VIAJE DE PRENSA A LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA
"Un onnagata es el hijo nacido de la unión ilegítima entre el sueño y la realidad".
Yukio Mishima.
Me invitan a un viaje de prensa en el que una nave espacial nos adentrará en el cosmos para después descender sobre recónditas e indómitas regiones polares. Primero, subiremos hasta el espacio exterior y, si sobrevivimos al durísimo viaje en el transbordador espacial, nos bajaremos en la cima del mundo.
Como en cualquier otro viaje de prensa, distintos periodistas de diferentes medios embarcamos en la nave. La diferencia es que vamos vestidos de astronautas y nos vamos al espacio. El despegue es muy duro, como cabía esperar, y una vez arriba, las miserias de cada tripulante afloran como setas podridas y venenosas.
La nave no está fabricada en hi-tech, ni siquiera es un poco retro a lo "2001", sino en plástico hinchable y blanco como la leche; y sus pasillos, por los que me deslizo ahora, son como los de un invernadero gigantesco, sórdido y laberíntico. Avanzo por uno de ellos y veo que hay comida espacial y canapés a disposición de los viajeros. Una vieja pelleja coge canapés a puñados y los mete en su boca purulenta y desdentada y la vieja siniestra y mala y decadente me sigue con la boca llena, sin dejar de meter canapés en su arrugado buche. Yo escapo de ella, volviendo a mi punto de partida por el pasillo y cerrando la puerta tras de mi, y así la encierro en el ala alimenticia de la nave. Miro hacia atrás y veo su cara pegada al plástico de invernadero de la puerta; babas y trozos de canapés caen por las comisuras de sus labios resbalando por el plástico: quiere salir y venir hacia mí y por eso me mira rabiosa y suplicante como un zombie hambriento. Pienso en abrirle para que no me coja manía, pero antes le echo encima un plástico preservativo, que forma parte del tejido orgánico, inflable y transparente de la propia nave.
Me desvío por otro pasillo para salir al exterior, enfundado en mi traje espacial. Fuera, juego con otra periodista a un temerario juego: protegidos por los colchones de nuestros trajes, nos dejamos mecer por el viento espacial, que nos estampa una y otra vez contra las compuertas de goma de la nave, como si fueramos olas humanas. "Es casi tan divertido como follar, pero tremendamente peligroso", pienso.
Parece que hemos aterrizado en algún sitio, pero sólo han bajado algunos de nuestros representantes políticos: periodistas y saloneros se amontonan alrededor de una pequeña pantalla de televisión, chocando entre sí, rozándose profilácticamente con sus trajes hinchables. Floto hasta ellos y alcanzo a ver en la pantalla lo que están mirando: un desfile circense por las calles de una ciudad europea irreconocible: nuestros representantes van vestidos de soldaditos de plomo.
Me vuelvo a ir flotando, intentando volver a mi punto de partida, junto a familiares y compañeros que embarcaron conmigo, pero me doy cuenta de que la nave es inmensa, que no encuentro el camino de vuelta y que estamos aterrizando otra vez. Tocamos tierra y de pronto veo que todo es mentira y que nos habían estado engañando. ¡Dios mío, qué horror, esta nave es lo único que existe, porque se ha comido el universo y lo ha deglutido y vomitado en su interior, y sólo nos queda este universo atroz de plástico hinchable e infinito que se multiplica dentro de sí mismo! Y locos flotamos en él. Esta Verdad se propaga por la nave en forma de revelación telepática y, claro, cunde el pánico. Todo el mundo sale corriendo y, de pronto, entro en un pasillo y el escenario cambia por completo:
Ahora estoy en un ala de la nave repleta de vegetación sintética, una representación tosca y sardónica de lo que era el mundo real regurgitada por la propia nave. Veo falsos campos de hierba y espigas con un sol poniente y enfermizo al fondo. Y, atravesándolos, un camino rural, seco y polvoriento, donde un niño y una niña que juegan reciben la terrible Revelación telepática. Por eso cambian, enloquecen y corretean en espiral por el camino. La niña le quita al niño su pistola de juguete y le pega un tiro a bocajarro en la cabeza. La cabeza del niño explota. La niña viene corriendo hacia mi y me apunta con cara de loca. Me pega un tiro en el vientre y despierto sobresaltado al sentir claramenta la náusea y el impacto de la bala limpia, que entra en mi cuerpo follando mi ombligo y reventando mis tripas.
