INVASIÓN RETRO

May 5, 2006
"¿Cómo reaccionaria usted ante un ejército de ocupación extraterrestre?"
Kennet Johnson.
 
Tras varios años de exilio, regreso a mi casa familiar, que se encuentra en un Ferrol extraño, de ambiente holandés y avenidas que acaban en el mar. Al llegar a la casa flotante donde vive lo que queda de mi familia, veo que en el piso bajo se ha instalado un vecino algo excéntrico que vive con un bebé durmiente. Esa misma noche, es Fin de Año, pero no me apetece salir de marcha, prefiero bajar a la calle con unos libros y ponerme a leer en un banco; pero mi paz dura poco y pronto me veo rodeado de crápulas que celebran la muerte del año embalsamándose en alcohol. Veo pasar a algunos de mis antiguos compañeros de clase, pero no me apetece saludarlos y contarles mi vida en la gran ciudad. Pero uno de ellos, con el que he conservado cierta amistad noctámbula, me ve y se acerca, apenado porque he venido a Ferrol y no lo he llamado. Así que insiste en que nos vayamos de fiesta y, aunque no me apetece y estoy en pijama, el caos callejero hace que me acerque a mi casa a dejar los libros, acompañado por mi ebrio y trajeado amigo. Al entrar, vuelvo a ver al vecino, que acaba de llegar de cenar con su bebé durmiente a cuestas. Hablamos y me dice que también trabaja en la gran ciudad, como yo, pero duerme siempre aquí. Me asomo a su piso revuelto, diminuto, alargado y viril. Y me pregunto cuál será su historia y por qué vive solo con el bebé… quizá lo ha abandonado su novia. Me acuerdo de la mía (dulce Nono) y siento una profunda melancolía, aunque creo que pronto volveré a verla. Mi hermana, oscura y marginal, vive en el piso de arriba y nunca baja, pero aquí está su gato, que me araña las piernas a través de los vaqueros; lo aparto de un fuerte puntapié. Baja mi hermana por las escaleras y, pese a que lleva mucho tiempo sin verme, me ignora: está como ida, loca o narcotizada. Intuyo que tiene algo con el vecino y me pregunto si el hijo será de ella. Mi amigo ebrio ha desaparecido y el gato vuelve a arañarme las piernas y, de pronto, se intensifica la sensación de que hay algo terrible en esta casa flotante, en mi hermana y en el vecino: poseen un código secreto y unas máquinas infernales que los comunican con seres innombrables. Ambos suben y bajan las escaleras con el gato y el bebé siguiéndolos, susurrando en la penumbra. Asustado por la conspiranoia e indignado por no poder estar tranquilo en mi propio hogar familiar, salgo a la calle: busco a mi madre para pedirle explicaciones. Voy por la carretera de Cobas, ultracomarcal y rodeada de serpenteantes y oscuros caminos llenos de vívoras y silveiras. No encuentro a mi madre por ninguna parte, pero me asalta un terrible presentimiento, casi una certeza: de pronto, sé que mi hermana y su vecino preparan una invasión inminente. Voy corriendo a la casa flotante y ya veo las primeras naves espaciales, gigantescas y espectaculares, pero con un punto retro, casi ochentero, si se me permite la expresión. De las naves, salen flotando decenas de extraterrestres de rostro añil y pixelado, a lo “Tron”, pero con cierto aire hortera, de cartón piedra, que no los hace menos temibles. Deslizándose por los canales ferrolanos, las naves empiezan a disparar unos rayos láser de singular belleza, que se pierden entre los juerguistas sin que éstos se den demasiada cuenta. Ahora sé que matarán a todos, a mi hermana y al vecino incluidos, y yo busco refugio sumergiéndome en el agua. Las naves siguen disparando y los rayos se meten en el agua en la que buceo, convirtiéndose en un festival multicolor de luces que me rozan pero no me hieren. Uno de ello me da de lleno y, de pronto, me veo transportado a una fiesta de lujo. Me meto entre la gente con la intención de disfrutar, aún a sabiendas de que el mundo tiene los días ¿qué digo los días? ¡Las horas contadas! Pero, en fin, ¿no llevo tiempo esperando el fin del mundo? ¿No he pensado hace mucho tiempo ya que esto no tiene más solución que un “borrón y cuenta nueva”? Pues celebrémoslo picando canapés y degustando deliciosos cocktails. Pero, a pesar de la elegancia del evento, de que es una gran party extranjera en lo alto de un edificio, empiezan a cobrar las copas y algunos de los invitados nos indignamos por ello. Yo me niego a pagar las consumiciones, aunque las cobren al 50% y pienso: “bah,no hay mal que por bien no venga: así beberé menos y mañana no tendré resaca. Aunque, bien mirado, no va a haber mañana. Así que, voy a beber. Un siglo es un siglo: tiremos la casa por la ventana”. Me acerco a la barra y me doy cuenta de que sigo en pijama y no llevo ni un céntimo.
marciano malo 
 

Comments

The URI to TrackBack this entry is: http://dildodrome.blogsome.com/2006/05/05/invasion-retro/trackback/

No comments yet.

RSS feed for comments on this post.

Leave a comment

Sorry, the comment form is closed at this time.