EL PRIMER SUEÑO

June 30, 2006

Queda inaugurada una nueva categoría, llamada Historia del Sueño, con este, el sueño más antiguo del que se conserva un registro escrito.

Me lo envía amablemente el sr. Abel Tiffauges, ilustre miembro del Café Expansionista y creador del imprescindible blog De monstruos y prodigios (Bestiario y tratado de perfección); a ambos espacios (virtuales, sí, pero de hondo calado metafísico) pueden acceder, ya lo saben, pinchando sus nombres aquí o en la barra de Enlaces. Donde más rabia les de.

Y vamos ya con este arcaico sueño, extraído por monsieur Tiffauges del libro "La literatura y los dioses" (Anagrama, 2002) del escritor y editor milanés Roberto Calasso:

 

Existe un sentimiento muy fuerte, y muy antiguo, que raramente es nombrado ni reconocido: el de la angustia ante la ausencia de ídolos. Si la mirada carece de una imagen en la que posarse, si le falta una mediación entre la imagen mental y lo que simplemente es, un sutil desaliento la invade. Ésta es la tonalidad que domina el primer sueño del que tengamos noticia, contado por una mujer, Addudûri, superintendente del palacio de Mari en Mesopotamia, en una carta grabada en tablillas de arcilla que data de hace más de tres mil años: “En mi sueño había entrado al templo de la diosa Bêlit-ekallim; ¡pero la estatua de Bêlit-ekallim no estaba! Tampoco las estatuas de las otras divinidades, que normalmente están cerca de ella. Frente a tal espectáculo lloré largamente”.

ídola con pies de piedra

Diosa del vaso manante. Caliza (1′49 m). Mari, siglo XVIII a.C. Alepo, Museo Arqueológico. 

(El raro y simbólico encanto de los pies de piedra de esta estatua ejerce una extraña atracción sobre mi; pienso en aquella escena de "L’Âge d’or" (Luis Buñuel, 1930) en la que una dama chupa el dedo del pie de una estatua. En este caso, al tratarse de una diosa, el juego de dominación podría adquirir una intensidad celestial).

PAPEL MOJADO

June 29, 2006
Estoy en la cama tumbado, con la cabeza recostada en una extraña máquina: una especie de generador de corriente lleno de cables y circuitos cubierto por una tapa de plástico duro y transparente. De pronto, el raro ingenio eléctrico empieza a perder agua; el líquido se extiende por el parquet y yo lo siento porque el suelo de mi habitación está lleno de tebeos, fanzines, revistas y libros irreemplazables.
 
Aunque el agua, en general, es símbolo de vida, de energía, de ens-seminis, en este sueño posee unas caracterísiticas muy especiales, puesto que, por un lado, inunda el piso (y toda inundación representa un accidente, una catástrofe) y, por otro, es agua que brota de una máquina y destruye varias publicaciones valiosas. El agua, la energía (o, mejor dicho, la entropía) surgida de la máquina resulta, en este sueño, devastadora para la vida espiritual, representada por los libros y revistas.
Esto enlaza con las tesis de Friedrich-Georg Jünger, hermano de Ernst y mucho más crítico que éste con el mundo de la técnica. Si para el Ernst de "El Trabajador" la relación del hombre con la técnica era titánica (la dominas o te domina; luego, en "La paz", Ernst recalcaría que la técnica debe estar subordinada a las fuerzas divinas y humanas), para Friedrich-Georg el avance de la técnica tiene connotaciones radicalmente negativas y constituyen un círculo vicioso: "las máquinas, per se, imponen la creación de otras máquinas, hasta alcanzar el automatismo completo dominado por su propia lógica". Para Friedrich-Georg, la técnica erosiona la humanidad y empobrece el espíritu con su racionalización progresiva de la organización vital. O, como aclaraba Alain de Benoist en su ensayo sobre "El trabajador" y los hermanos Jünger: "El espíritu racional hacia la obra producida por la máquina e incluso por la máquina, en sí, suscita apetitos que nada puede satisfacer. En cualquie parte, el mundo de la técnica intensifica la angustia (Angst) y el sentimiento de desarraigo (Unheimlilchkeit). Al tiempo que el hombre es cada vez menos dueño de su universo". El, hoy clásico aunque de construcción un tanto caótica, ensayo "Die Perfektion der Technik" ("Perfección de la técnica") de Friedrich-Georg Jünger, le valió a su autor un chaparrón de palos en su día: fue acusado de "romántico", "pesimista", "reaccionario" y… "poeta". Años después, incluso su propio hermano le daría (en parte) la razón: así se deduce de su concepción pesimista del tiempo mecánico expresada en "El libro del reloj de arena" o de la negra tesis de "La emboscadura": el alejamiento de la técnica de su período titánico para amoldarse al ficticio y abotargado bienestar burgués.
 
*Otros puntos de vista interesantes sobre la técnica:
"La pregunta por la técnica" de Heidegger que, desde un prisma muy parecido al de Ernst dice que "la esencia de la técnica es en un sentido elevado equívoca, por una parte constituye lo peligroso y por otra lo salvador". 
Spengler, por su parte, proclamó la decadencia de la relación humano-máquina en "Hombre y técnicas": "el hombre fáustico creador de la técnica comienza a hartarse de esta, se ha producido la traición de la técnica para con sus creadores".
Ortega, sin ir más lejos, en sus "Meditaciones sobre la técnica", afirma que "la técnica es la producción de lo superfluo: hoy y en la época paleolítica".
 
Y yo, que escribo estas líneas desde un Macintosh de última generación, me pregunto si algún día seré capaz de dominarlo, dejar de ser su esclavo y, finalmente, sobrehumanizarme a través de él. Y, como Friedrich-Georg, lo dudo…
la máquina blanda 

ESCOMBROS DE UNA PESADILLA

June 23, 2006

La decima vittima (Elio Petri, 1965) es una película floja (muy a pesar de Marcello Mastroniani y Ursula Andress) basada en Seventh victim, un genial relato de Robert Sheckley, maestro de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción que en su día me descubrió Galactus (el de Mondo Brutto, no el de los Cuatro Fantásticos). Sheckley escribió relatos tan inolvidables como "Problemas con los nativos", "Ciudadano de la galaxia", "Los monstruos", "Haz una pregunta estúpida" o "Un pasaje para Tranai". Criticado por los paladines de la SF más ortodoxa debido a su sencillez y su (aparente) ligereza, Sheckley estaba en las antípodas de Asimov y otros plastas más ocupados con puntillistas descripciones de maquinitas imposibles que con la profundidad y la legibilidad de sus obras. En un puñado de páginas, Sheckley construía descacharrantes fábulas humorísticas sobre la violencia, el consumismo o el orden social. Lamentablemente, su fama empezó a decaer cuando se vio obligado a escribir novelas: no eran lo suyo y estaban llenas de paja.

Pero estoy divagando, porque no estamos en la categoría Cancionero onírico para hablar de fantasías literarias, sino de una canción de Décima Víctima, un grupo hispano-sueco de los 80 que, tomando su nombre de la película de Petri, facturó algunas de las canciones más oscuras, inspiradas y eternas del efímero pop-after-punk español. Los textos de Carlos Entrena gozaban de una profundidad y un lirismo rarísimo en nuestras tierras, y tuvieron una influencia notable en la obra de El Zurdo, Antonio Luque o Family. Fue precisamente Javier Aramburu, 50% de Family y uno de los mayores fans de Entrena, el que me habló por primera vez de Décima Víctima: corría 1994 y él había hecho el diseño gráfico de un CD recopilatorio titulado "Resumen", que condensaba en 17 canciones (de mayo 1982 a marzo 1984) la brillante trayectoria del cuarteto formado por Carlos Entrena, Lars Mertanen, Per Mertanen y José Brena. Las notas interiores del CD corrieron a cargo de Ibon Errazkin (por aquel entonces, alma de Le Mans y Daily Planet y otra de las cabezas pensantes de la aristocracia pop donostiarra, heredera espiritual de Carmen Santonja). En ese texto, Errazkin acertaba al decir que las canciones de Décima Víctima "trataban temas como la soledad y la separación con una melancolía y una serenidad poco frecuentes". Insólitas, diría yo.

En 1994, decía, Aramburu me invitó a hacerme con el disco de Décima Víctima y a explorar la pista 18, no acreditada en la contraportada del CD: "escúchala, hay una sorpresa muy agradable". Efectivamente: tras el 18 digital se escondía una canción inédita sin título que contenía una pesadilla obsesiva de tono gótico y expresionista; la voz desesperada y a la vez elegantísima estaba austeramente acompañada por un bajo, unos rasgueos de guitarra y una percusión minimal. Esta es la fascinante y onírica letra:

"Eeeen las tinieblas y con lentitud

huyoooooo, pero corro y no consigo avanzar.

Voy esquivando los árboles, quien me persigue es más rápido

dudo

que su cuerpo sea humanooooooo.

Hay… un vacío de sonido total:

gritooooo

y no puedo oir mi propia voz.

Cruzo los bosques más lúgubres, entre cipreses e imágenes,

brillan con la luna sobre el marmoool.

Mis pulsaciones son rápidas, 

sé que no estoy en la realidad: 

debo escaparme de este sueñoooo.

En las tinieblas y con lentitud…

gritoooo y no puedo oir mi propia voz.

Voy esquivando los árboles, cruzo los bosques más lúgubres

debo escaparme de este sueñooooo".

escaparme de este sueñoooo   

UNA SEMANA EN EL BOMBO DE UNA LAVADORA

June 22, 2006
"Mil estrellas en un calcetín
son los sueños que hay dentro de ti".
Don Francisco y José Luis.
 
Llaman al timbre y abro la puerta. Entran cinco operarios ataviados con monos blancos que traen a mi casa una gigantesca lavadora vieja. Una vez instalada, los hombres me agarran, me despelotan y me meten a la fuerza en el bombo de la lavadora, que está oxidada y llena de picos. La conectan y, cuando todo empieza a dar vueltas, veo a través del plástico transparente de la portezuela esférica cómo uno de los operarios me hace un sardónico saludo de despedida con su mano derecha. Dentro, empieza mi drama porque el rotor gira cada vez más rápido y gira y gira y gira y yo veo que todo da vueltas y me mareo y vomito. Mientras giro como el mecanismo de un reloj mecánico acelerado por una máquina del tiempo, pierdo la noción del espacio, pasando por todas las fases de prelavado, lavado y (lo peor de todo) centrifugado. Mi vida se transforma en una espiral dantesca y yo me quiero morir. De pronto, cuando ya me creo desahuciado, el motor se para, el bombo deja de girar… y se hace el silencio. Está oscuro y estoy muy mojado y magullado y con la carne desgarrada por los picos oxidados de la vieja lavadora. Empiezo a empujar la puerta (que no parece tener intención de abrirse) con fuertes puntapies. Pero no pasa nada. Hasta que ¡flash! se enciende la luz de un tubo fluorescente. Oigo unos pasos fuertes, que hacen temblar el suelo. Aparece una mujer enorme, gigante, hermosota y colorada como una campesina holandesa. Veo sus preciosos y enormes pies: uno está descalzo y en el otro lleva una bota de plataforma de cuero negro. La hembra abre la puerta de la lavadora y me agarra por la cabeza con una de sus bellas manazas y, acto seguido, empieza a chuparme el culo. A mí, que no soy de piedra, me produce cierto placer, que se mezcla con el dolor que me ha causado la lavadora. También me gusta cuando introduce la punta de su dedo meñique en mi ojete, pero ya me gusta menos cuando me mete el dedo gordo entero y… ¡creo reventar cuando la cerda me mete su hermoso pero cruel pie entero por el culo! No duele, pero tampoco es agradable. Después me pisotea por el suelo, caminando con su pie enorme encajado en mis entrañas y después… veo la bota vacía, que se acerca cada vez más y entonces… todo se vuelve negro. En ese instante, ahí a oscuras, con el olor a pies y la dulce tensión de sus dedos aplastando mi cerebro, comprendo la verdad y asumo mi destino: soy un calcetín.
gira il mondo gira 

LA OREJA DE ROCÍO por Pablo Maronda

June 21, 2006
Esta mañana, he recibido un extraño paquete sin marcas exteriores. "¿Será mi último pedido al sex shop de la esquina?", me pregunté, alucinado por la rapidez del envío. Pero no: al abrir el paquete, dentro no había vaginas vibrantes, ni siquiera números atrasados de la revista "Lib", sólo había una oreja de látex manchada de sangre y el texto de un inquietante sueño (fruto, sin duda, de un atracón catódico en pleno boom de la muerte de la Jurado), que el amigo Pablo Maronda (abogado, escritor y colaborador del fanzine "2000 maníacos") me enviaba desde las tierras valencianas por un servicio de mensajería urgente en el que utilizan cabinas teleportadoras y cuya explicación sólo tiene sentido en esa zona crepuscular que hay entre la dimensión desconocida y el planeta Cronenberg. He aquí, en fin, el sueño:    
"Estoy en el sepelio de Rocío Jurado. Una maraña de gente vestida de negro, al estilo Agente Smith, como generados en serie por un programa digital, se amontona en las escaleras del tanatorio. Mirándolos detenidamente uno piensa en infinidad de clones de Ortega Cano, pero sin alma. Un marasmo apolítico, agnóstico y de mirada blanca, emitiendo corridas de toros codificadas por Polanco en su córnea, que avanza impertérrito, a la manera de los espíritus de los bosques de tinta china de los cuentos orientales, por las escaleras de mármol, empujándose unos a otros y emitiendo un zumbido siseante, que parece provenir de la base de su cráneo. 

Un cúmulo fluorescente delimita la procesión silenciosa: adeptos al footing, toreros lesionados por la elefantiasis tobillar, la prensa del tomate y los damnificados de la Colza. Tienen la boca cosida y algunos de ellos no dudan en reventarse los labios para poder preguntar, pero es tal el dolor que les produce el desgarro, y tanta la sangre que mana de sus comisuras, que apenas logran gorgotear unas palabras inteligibles, antes de caer al suelo desplomados, sujetándose con las manos los trozos de carne que penden de la base de sus encías.
¿rocío o alaska?
La turba silenciosa me arrastra hacia el interior del tanatorio, un sitio frío, gélido, con el look de una catedral neogótica convertida en macrodiscoteca , al modo de las películas de vampiros de los 90 tipo
Blade, pero con aires de ambientación pseudohistórica rumana a lo Pierre Woodman.

Una vez dentro la misa comienza automáticamente. Anthony Blake preside una ceremonia sobria donde cuentan más los gestos que las palabras -el micrófono no funciona bien y se corta en algunas frases-. Apenas se le entiende cuando habla. Dice -y esto lo comprendemos todos muy claramente- que da absolutamente igual porque todos lo olvidaremos al llegar a casa, ya que nos han insertado un cáncer psíquico cerebral inofensivo y de efectos puntuales: hacernos olvidar toda la ceremonia en cuanto enchufemos la tele.

A continuación Juan El Golosina anuncia en voz alta: “Vamos a repartir los restos”, y al modo en que el conocido showman y gastrónomo Cándido partía los lechales, con un ritual entre karateka e histriónico, despedaza el cuerpo de la presente con un plato, mientras solloza y emite unos grititos agudos, insoportables, tan afectados que la gente comienza a reír.

A pesar de la carnicería, el cuerpo de Rocío ni siquiera sangra, de él caen unos pétalos de rosas manando de la herida, que se balancean lentamente hasta tocar el suelo. Luego se procede al reparto de los pedacitos de la tonadillera. A mi me toca una oreja, una oreja que creo que es falsa, porque parece confeccionada de fieltro y carne cruda de algún animal. Bertín Osborne a mi lado me susurra: “Tongo”, mientras manosea nervioso un pedacito de la vesícula biliar.

La procesión vuelve a arrastrarme hacia fuera, pero esta vez de un modo violento. Al salir del templo se forma un pequeño tumulto. Intento averiguar qué pasa pero sólo veo montones de gente formando una especie de corro. De repente se me abalanza Jorge Javier con un cuchillo de carnicero. -Dame ese trozo. Me pertenece-. Con el cuello hinchado y la mirada ida, inyectada en semen, me doy cuenta de que ha asestado varias cuchilladas a los asistentes, y que tiene un puñado de restos en una bolsa de plástico. No me da tiempo a reaccionar y el cuchillo me atraviesa el tórax, quemándome hasta hacerme despertar.

 

FALSAS COSTUMBRES QUE CAEN, SONAMBULISMO MORTAL

Fernando Márquez "El Zurdo" ya ha actualizado su Línea de Sombra. En ella, nos encontramos con textos tan interesantes como "12 lecturas que mejoraron mi mundo" del propio Zurdo, "Sombreros" del Elderly Passenger o "Metafísica de la adicción", posiblemente la fantasía más oscura y sangrienta que ha salido jamás de mi puño y letra, acompañada por impactantes ilustraciones del genial artista japonés Satoh Kohji. (Para acceder a los artículos, clicka sobre los títulos de los mismos). Línea de Sombra sigue siendo, hoy por hoy, uno de los escasos palacios ciberespaciales que se pueden calificar de "outsider" sin temor a caer en la hipérbole.
flores del mal

"No volver a pecar sin comulgar con las Flores del Mal". (Dinarama).

LOS EXTERMINADORES

June 16, 2006

Nota introductoria: tuve este sueño después de cenar opíparamente en un restaurante italiano y ver la película "Evil aliens" (Jake West, 2005), descacharrante muestra de gore británico de aires ochenteros y hedor a "Bad taste", "Braindead", "Dog Soldiers" o el cine de la Troma. La cinta empieza fuerte: una parejita follando a saco en medio de una fría campiña inglesa es abducida por unos malvados extraterrestres –una vez en la nave, a él le taladran por el culo con un berbiquí hi-tech hasta convertirlo en un amasijo de vísceras y a ella le meten un feto alienígena en las tripas–. Y termina con una disparatada y sanguinaria batalla campal entre los marcianos y un grupo salvaje formado por tres rednecks deformes, un pajero obsesionado con los ovnis y el cocainómano equipo de un programa de televisión sobre sucesos paranormales. 

 
En el sueño estoy mirando el cielo en la azotea de un edificio no muy alto (unos cuatro o cinco pisos). Desde allí, oigo un tremendo jaleo, así que me asomo por la barandilla y contemplo un sangriento espectáculo: un puñado de antidisturbios futuristas (ataviados a la manera del Juez Dredd) machacan con sus porras a decenas de negruzcos inmigrantes sudacas (ecuatorianos, dominicanos, peruanos y demás) que se arrastran borrachos como cubas por la plaza que hay ante mi edificio. No hay disparos: los superpolicías matan a los extranjeros como si fueran bichos grandes, aplastándolos, pisándolos y aporreándolos hasta reducirlos a una pulpa sanguinolenta y vomitiva. No se trata (sólo) de sadismo policial, sino que los invasores tardan en expirar y se siguen moviendo mecánicamente aunque les falten trozos del cuerpo, así que los antidisturbios tienen que dejarlos literalmente hechos migas para destruirlos. Me tiro un montón de tiempo observando la masacre, que parece interminable: el flujo de infraseres no cesa y los exterminadores no dan abasto. Siguiendo la riada de sudacas con la vista, bordeo la azotea del edificio para averiguar de dónde viene… y a lo lejos veo con horror un platillo volante plateado y oxidado que se encuentra aparcado cerca del edificio donde estoy; por una grieta del mismo, salen reptando los cetrinos invasores, que primero se arrastran como orugas y, tras liberarse de una especie de vaina viscosa, se ponen a andar haciendo eses etílicas hacia la plaza donde serán desmembrados y aniquilados por los dreddies.
 
"Las cucarachas han cambiado muy poco, en su historia evolutiva, desde hace unos doscientos millones de años (…) Una cucaracha a la que se le corte la cabeza puede sobrevivir unos nueve días, para finalmente morir por inanición".
Frase leída en la Wikipedia, en la entrada "Blattodea".
panchito medio aplastado

ESTACIONES

June 13, 2006
Sueño que estoy en una gris estación de autobuses gallega. Voy a emprender un largo viaje en autocar junto a Nono, mi novia, que en el sueño es una niña de entre tres y cinco años que llevo en brazos. El cobrador me dice que no es necesario abonar el billete de la pequeña, porque "las niñas bonitas y pequeñitas no pagan dinero". Antes de subir al autobús, vagabundeo por la estación de cemento con Nono en brazos. Me invade una claustrofóbica sensación de melancolía extrema: el futuro es incierto y el viaje muy peligroso.
 
Del entrañable encanto de una pequeña estación rural de ferrocarril al sórdido, casi venéreo, ambiente de la estación de autobuses urbanita. ¿Quién no ha pasado algunas horas muertas en uno de esos irreales limbos, esperando un tren que parece que nunca va a pasar o un bus que no acaba de llegar? La sensación nunca es del todo agradable, no hay un relax total, porque esperamos algo en un lugar de tránsito. Por eso, resulta algo absurda aquella canción de los Vegetales, "La vida es bella, soy feliz", donde un psicópata disfrutaba esperando en vano un tren fantasma que jamás iba a pasar, mientras comía chicles y miraba el reloj. La permanencia indefinida en la estación sólo puede conducirnos al desequilibrio, como le ocurría a "La niña de la estación" del popular y tragicómico tema de Concha Piquer, que acaba perdiendo la chaveta.
En las estaciones contemporáneas, la sensación de angustia se incrementa por culpa del avance de la técnica: son infiernos de cemento y metal, lugares asépticos, ballardianos, vigilados por cámaras, en los que nadie en su sano juicio pasaría demasiado tiempo. 
kyoto: estación de tren
También en el mundo de los sueños, las estaciones son negativas: símbolos inequívocos de peligro, como bien dice Ernst Jünger en sus diarios ("Radiaciones II"):
 
"Son símbolos de laberintos terrenales, de desasosiego terrenal, de encuentros frustados y de esperas interminables en el tiempo. Son lugares de grandes desposeimientos".
 
Tenemos ejemplos de este símbolo también en el mundo del cine. En "Estación Termini" (Vittorio de Sica, 1953) Jennifer Jones es una muder madura, casada y con una hija, que se debate en un purgatorio de indecisión, en una atroz lucha interna que se desarrolla en la estación de tren de Roma. La duda es: ¿coger un tren para reencontrarse con su familia y su monótona existencia o quedarse en Roma con Montgomery Clift, su joven amante, cambiando para siempre el longevo amor familiar por la droga de la pasión, efímera pero "intensisisisima"? Aquí combaten fuerzas más poderosas que los randianos titanes de acero que recorren las vías. Es el eterno pulso entre la obligación y la devoción, que también embargaba a Komako, la geisha protagonista de la novela "País de nieve"  (Yasunari Kawabata, 1947) cuando, en plena estación, debe decidir entre despedir a su amante favorito o ver morir a su antiguo amor.
Pero, al fin y al cabo, éstas eran simples encrucijadas, con dos únicos caminos: tradición o vanguardia. Para laberinto, el de la mente de Dennis Cleg (Ralph Fiennes) en el genial thriller psiquiátrico "Spider" (David Cronenberg, 2002), bajando el último del tren en la brumosa estación de Londres. Dennis Spider Cleg aparece como un hombre frágil, demencial, insignificante, una duda con patas con su maleta de cartón y su abrigo viejo. Aunque avanza con paso lento e indeciso, este personaje tampoco se queda demasiado en la solitaria estación, si bien lleva a cuestas su propia estación interior, llena de oxidadas vías que crecen retorciéndose y se pisan unas a otras en un enmarañado y (sí) onírico caos espiritual.
spider: estación interior
 
 
 
 

SUEÑOS AUSTROHÚNGAROS

June 9, 2006
En 1997, la casa discográfica indie Acuarela (que pasará a la Historia como el sello que descubrió a Sr. Chinarro) editó el cedé recopilatorio "Lujo y miseria", que incluía canciones de un puñado de grupos de laboratorio pertenecientes al colectivo catalán Austrohúngaro, un buen nombre éste, extraído de "Imperio Austrohúngaro", expresión que el fetichista Luis García Berlanga, padre del Gran Carlos, saca siempre en sus películas, venga o no a cuento. Detalles sublimes como éste o referencias a Lynch o Dinarama (sin Alaska) me hicieron interesarme en el pasado por un colectivo que, en el fondo, no era más que un estimulante espejismo construído por Manolo Martínez y Genís Segarra (más conocidos como Astrud) con la ayuda de sus amiguitos, novios y ex novios incluídos. De aquella broma salieron grupos tan insufribles como los Chico y Chica (que facturan un tóxico y gaseable Chueca Sound) y tan divertidos y manchados de caca de luxe como Les Biscuit Salés, pero pocos se acuerdan de los injustamente olvidados Basura, tándem formado por Genís de Astrud y una de sus mariliendres. Suyas son estas dos canciones: trip hop de todo a cien con letras y ambientes ligeramente oníricos.
 
El sueño de Fina.
En el cielo no hay nubes; las nubes están lejos y me siento a mirar los patos, con sus plumas. Los patos están cerca del pequeño río, cerca del pequeño puente que lo cruza, cerca de mí cuando lo cruzo. "Ahora vuelvo, estoy con los  patos".
Cierro los ojos y estoy segura de que cerca de este olor está ese puesto de comidas, en ese patio, cerca de esa calle, cerca de la plaza de piedra, cerca de mí cuando cierro los ojos. "Ahora vuelvo, estoy en el patio".
 
Muy parecido a un sueño.
Una vida larga y tranquila. Una muerte imperceptible. Es como un sueño, muy parecido a un sueño. El cielo claro, los rayos de sol que queman. Un cielo sin nubes durante casi tres meses. Es como un sueño, muy parecido a un sueño.
 
Esta última canción está construída con frases de la novela rusa "Oblómov" (1858) de Iván Goncharov, cuyo protagonista es la personificación del "hombre superfluo" (de ahí que , en ruso, un "oblómov" sea, en lenguaje popular, aquel ser que posee una actitud pasiva e indecisa). En el capítulo del que están extraídas las frases de la canción, se titula El sueño de Oblómov, y describe el idílico hogar familiar del protagonista, símbolo del escapismo recurrente: un lugar y un tiempo (la infancia) al que se regresa mentalmente cuando la incapacidad de decidirse bloquea cualquier acción; un lugar y un tiempo míticos para la generación X en general y ciertos colectivos musicales de los años 90 en particular (como Spicnic o Austrohúngaro) aquejados de síndrome de Peter Pan. 
burro austrohúngaro! 
 

LA FIESTA DEL MENDIGO

June 8, 2006
"E cando este brebaxe baixe polas nosas gorxas,
quedaremos libres dos males da nosa alma
e de todo embruxamento".
Conxuro tradicional da queimada (anónimo).
 
Estoy en Ferrol, por la noche, dando un paseo por el puerto. Vagabundeo entre las sombras de una zona de casas viejas, arruinadas, llenas de ratas, malhechores y bares de mala muerte. De pronto, recuerdo que alguien me ha hablado de una Fiesta tradicional, salvaje, oscura y prohibida que se celebra cerca de aquí. Y yo quiero ir. Intento percibir algún indicio o conocer a alguien que me indique una dirección o que me ponga tras las huellas de la Party. Pero no veo nada: la iluminación es pobre y azulada como las escasas farolas que cuelgan de las casuchas. En una esquina, intuyo la presencia de un  puñado de bohemios y me acerco a ellos pero, de pronto, salen corriendo como locos. No sé por qué pero sé que van a la Fiesta. Intento seguirlos, pero no puedo: van demasiado rápido, culebreando por las estrechas callejuelas del puerto y dejándome atrás. Decepcionado por haber perdido la pista a una fiesta que muchos codician y pocos logran disfrutar (hay extranjeros que peregrinan desde lejanos lugares en busca de esta celebración profana) regreso a casa.
Al llegar, llamo y no puedo entrar porque no hay nadie para abrirme la puerta, así que me voy a dormir a casa de las vecinas, si no les importa. Entro, pongo en el video una vieja y oxidada película en blanco y negro y me tumbo en un sofá. Las vecinas pasan detrás de mí desnudas, sin decir nada: las dos entran juntas en la misma habitación y yo me pregunto si son lesbianas, aunque la idea no me excita demasiado. Duermo en el sofá con la tele puesta y despierto a la noche siguiente, para volver al puerto a rastrear los mil caminos que conducen a la Fiesta. Callejeando vuelvo a ver bohemios, esta vez más zarrapastrosos, con harapos y barbas de muchos días. Hablo con ellos, les pregunto por la Fiesta, pero ninguno sabe nada. Hasta que, de repente, todos se ponen en trance, tiesos y eléctricos como autómatas, y salen corriendo hacia la Fiesta. Esta vez soy más rápido y me uno a la muchedumbre harapienta. Corro con ellos entre las calles y me invade una euforia hipnótica, aunque puedo percibir todo perfectamente. Seguimos corriendo y llegamos a la zona de escaleras que baja hasta la explanada del puerto, ya cerca de los barcos; en las escaleras, hay decenas de policías militares inmóviles, haciendo una guardia nocturna que tiene algo simbólico: se mueven juntos a la vez, como si ensayaran una fantasmal coreografía. Nosotros pasamos corriendo entre ellos, bajando por las escaleras, y ellos (que consideran esta carrera y la Fiesta como algo insultantemente ilegal) nos disparan a bocajarro. Ahora entiendo el riesgo y la gracia de la Fiesta: hay que jugarse la vida para llegar hasta ella (luego no es algo gratuito, hedonista, facilón). Mientras bajamos las escaleras a toda velocidad, paso algo de miedo por la lluvia de tiros pero tengo la suerte y la habilidad de esquivar todas las balas policiales. Por fin, llegamos a la explanada de la Fiesta, que está llena de gigantescas mesas con comida y bebida en abundancia. Como esta noche soy el nuevo, se propone mi bautismo de vino: todos me echan Ribeiro, Albariño y otros caldos galaicos por encima y yo me desnudo para que el bautismo se consume y mis ropas no se queden luego empapadas en vinazo barato. Los harapientos se pasan un buen rato embalsamándome en vino mientras yo bebo y como manjares de las mesas. Tras mi triunfal bautismo, continúa la Fiesta, y conozco a varios "outsiders": ex terroristas sin techo, vagabundas adolescentes de alma punk, poetastros que viven en la calle y que escriben canciones profanas en trozos de papel higiénico usado… Luego, cuando estoy a punto de irme, me encuentro con un conocido de Madrid e intercambio estas frases con él:
–¿Qué haces aquí?.
–Venía a la fiesta, pero nada, me han herido en el tobillo mientras bajaba las escaleras y no me han bautizado…
Miro su herida y es extraña: se parecen más a tres perdigonazos simétricos que a agujeros de bala. No sangra.
Regreso a casa y, esta vez sí, me abren la puerta y no tengo que pernoctar en sofá ajeno. Mi madre me pregunta de dónde vengo, que huelo tanto a vino. Yo le contesto que he estado en La Fiesta del Mendigo, en la Gran Bacanal, donde he sido bautizado como Dionisos manda.
beggar's shining