LA OREJA DE ROCÍO por Pablo Maronda

June 21, 2006
Esta mañana, he recibido un extraño paquete sin marcas exteriores. "¿Será mi último pedido al sex shop de la esquina?", me pregunté, alucinado por la rapidez del envío. Pero no: al abrir el paquete, dentro no había vaginas vibrantes, ni siquiera números atrasados de la revista "Lib", sólo había una oreja de látex manchada de sangre y el texto de un inquietante sueño (fruto, sin duda, de un atracón catódico en pleno boom de la muerte de la Jurado), que el amigo Pablo Maronda (abogado, escritor y colaborador del fanzine "2000 maníacos") me enviaba desde las tierras valencianas por un servicio de mensajería urgente en el que utilizan cabinas teleportadoras y cuya explicación sólo tiene sentido en esa zona crepuscular que hay entre la dimensión desconocida y el planeta Cronenberg. He aquí, en fin, el sueño:    
"Estoy en el sepelio de Rocío Jurado. Una maraña de gente vestida de negro, al estilo Agente Smith, como generados en serie por un programa digital, se amontona en las escaleras del tanatorio. Mirándolos detenidamente uno piensa en infinidad de clones de Ortega Cano, pero sin alma. Un marasmo apolítico, agnóstico y de mirada blanca, emitiendo corridas de toros codificadas por Polanco en su córnea, que avanza impertérrito, a la manera de los espíritus de los bosques de tinta china de los cuentos orientales, por las escaleras de mármol, empujándose unos a otros y emitiendo un zumbido siseante, que parece provenir de la base de su cráneo. 

Un cúmulo fluorescente delimita la procesión silenciosa: adeptos al footing, toreros lesionados por la elefantiasis tobillar, la prensa del tomate y los damnificados de la Colza. Tienen la boca cosida y algunos de ellos no dudan en reventarse los labios para poder preguntar, pero es tal el dolor que les produce el desgarro, y tanta la sangre que mana de sus comisuras, que apenas logran gorgotear unas palabras inteligibles, antes de caer al suelo desplomados, sujetándose con las manos los trozos de carne que penden de la base de sus encías.
¿rocío o alaska?
La turba silenciosa me arrastra hacia el interior del tanatorio, un sitio frío, gélido, con el look de una catedral neogótica convertida en macrodiscoteca , al modo de las películas de vampiros de los 90 tipo
Blade, pero con aires de ambientación pseudohistórica rumana a lo Pierre Woodman.

Una vez dentro la misa comienza automáticamente. Anthony Blake preside una ceremonia sobria donde cuentan más los gestos que las palabras -el micrófono no funciona bien y se corta en algunas frases-. Apenas se le entiende cuando habla. Dice -y esto lo comprendemos todos muy claramente- que da absolutamente igual porque todos lo olvidaremos al llegar a casa, ya que nos han insertado un cáncer psíquico cerebral inofensivo y de efectos puntuales: hacernos olvidar toda la ceremonia en cuanto enchufemos la tele.

A continuación Juan El Golosina anuncia en voz alta: “Vamos a repartir los restos”, y al modo en que el conocido showman y gastrónomo Cándido partía los lechales, con un ritual entre karateka e histriónico, despedaza el cuerpo de la presente con un plato, mientras solloza y emite unos grititos agudos, insoportables, tan afectados que la gente comienza a reír.

A pesar de la carnicería, el cuerpo de Rocío ni siquiera sangra, de él caen unos pétalos de rosas manando de la herida, que se balancean lentamente hasta tocar el suelo. Luego se procede al reparto de los pedacitos de la tonadillera. A mi me toca una oreja, una oreja que creo que es falsa, porque parece confeccionada de fieltro y carne cruda de algún animal. Bertín Osborne a mi lado me susurra: “Tongo”, mientras manosea nervioso un pedacito de la vesícula biliar.

La procesión vuelve a arrastrarme hacia fuera, pero esta vez de un modo violento. Al salir del templo se forma un pequeño tumulto. Intento averiguar qué pasa pero sólo veo montones de gente formando una especie de corro. De repente se me abalanza Jorge Javier con un cuchillo de carnicero. -Dame ese trozo. Me pertenece-. Con el cuello hinchado y la mirada ida, inyectada en semen, me doy cuenta de que ha asestado varias cuchilladas a los asistentes, y que tiene un puñado de restos en una bolsa de plástico. No me da tiempo a reaccionar y el cuchillo me atraviesa el tórax, quemándome hasta hacerme despertar.

 

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