ESTACIONES

June 13, 2006
Sueño que estoy en una gris estación de autobuses gallega. Voy a emprender un largo viaje en autocar junto a Nono, mi novia, que en el sueño es una niña de entre tres y cinco años que llevo en brazos. El cobrador me dice que no es necesario abonar el billete de la pequeña, porque "las niñas bonitas y pequeñitas no pagan dinero". Antes de subir al autobús, vagabundeo por la estación de cemento con Nono en brazos. Me invade una claustrofóbica sensación de melancolía extrema: el futuro es incierto y el viaje muy peligroso.
 
Del entrañable encanto de una pequeña estación rural de ferrocarril al sórdido, casi venéreo, ambiente de la estación de autobuses urbanita. ¿Quién no ha pasado algunas horas muertas en uno de esos irreales limbos, esperando un tren que parece que nunca va a pasar o un bus que no acaba de llegar? La sensación nunca es del todo agradable, no hay un relax total, porque esperamos algo en un lugar de tránsito. Por eso, resulta algo absurda aquella canción de los Vegetales, "La vida es bella, soy feliz", donde un psicópata disfrutaba esperando en vano un tren fantasma que jamás iba a pasar, mientras comía chicles y miraba el reloj. La permanencia indefinida en la estación sólo puede conducirnos al desequilibrio, como le ocurría a "La niña de la estación" del popular y tragicómico tema de Concha Piquer, que acaba perdiendo la chaveta.
En las estaciones contemporáneas, la sensación de angustia se incrementa por culpa del avance de la técnica: son infiernos de cemento y metal, lugares asépticos, ballardianos, vigilados por cámaras, en los que nadie en su sano juicio pasaría demasiado tiempo. 
kyoto: estación de tren
También en el mundo de los sueños, las estaciones son negativas: símbolos inequívocos de peligro, como bien dice Ernst Jünger en sus diarios ("Radiaciones II"):
 
"Son símbolos de laberintos terrenales, de desasosiego terrenal, de encuentros frustados y de esperas interminables en el tiempo. Son lugares de grandes desposeimientos".
 
Tenemos ejemplos de este símbolo también en el mundo del cine. En "Estación Termini" (Vittorio de Sica, 1953) Jennifer Jones es una muder madura, casada y con una hija, que se debate en un purgatorio de indecisión, en una atroz lucha interna que se desarrolla en la estación de tren de Roma. La duda es: ¿coger un tren para reencontrarse con su familia y su monótona existencia o quedarse en Roma con Montgomery Clift, su joven amante, cambiando para siempre el longevo amor familiar por la droga de la pasión, efímera pero "intensisisisima"? Aquí combaten fuerzas más poderosas que los randianos titanes de acero que recorren las vías. Es el eterno pulso entre la obligación y la devoción, que también embargaba a Komako, la geisha protagonista de la novela "País de nieve"  (Yasunari Kawabata, 1947) cuando, en plena estación, debe decidir entre despedir a su amante favorito o ver morir a su antiguo amor.
Pero, al fin y al cabo, éstas eran simples encrucijadas, con dos únicos caminos: tradición o vanguardia. Para laberinto, el de la mente de Dennis Cleg (Ralph Fiennes) en el genial thriller psiquiátrico "Spider" (David Cronenberg, 2002), bajando el último del tren en la brumosa estación de Londres. Dennis Spider Cleg aparece como un hombre frágil, demencial, insignificante, una duda con patas con su maleta de cartón y su abrigo viejo. Aunque avanza con paso lento e indeciso, este personaje tampoco se queda demasiado en la solitaria estación, si bien lleva a cuestas su propia estación interior, llena de oxidadas vías que crecen retorciéndose y se pisan unas a otras en un enmarañado y (sí) onírico caos espiritual.
spider: estación interior
 
 
 
 

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