Mayo 16, 2006

YO SUEÑO

"Faletti, un genio del thriller".
Lo dijo uno de los críticos literarios de "La Repubblica". Y yo, que cada día creo en menos, no me lo tragué. Tuvo que ser el infalible David Cronenberg quien, al expresar su intención de adaptar "Yo mato" a la gran pantalla, me obligó a hurtar (efectiviwonder, yo robo) y devorar el ya célebre best seller de Giorgio Faletti. "Yo mato" es un  psychothriller profundo, fascinante y magistral, protagonizado por el gran Ninguno, uno de los asesinos más inteligentes, poliédricos y atractivos de la historia de la literatura (perdón por la minúscula). Sí, está más cerca de Norman Bates que de Hannibal Lecter. Pero, en cualquier caso, se encuentra en las antípodas del patético Raskolnikov, es más melómano que Patrick Bateman y tiene sueños tan locos y dildodrómicos como el siguiente:
 
 "El hombre tendido en la cama duerme y sueña.
Imágenes indescifrables vienen a agitarlo, aunque las figuras que su mente procura desentrañar no llegan a turbar la perfecta inmovilidad del cuerpo.
Primero había oscuridad. Ahora hay una calle de tierra, al fondo de la cual se entrevé una construcción, bajo la luz suave de la luna llena. Es una cálida noche de verano. Él se acerca paso a paso a la silueta  de una gran casa que se confunde en la penumbra, de la que llega como una llamada el perfume militar de la lavanda. El hombre siente las pequeñas picaduras de la grava en los pies desnudos. Siente el deseo de avanzar pero al mismo tiempo tiene miedo.
El hombre advierte el sonido sofocado de un suspiro jadeante, el mordisco brusco de la angustia, que se calma y evapora apenas se da cuenta de que el aliento es suyo. Ahora está tranquilo, está en el patio de la casa, dividido en dos por el conducto de una chimenea de piedra que se eleva más allá del techo, como un dedo alzado para señalar la luna.
La casa está envuelta en un silencio que suena como una invitación.
De golpe la imagen de la casa se disuelve y él está dentro, subiendo una escalera. Alza la cab eza hacia una luminosidad débil que procede de arriba. Mientra sube –y no querría subir– se pregunta quién será esa persona a la que encontrará en lo alto, y en el mismo momento en que se lo pregunta siente que le causará terror saberlo.
Un escalón. Otro. El crujido de la madera bajo los pies desnudos, que se cuela en una pausa de su respiración, de nuevo jadeante. La mano apoyada en la baranda de madera se tiñe poco a poco de la luminosidad que se derrama desde arriba. 
Cuando está a punto de subir el último tramo, la figura se vuelve, cruza la puerta de la que proviene la luz y lo deja solo en la escalera. 
El hombre sube los últimos escalones. Frente a él, una puerta abierta de la que escapa una luz viva y trémula. Llega con lentitud al umbral, lo cruza, envuelto en ese fulgor que es también rumor, no sólo claridad.
De pie, en medio de la habitación, hay un hombre. El cuerpo, desnudo, es ágil y atlético, pero su rostro es deforme. Como si un pulpo le hubiera envuelto la cabeza y borrado sus facciones. Desde esa confusión monstruosa de excrecencias carnosas, dos ojos claros lo miran suplicantes, rogándole piedad. Esa figura desdichada llora.
"¿Quién eres?" 
Una voz ha hecho esta pregunta. No la reconoce como suya. Y no puede ser la del hombre deforme que se halla ante él, porque no tiene boca. 
"¿Quién eres?", repite la voz, y parece que proviene de todas partes, que sale directamente de la luz deslumbrante que le circunda. 
Ahora el  hombre sabe y no querría saber, ve y no querría ver. 
La figura extiende los brazos hacia él, y es auténtico terror lo que transmite, aunque sus ojos siguen pidiendo la piedad del que tilene enfrente, como quizá en balde han buscado la piedad del mundo. Y de pronto la luz es fuego, altas llamas que, rugiendo, devoran todo lo que encuentran a su paso, un fuego que parece llegar directamente del infierno para purificar la tierra.
Se despierta sin un sobresalto; abre los ojos y reemplaza con las sombras el resplandor de las llamas."         
 
Io uccido... 
 

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