excesivamente setentero, como de comedia americana, que nunca había tenido antes: hay papel en las paredes, el suelo está enmoquetado con un estampado de flores colorista y extremo, y las cortinas parecen sacadas de Boogie Nights.
En la tele, en blanco y negro, emiten un extraño show de marionetas humanas, y muñecos de gomaespuma. Un cruce entre The Banana Splits, H. R. Pufnstuf y The Bugaloos, a la manera de los viejos programas lisérgicos para niños de la NBC yanki, pero con la textura de las viejas series de la tele de aquí: el blanco y negro helado, en tonos plata, de Crónicas De Un Pueblo o Historias Para No Dormir.

La cabecera es una especie de fiesta de troncos humanos que parlotean y cantan entre dientes unos adictivos temas de bubblegum. Parece que están celebrando una especie de fiesta de coronación. Un niño de ocho años con pelo de paje es portado en un trono portátil, como si fuera un dictador africano, y los troncos agitan sus minúsculos brazos-muñones a su paso.
El niño lleva un colgante en forma de minúsculo leño y sonríe sin cesar. De repente, el buen rollo se corta de raíz. La música cesa y los seres arrojan al suelo al chaval. Después se abalanzan sobre él y empiezan a golpearle de una manera brutal, haciéndole sangrar copiosamente. La música se vuelve ultra anfetamínica y las secuencias se intercalan de una manera brusca, como si faltaran fotogramas.
Al final una cortinilla de lenguas de fuego, que parecen quemar a los leños vivientes, deshace el negativo y la tele se queda en niebla blanca durante unos segundos.
Aburrido, me levanto de la cama y me decido a salir por la puerta. Una voz me llama desde el cristal de la pantalla.
-Eh… Chsst… Chaval-.
-¿Es a mi?-, pregunto extrañado.
-Somos los leños. Necesitamos un nuevo rey. Acércate a la tele-.
-De eso nada-, le espeto. -Si voy con vosotros luego me mataréis-.
El leño cambia la voz y pone un tono de pena enormemente forzado, para tratar de conmoverme: -A él le matamos porque era presumido-, dice entre sollozos. -Pero tú eres perfecto. Eres flaquito y no nos harás daño cuando te llevemos en hombros-.
-De eso nada-, digo.
Me acerco a la tele con cuidado, y cuando trato de apagarla, un fogonazo de la base del aparato hace que la caja comience a arder, derritiendo el cristal, que se pone todo negro, como el caramelo quemado de la crema catalana, mientras escucho como una letanía el lamento de los leños, confinados en su extraño mundo catódico.
“En el Mensaje Milenario al Congreso del año 2000, el presidente Brown recitó un emocionante sutra zen y luego hizo un tremendo anuncio: desde ese momento en adelante, el uso de vehículos privados con motor de gasolina se consideraría ilegal”.
J.G. Ballard, “Hola América”.
“As merendas con Shin Chan, as magdalenas con Son Gohan”.
Emilio José
Viaje de prensa a Las Vegas. Cogemos un helicóptero en Torrejón y llegamos rápido, demasiado rápido, en un abrir y cerrar de ojos, a nuestro destino. El helicóptero aterriza en pleno desierto y, desde ahí, cuatro periodistas ataviados con blancas chilabas caminamos bajo un sol de justicia hasta un inmenso barrizal donde crecen cientos de juncos sintéticos. Los atravesamos y seguimos andando por el desierto… hasta que nos topamos con una enorme cortina de terciopelo negro que cae desde el cielo y tapa todo el horizonte como un fúnebre campo de fuerza. “Parece un trozo de noche”, dice uno de mis compañeros. “Sí, pero es extraño, porque no da sombra”, contesta otro. Entre los cuatro, buscamos una abertura que nos permita atravesar, pero no la encontramos, y perdemos la paciencia porque el cortinón mide kilómetros y no vemos ni el principio ni el final. De pronto, se nos ocurre colarnos por debajo… y pasamos al otro lado… donde hay más desierto. Seguimos andando, sin rastro de sombra, mientras el sol cae a plomo sobre nuestras cabezas.
Cuando llevamos ya un buen rato de caminata, vemos un espejismo: una inmensa ciudad llena de rascacielos multicolores que, según nos vamos acercando, resulta no ser más que una larga playa artificial, donde nos dispersamos cada uno por su lado sin decir adiós ni mirar atrás. Yo me quito los zapatos y me pongo a vagabundear por la arena falsa, notando cómo los granos demasiado gruesos me erosionan las plantas de los pies y me hacen pequeñas llagas. Pero no me importa… lo único que quiero es llegar de una vez al mar del desierto para sumergirme en sus aguas y volver a vivir. De hecho, ese es mi único objetivo, para eso he hecho este largo viaje… Todo lo demás no importa ya.
Llevo ya andando bastante tiempo hacia el mar, pero por más que avanzo no consigo alcanzar la orilla, aunque la brisa y el olor a salitre me dicen que anda cerca. Estoy a punto de tirar la toalla varias veces, pero la sed de mar me obliga a seguir avanzando, mientras escucho a Emilio José en el MP3. Es entonces cuando diviso en lontananza una especie de figura hiperdelgada vestida de tuareg, que se aproxima a mí por la arena; de su mano lleva cogido un niño (¿o es un enano?) vestido igual que él o que ella. Me paro hasta que llegan a mí… y me quedo de piedra al ver que, bajo las túnicas de tela real se ocultan dos personajes de dibujos animados: el alto es Son Gohan y el pequeño parece Shin Chan, pero ambos más delgados o, mejor dicho, alargados. Al principio, creo que son un espejismo, hasta que Son Gohan me da la mano y la siento viva y caliente. Es real. Me dice:
-Hola.
Yo contesto el saludo y guardo silencio. Y él:
-¿Qué haces por aquí?
-Pues no sé, me he perdido, buscaba el mar.
-Ahí está, más cerca de lo que parece, no tienes más que caminar hacia él…
-En eso estoy, pero estoy cansado. Oye… tu voz me suena un disparate…
Son se tapa la cara y el niño se esconde detrás, contesta con una voz más grave:
-¿S-sí? Será de la tele, soy Son Gohan.
-No, no, la voz… tu voz, ¿a ver? habla…
-Hola.
-Esa voz, espera… esa voz… ¡¡¡es la voz de Michael Jackson!!!
Silencio. Mirada hacia abajo. Sonrisa.
-Vale, me has pillado, soy o, mejor dicho, era Michael Jackson.
-¡Recornucopia! Pero… ¿no estabas muerto?
-Mmmm en realidad sí, mi cuerpo sí, pero mi espíritu, mi memoria, mi mente, mi voz… todo lo he trasladado a este dibujo animado. Ya estaba harto de mi cuerpo y de mí mismo. Lo cierto es que tras la operación cada vez pienso más como Gohan. De hecho, ahora quiero que me llamen Son Gohan. Michael Jackson ha muerto.
-Increíble. ¿Y el niño quién es? Porque parace demasiado tímido como para ser Shin Chan…
-Jajaja, claro, el verdadero Shin es un demonio. Este es mi hijo Blanket, me lo llevo conmigo.
-¿A dónde?
-A la Isla Pingüino, donde sólo pueden vivir dibujos animados. Poco a poco Blanquet se irá transformando en Shin Chan también por dentro; su hermano gemelo ocupará su lugar en el mundo real.
-¿Y dónde está la Isla Pingüino?
-No te lo puedo decir.
-¿Podría ir con vosotros?
-No, porque no eres un dibujo animado, además no hay vuelta atrás: quien entra no puede salir. ¿Estás preparado para ser siempre un dibujo animado?
-Cre-creo que no… Oye, a todo esto, ¿cómo se convierte uno en dibujo animado?
-Mediante una operación muy larga, muy complicada y muy cara.
-Entiendo… Oye, yo soy periodista, esto es una bomba, podría…
-Puedes publicar lo que quieras jajaja, nadie te creerá. Además, ¿quién te asegura que no soy un espejismo?
-E-es cierto… pero pareceis tan reales… Oye, otra cosa, ¿qué se siente al ser un dibujo animado?
-Es genial, indescriptible, soy un ser nuevo, me he liberado de la carga del cuerpo, mi cuerpo estaba ya… gastado, seco, vacío, roto, esto es otra cosa, es mágico, es tan divertido… Bueno, ahora debemos irnos…
-Comprendo… De todas formas, da igual, estoy cansado y sólo quiero llegar al mar. ¿No tenéis tiempo para un baño?
-No, no hay tiempo, debemos irnos ya.
Entonces, Michael y Blanquet o Shin Chan y Son Gohan, se van volando como cartoons que son, a una velocidad superheróica, cogidos de la mano, con sus túnicas flotando en el cielo sin nubes. Yo, por mi parte, sigo andando durante un buen rato… hasta que llego al mar, que está liso como un plato. Me acerco y salto sobre el agua… pero al sumergirme descubro que está seco, no sé como explicarlo, pero el agua es como de plástico transparente, con vetas de celofán arrugado que forma pequeñas olas. Sobre una de ellas cabalga un tipo musculoso que se cae al mar desnudo y se abre la cabeza.
-O-oiga, ¿se ha hecho daño?, pregunto.
Él, me mira con la cara cubierta de sangre y escupe tres palabras:
-Surf or die.
Sin decir más, vuelve a deslizarse entre las aguas sintéticas, surfeando sin tabla sobre las olas de celofán.

Sigo un rato flotando, nadando y chapoteando en el mar de plástico, pero, pasado un rato, recuerdo que tenía una cita y vuelvo a la arena, atravieso otra cortina y me encuentro en el hall de un hotel de Las Vegas, inmenso, vacío y enmoquetado, donde he quedado con un compañero de trabajo. Me lo encuentro mucho más viejo a como lo recordaba, con barba blanca y profundas ojeras, rodeado de telarañas. Le pregunto:
-Tío, ¿qué te ha pasado? ¿No tenías 30 años?
-Tenía. Pero has tardado tanto… cof, cof… llevo cuatro décadas esperándote y ayer cumplí 70. Llegas a tiempo, te invito a una copa por mi cumpleaños. No todos los días se cumplen 70 años, y menos en Las Vegas.
-Vale, vamos al bar del hotel, ¿no?
-Claro, aquí sirven los mejores Manhattans de América…
Mi viejo amigo se agarra a mi brazo y, renqueando, entra conmigo en el bar, decorado con guirnaldas y máquinas tragaperras de cartón piedra. A lo largo de la barra, sólo hay sentados ancianos de la edad de mi amigo, muchos de ellos disfrazados de Elvis o de Michael Jackson: parece un asilo de impersonators. Mi amigo y yo, antes en bañador, ahora vestimos camisas hawaianas y bermudas a juego. El octogenario camarero, de uniforme de lentejuelas con pajarita, nos pregunta qué queremos beber.
Contesto: “Un café con leche en taza pequeña, muy cargado, con menos leche que uno normal pero más que un cortado. Y templado. Pero café de verdad, espresso, no aguachirri yanqui, debo permanecer despierto pase lo que pase”.
Es entonces cuando subo la cabeza y me veo reflejado en el espejo del techo, arrugado como una pasa: soy anciano, muy anciano, alrededor de unos 90 años. Puedo notar el dolor de huesos y la dentadura postiza que se mueve en mi boca. Me escuece y me la quito y la arrojo en el Manhattan que se está bebiendo el anciano impersonator de Michael Jackson que se sienta a mi izquierda. El camarero me sirve el café y yo le digo:
-Perdone, ¿me podría poner una pajita, para sorber? Es que no tengo dientes…
Él:
-Por supuesto. ¿Su amigo desea alguna cosa?
-Pueees…
Miro a mi derecha y sólo veo un esqueleto. Así que contesto:
-No, creo que de momento no querrá nada. Es su cumpleaños y está un poco deprimido…
El anciano impersonator de Michael que hay a mi izquierda bebe un trago de su Manhattan con dentadura, me mira y me pregunta:
-Hey, ¿cuál es tu disco favorito del Rey?
-Mmmm, no sé, creo que “Dangerous”.
-¿Y tu canción favorita?
-Difícil también, pero ahora mismo te diría que “Morphine”.
El viejo masculla un “¡aaaaaaw!”, se levanta y, haciendo un patético y tosco “moonwalk”, se acerca a la gramola, echa una moneda y empieza a sonar “Morphine”, a todo volumen. Viejo y cansado, me bebo el café de un sorbo pero, aún así, doy cabezadas sobre la barra y, poco a poco, me voy apagando, desvaneciendo, mientras la melancólica voz de Michael Jackson canta: “relax / this won’t hurt you / before I put it in / close your eyes and count to ten”. Entonces cierro los ojos, cuento hasta diez y me muero, o sea, me despierto.
Canción composta e interpretada por Emilio José.

Eu coñecín
rapazas tan guapas
que me fan pensar en ti
á noite…
¿que podo facer?
non te esquezo máis…
nunca…
… e todas as cousas rotas eran chicles de menta contigo arrededor…
… xamáis coñecín problemas ou momentos tristes contigo arrededor…
… o mundo paraba enteiro cada vez que sentía que estabas arredor…
… e cada bostezo teu era tan bonito
que agredía fisicamente…
Eu só me quero deitar no sofá…
Só teño forzas para ollar para atrás…
E ¿por que eras tan linda?
E ¿por que eras tan lista?
E ¿por que eras tan …?
¿por que?
Te resistes, pero al final vuelves a echarte a la calle. La noche sopla y sus vientos te arrastran hacia la zona negativa. Bajo la luz de la luna llena, tu sombra se separa de tu cuerpo y se va de picos pardos tarareando una canción inédita de Carlos Berlanga: “Llévame a La Trapa o dispárame en el parietal, hay que ver que divertida está la vida en la ciudad”.

Te juntas con calaveras que regalan veneno en frasco de cristal. El tiempo se acelera y las horas pasan muy rápido y de repente es tarde y corres a casa porque sientes la culpa y también el pánico a que la incipiente claridad te sorprenda en el exterior y vuelva a convertirte en calabaza. Pronto estás a salvo en interior-noche, mas tu sombra sigue de marcha.

Te acuestas poco antes de salir el sol y, sobre la cama, un insecto aplastado contra el gotelé te recuerda que eres polvo blanco. Las campanas de la esquina doblan por tí y por tu lento descenso sin sombra a los infiernos de Morfeo.

Te acercas en sueños a una chica muy pálida que, loca de atar, canta a gritos frases inconexas y amelódicas de canciones de Julio Iglesias: “¡¡Cosas estoy sintiendo bring back the days when we were crazy in love cómo han pasado los años así nacemos despertar de tu carne!!”. Luego abre mucho la boca, te muerde la nariz y te la arranca de cuajo.

Te miras al espejo al despertar sudando y compruebas que conservas tu pituitaria. Miras atrás y ves que, gracias a Dios, también has recuperado tu sombra. Vuelves a ser tú y, a pesar de la resaca, te sientes tan fuerte y libre como para volver a la cama por unas horas más.

(Imágenes: Carl Theodor Dreyer).

(Gary, Indiana, 29 de agosto de 1958 – Los Ángeles, California, 25 de junio de 2009).