LA OREJA DE ROCÍO por Pablo Maronda
Un cúmulo fluorescente delimita la procesión silenciosa: adeptos al footing, toreros lesionados por la elefantiasis tobillar, la prensa del tomate y los damnificados de la
Colza. Tienen la boca cosida y algunos de ellos no dudan en reventarse los labios para poder preguntar, pero es tal el dolor que les produce el desgarro, y tanta la sangre que mana de sus comisuras, que apenas logran gorgotear unas palabras inteligibles, antes de caer al suelo desplomados, sujetándose con las manos los trozos de carne que penden de la base de sus encías.
La turba silenciosa me arrastra hacia el interior del tanatorio, un sitio frío, gélido, con el look de una catedral neogótica convertida en macrodiscoteca , al modo de las películas de vampiros de los 90 tipo Blade, pero con aires de ambientación pseudohistórica rumana a lo Pierre Woodman.
Una vez dentro la misa comienza automáticamente.
Anthony Blake preside una ceremonia sobria donde cuentan más los gestos que las palabras -el micrófono no funciona bien y se corta en algunas frases-. Apenas se le entiende cuando habla. Dice -y esto lo comprendemos todos muy claramente- que da absolutamente igual porque todos lo olvidaremos al llegar a casa, ya que nos han insertado un cáncer psíquico cerebral inofensivo y de efectos puntuales: hacernos olvidar toda la ceremonia en cuanto enchufemos la tele.A continuación
Juan El Golosina anuncia en voz alta: “Vamos a repartir los restos”, y al modo en que el conocido showman y gastrónomo Cándido partía los lechales, con un ritual entre karateka e histriónico, despedaza el cuerpo de la presente con un plato, mientras solloza y emite unos grititos agudos, insoportables, tan afectados que la gente comienza a reír.A pesar de la carnicería, el cuerpo de
Rocío ni siquiera sangra, de él caen unos pétalos de rosas manando de la herida, que se balancean lentamente hasta tocar el suelo. Luego se procede al reparto de los pedacitos de la tonadillera. A mi me toca una oreja, una oreja que creo que es falsa, porque parece confeccionada de fieltro y carne cruda de algún animal. Bertín Osborne a mi lado me susurra: “Tongo”, mientras manosea nervioso un pedacito de la vesícula biliar.La procesión vuelve a arrastrarme hacia fuera, pero esta vez de un modo violento. Al salir del templo se forma un pequeño tumulto. Intento averiguar qué pasa pero sólo veo montones de gente formando una especie de corro. De repente se me abalanza
Jorge Javier con un cuchillo de carnicero. -Dame ese trozo. Me pertenece-. Con el cuello hinchado y la mirada ida, inyectada en semen, me doy cuenta de que ha asestado varias cuchilladas a los asistentes, y que tiene un puñado de restos en una bolsa de plástico. No me da tiempo a reaccionar y el cuchillo me atraviesa el tórax, quemándome hasta hacerme despertar.