LA FIESTA DEL MENDIGO

June 8, 2006
"E cando este brebaxe baixe polas nosas gorxas,
quedaremos libres dos males da nosa alma
e de todo embruxamento".
Conxuro tradicional da queimada (anónimo).
 
Estoy en Ferrol, por la noche, dando un paseo por el puerto. Vagabundeo entre las sombras de una zona de casas viejas, arruinadas, llenas de ratas, malhechores y bares de mala muerte. De pronto, recuerdo que alguien me ha hablado de una Fiesta tradicional, salvaje, oscura y prohibida que se celebra cerca de aquí. Y yo quiero ir. Intento percibir algún indicio o conocer a alguien que me indique una dirección o que me ponga tras las huellas de la Party. Pero no veo nada: la iluminación es pobre y azulada como las escasas farolas que cuelgan de las casuchas. En una esquina, intuyo la presencia de un  puñado de bohemios y me acerco a ellos pero, de pronto, salen corriendo como locos. No sé por qué pero sé que van a la Fiesta. Intento seguirlos, pero no puedo: van demasiado rápido, culebreando por las estrechas callejuelas del puerto y dejándome atrás. Decepcionado por haber perdido la pista a una fiesta que muchos codician y pocos logran disfrutar (hay extranjeros que peregrinan desde lejanos lugares en busca de esta celebración profana) regreso a casa.
Al llegar, llamo y no puedo entrar porque no hay nadie para abrirme la puerta, así que me voy a dormir a casa de las vecinas, si no les importa. Entro, pongo en el video una vieja y oxidada película en blanco y negro y me tumbo en un sofá. Las vecinas pasan detrás de mí desnudas, sin decir nada: las dos entran juntas en la misma habitación y yo me pregunto si son lesbianas, aunque la idea no me excita demasiado. Duermo en el sofá con la tele puesta y despierto a la noche siguiente, para volver al puerto a rastrear los mil caminos que conducen a la Fiesta. Callejeando vuelvo a ver bohemios, esta vez más zarrapastrosos, con harapos y barbas de muchos días. Hablo con ellos, les pregunto por la Fiesta, pero ninguno sabe nada. Hasta que, de repente, todos se ponen en trance, tiesos y eléctricos como autómatas, y salen corriendo hacia la Fiesta. Esta vez soy más rápido y me uno a la muchedumbre harapienta. Corro con ellos entre las calles y me invade una euforia hipnótica, aunque puedo percibir todo perfectamente. Seguimos corriendo y llegamos a la zona de escaleras que baja hasta la explanada del puerto, ya cerca de los barcos; en las escaleras, hay decenas de policías militares inmóviles, haciendo una guardia nocturna que tiene algo simbólico: se mueven juntos a la vez, como si ensayaran una fantasmal coreografía. Nosotros pasamos corriendo entre ellos, bajando por las escaleras, y ellos (que consideran esta carrera y la Fiesta como algo insultantemente ilegal) nos disparan a bocajarro. Ahora entiendo el riesgo y la gracia de la Fiesta: hay que jugarse la vida para llegar hasta ella (luego no es algo gratuito, hedonista, facilón). Mientras bajamos las escaleras a toda velocidad, paso algo de miedo por la lluvia de tiros pero tengo la suerte y la habilidad de esquivar todas las balas policiales. Por fin, llegamos a la explanada de la Fiesta, que está llena de gigantescas mesas con comida y bebida en abundancia. Como esta noche soy el nuevo, se propone mi bautismo de vino: todos me echan Ribeiro, Albariño y otros caldos galaicos por encima y yo me desnudo para que el bautismo se consume y mis ropas no se queden luego empapadas en vinazo barato. Los harapientos se pasan un buen rato embalsamándome en vino mientras yo bebo y como manjares de las mesas. Tras mi triunfal bautismo, continúa la Fiesta, y conozco a varios "outsiders": ex terroristas sin techo, vagabundas adolescentes de alma punk, poetastros que viven en la calle y que escriben canciones profanas en trozos de papel higiénico usado… Luego, cuando estoy a punto de irme, me encuentro con un conocido de Madrid e intercambio estas frases con él:
–¿Qué haces aquí?.
–Venía a la fiesta, pero nada, me han herido en el tobillo mientras bajaba las escaleras y no me han bautizado…
Miro su herida y es extraña: se parecen más a tres perdigonazos simétricos que a agujeros de bala. No sangra.
Regreso a casa y, esta vez sí, me abren la puerta y no tengo que pernoctar en sofá ajeno. Mi madre me pregunta de dónde vengo, que huelo tanto a vino. Yo le contesto que he estado en La Fiesta del Mendigo, en la Gran Bacanal, donde he sido bautizado como Dionisos manda.
beggar's shining