CIRLOT COMO ALQUIMISTA ONÍRICO

May 29, 2006
"Herido en lo absoluto / a mi reino de luto caí".
 
Aunque en esta web hemos tenido diferentes figuras (vivas, muertas o resucitadas) que nos han contado sus sueños, sólo unos pocos merecen ingresar en la categoría de Big Name Dreamers. Se trata de espíritus singulares que, como Ernst Jünger, María Zambrano o Juan Eduardo Cirlot (el que hoy nos ocupa) han sabido ir más allá del sueño, llegando a profundidades sobrehumanas y entrando en lo que podríamos llamar el Reino de lo Metaonírico.
Supongo que Cirlot (Barcelona, 1916-1973) no necesita presentación en un blog como este, que es un spin off de la web Línea de Sombra (no hay que olvidar que empecé a vomitar mis sueños en la página zurdesca; además, Fernando Márquez fue quien me descubrió a Cirlot, a través de aquella inquietante portada de "El corazón del bosque" en la que aparecía un Juan Eduardo invertido (con perdón), de alucinante rostro encarnado). No obstante, el que no sepa quién es puede usar su entrada en la Wikipedia (ver columna de Enlaces) como primer acercamiento a este "poeta, crítico de arte, hermeneuta, mitólogo y músico español".
Cirlot soñaba despierto y dormido. Su brillante poesía nos transporta a esa zona crepuscular que late entre el sueño y la vigilia; sus visiones e intuiciones exploraron las secretas conexiones entre el mundo de los sueños y el de los mitos; y su "88 sueños" inspiró directamente Dildodrome: se trata de un librito de tirada limitadísima (el propio Cirlot confesó en más de una ocasión que su obra estaba dirigida a una élite: "Si publico pocos ejemplares es porque creo que en la actualidad, es muy difícil o casi imposible interesar con una poética nueva, sobre todo si ésta versa sobre experiencias espirituales y no sobre problemas de la masa") que es, también, el único intento de poesía apotegmática verificado en la literatura española.
 
cirlot invertido 
 
Entre los 88 sueños cirlotianos, estos son dos de mis favoritos:
 
"Tenía el pecho abierto por una enorme herida y en la carne desgarrada crecían las piedras preciosas. Yo estaba extendido en una mesa de despacho, cubierta por un mantel blanco. En la habitación no había ningún otro mueble y las paredes desconchadas y sucias me producían más tristeza que mi propia herida".
 
"El condenado es conducido al lugar del suplicio con los pies encadenados y arrastrado por un caballo; aunque el animal no avanza muy deprisa, esto le obliga a hacer muchos y rápidos movimientos al andar para no caer al suelo. El aparato que ha de darle muerte es una grúa que se alimenta de carne viva. Su metal tiene una especie de vibración rojiza". 
 

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