EL CHIP DELATOR
“Shoplifters of the world, unite and take over”.
Morrissey.
Estoy en una suerte de complejo industrial de plástico; es como La Fnac, pero viejo, destartalado, decadente y en perpetuo estado de rebajas, saldos y oportunidades. Por sus pasillos, vagabundeo como un híbrido de cliente y trabajador de la empresa. Llegamos a una zona en la que sólo pueden entrar los empleados. Como un zombie, camino junto a otros como yo entre desordenadas estanterías medio llenas de productos Tupperware y otras inutilidades que, sí, parecen muy manipuladas pero no usadas.
Morrissey.
Estoy en una suerte de complejo industrial de plástico; es como La Fnac, pero viejo, destartalado, decadente y en perpetuo estado de rebajas, saldos y oportunidades. Por sus pasillos, vagabundeo como un híbrido de cliente y trabajador de la empresa. Llegamos a una zona en la que sólo pueden entrar los empleados. Como un zombie, camino junto a otros como yo entre desordenadas estanterías medio llenas de productos Tupperware y otras inutilidades que, sí, parecen muy manipuladas pero no usadas.

Veo una cosa que no sé ni para lo que vale, pero que me atrae y me hace tener ganas de poseerla, así que la cojo y la hurto con toda la naturalidad del mundo, metiéndola en una vieja bolsa de supermercado. Al salir de la zona de oportunidades para empleados, paso entre las baldas y pita una alarma. El guardia de seguridad me para, mas no se atreve a registrarme: sólo me pide mi carnet de trabajador y, tras comprobar mi pertenencia al clan empresarial, me pide perdón y me deja ir en paz. Sigo vagando por el centro comercial de plástico y, ya a salvo, ascendiendo en unas escaleras mecánicas que me llevan a ninguna parte, miro el objeto robado y, señalando un cuadradito de papel que transparenta un alarmante laberinto microchípico, le hago el siguiente comentario a otro zombie que hay junto a mi: “mira, esto es lo que me ha delatado entre las baldas electromagnéticas de seguridad”.
