
VERANO ROJO

BYRON SUEÑA

Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros.
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa,
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.
Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
Sus pilas funerarias con combustible, y miraban hacia arriba
Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.
Y la Guerra, que por un momento se había ido,
Se sació otra vez; una comida se compraba
Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
Atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor.
Toda la tierra era un solo pensamiento y ese era la muerte
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
El magro por el magro fue devorado,
Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
Hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
Y un corto grito desolado, lamiendo la mano
Que no respondió con una caricia, murió.
De a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos
De una ciudad enorme sobrevivieron,
Y eran enemigos; se encontraron junto
A las agonizantes brasas de un altar
Donde se había apilado una masa de cosas santas
Para un fin impío; hurgaron,
Y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
Soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
Que era una ridícula; entonces levantaron
Sus ojos al verla palidecer, y observaron
El aspecto del otro, miraron, y gritaron, y murieron.
De puro espanto mutuo murieron,
Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
La hambruna había escrito "Enemigo". El mundo estaba vacío,
Lo populoso y lo poderoso era una masa,
Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
Dormían en el abismo sin un vaivén.
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la Luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
De su ayuda… Ella era el universo".
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HOSTEL REVISITED
La pasada Semana Santa, en tierras galaicas, vi "Hostel", filme neogore de Eli Roth apadrinado por Tarantino. Tras el shock inicial y una semana de rumiar la sordidez extrema de sus mejores escenas (reflejo sardónico de la pesadilla de la realidad y de la ponzoñosa decadencia occidental), la pasada noche tuve mi primer sueño que reproducía el escalofriante ambiente del filme. Ahora lo vuelco aquí a ver si hay manera de exorcizarlo. Y como dice Takashi Miike (director nipón de cine extremo que hace un cameo en el filme de Roth): "Ten cuidado… Puedes gastar todo tu dinero ahí dentro".
Estoy en una terraza con dos amigos. Se acercan tres guiris y se ponen a hablar con nosotros. Ellos están encantados, porque las chicas son atractivas y parecen casquivanas, pero yo no las tengo todas conmigo: por un lado, tengo novia y las chicas no me interesan; por otro, intuyo algo oscuro, demoníaco en sus intenciones. Mis amigos insisten que vayamos con ellas a una fiesta que se hace en su albergue, muy cerca de donde estamos y yo no quiero ir. Pero todos insisten, "vamos, vamos, aunque sólo sea a tomar una copa". Finalmente me arrastran con ellos y, como si fuera un animal que es conducido al matadero, mi miedo crece según nos vamos acercando al albergue juvenil. Cuando veo la fachada, exactamente igual que la de la película, estoy convencino de que nuestro destino está escrito, pero una fuerza irreprimible, la atracción del abismo, me obliga a avanzar, a avanzar por pasillos mugrientos llenos de puertas grumosas hasta que las tres conejas, riendo como locas, abren la última puerta, que confirma mis sospechas: es una habitación exactamente igual que las de la película y, en ella , nos esperan tres sillas cubiertas de sangre de otras víctimas de sus propias lujurias.

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SEPTIEMBRE
Ernst Jünger.
Estoy en un gran aula, en un examen final que marca si podré o no pasar de curso, y escribo sin parar, pero nunca consigo acabar los folios: cada vez que le doy la vuelta, la mesa, fabricada con gomas Milán, borra todo lo que he escrito. La sirena que marca el fin del examen suena justo cuando acabo de darle la vuelta a la misma hoja por décima vez… y yo me veo obligado a firmar y entregar un folio en blanco.
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EL CHIP DELATOR
Morrissey.
Estoy en una suerte de complejo industrial de plástico; es como La Fnac, pero viejo, destartalado, decadente y en perpetuo estado de rebajas, saldos y oportunidades. Por sus pasillos, vagabundeo como un híbrido de cliente y trabajador de la empresa. Llegamos a una zona en la que sólo pueden entrar los empleados. Como un zombie, camino junto a otros como yo entre desordenadas estanterías medio llenas de productos Tupperware y otras inutilidades que, sí, parecen muy manipuladas pero no usadas.

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PREFACIO
O, como diría William Burroughs, no-sueños: “El sueño convencional se refiere, claramente o por asociación obvia, a la vida de vigilia del durmiente, a la gente y a los sitios que él conoce, a sus deseos, ambiciones y obsesiones. Esos sueños irradian un desinterés especial. Son tan aburridos y vulgares como el soñante medio. Hay una clase especial de sueños que no son sueños en absoluto sino exactamente igual de reales que la vida despierta, si es que puede uno especificar grados de realidad, debido a la influencia de personas, lugares, escenas, y hasta olores, desconocidos”.

O, como diría Carlos Berlanga: “Es místico, épico: todo permitido. Es mágico, tétrico: quiero dormir, quiero escapar. Sueño en mis sueños”.

O, como diría Jünger: “En los sueños todo persiste como siempre: incólume, casi invulnerable”.