¡MALDITOS ZUMBADORES!

July 13, 2006

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz. ¿Les suena? No, con esta onomatopeya no pretendo reproducir el sonido del ronquido, como ya hicieron Escobar y otros maestros de la Escuela Bruguera (que también usaban un dibujito de una sierra castigando un tronco), sino el horrísono zumbido de uno de los insectos más odiosos del mundo. Sí, para inaugurar la nueva categoría "Enemigos de Morfeo", dedicada a todos aquellos que perturban o imposibilitan el/los sueño/s, voy a hablar de los mosquitos.

Al parecer, este año hay una plaga de mosquitos en la Comunidad de Madrid y ello hace que, noche tras noche, anónimos pero esforzados guerreros como el que teclea estas líneas tengan que lanzarse, zapatilla en mano, a épicas y domésticas cazas sutiles. Las picaduras de los mosquitos, por lo general, aquí y ahora sólo te provocan un granito picante (si no tienes la mala pata de ser alérgico) pero en otros países contagian la malaria, entre otras enfermedades mortales. Durante un tiempo incluso corrió como la pólvora el rumor de que si un mosquito le picaba a un sidoso y, acto seguido, te picaba a ti, quedabas contagiado de SIDA. Pero, al final, resultó ser mentira: al parecer, si un mosquito pica a un yonqui, a una puta o a una rata de cuarto oscuro (por poner tres ejemplos al azar) que padezcan el letal virus, el VIH que entra en el torrente sanguíneo del mosquito no puede reproducirse y, por consiguiente, el mosquito no puede contagiarlo al vampirizar a otra persona. Pero lo que es cierto es que, sea más o menos perjudicial, tener un mosquito en la habitación es una pesadilla. Es enloquecedor estar a punto de dormirse y escuchar su insoportable zumbido y luego pasarse el resto de la noche rascándose las picaduras, que recuerdan a la varicela, esa enfermedad que todos los niños hemos tenido alguna vez.

No puedo hablar de mosquitos sin hablar del inconmensurable Windsor McCay, un verdadero genio que con su "Little Nemo" no sólo revolucionó la historia del cómic, sino que creó un artefacto onírico insuperable. Otro día nos detendremos más en la obra de este titán; hoy sólo recordaremos su alucinante corto de animación "How a mosquito operates" (1912) que nos muestra a un caricaturesco e hiperbólico mosquito que acecha a un incauto durmiente y luego se posa sobre su cara, le pica y le empieza a succionar sangre; el estómago del mosquito se hincha más y más hasta que, literalmente, explota.

el mosquito de mccay 

Algo parecido a lo que le ocurre al mosquito de McCay les pasa en la vida real a los que pululan por mi casa. Se pasan la noche vampirizándonos a mi señora y a mí, pero muchas veces, su propia gula acaba con ellos: abotargados por la sangre mamada, se posan jartos en la pared y yo los aplasto con mi zapatilla. Después, observo la suela y, extasiado, contemplo mi caza: el insecto aparece aplastado o chafado, moviendo a veces alguna patita nerviosamente, rodeado de un imperfecto y vicioso círculo de sangre. Sangre mía o de mi dulce Nono: a ella le pican más, sí, pero no porque tenga la sangre más dulce (como terciaría mi abuela) sino porque los compuestos químicos que desprenden algunos cuerpos resultan especialmente atractivos para los mosquitos. Es obvio que el calor y la humedad de Nonín son bastante más apetecibles que los míos: los mosquitos son, en este sentido, unos sibaritas. O unas sibaritas, debería decir, pues son las hembras las que atacan: necesitan proteínas para compensar la formación de huevos y por eso chupan sangre, a diferencia de los machos, que se alimentan de néctar y zumo de frutas. En esta especie (también) la hembra representa la fuerza de la especie, la naturaleza, la crueldad…

El movimiento de la persona, al parecer, también influye en el mosquito a la hora de elegir a su víctima. No lo digo yo, lo dice la entomóloga Renee Anderson, de la Universidad de Nueva York: "Los mosquitos detectan los movimientos de la persona a una distancia considerable. Recogen el dióxido de carbono y siguen su rastro volando en zigzag hasta que encuentran su fuente y atacan".  

Para eliminar a un mosquito y dormir y soñar en paz, el hombre es capaz de lo que sea. Yo he probado velas insecticidas, lámparas de luz violeta o esos enchufes de Fogo que ya mi madre ponía en las habitaciones de nuestra casa de campo galaica… Pero todas estas cosas sólo valen para atontar al mosquito (y un poco a los humanos), que pasa a zumbar más fuerte y ataca a saco a los humanos.

Por lo visto, el único remedio eficaz contra estos bicharracos es untarse un buen repelente. El mejor, según la American Mosquito Control Association, es el  DEET (N-dietil-3-metilbezamida), una sustancia que aterra a los mosquitos. Este tipo de remedios, en cualquier caso, eliminan el placer de la caza sutil, que algunos han elevado casi a la categoría de arte popular, como la sofisticada trampa para mosquitos fabricada con materiales caseros por niños taiwaneses. Pincha aquí para verla y, tal vez, copiarla. Yo, mientras tanto, vuelvo a mi tarea de cada noche: apagar las luces y poner la antena, en busca de zumbidos furtivos: las huellas sónicas que marcan el comienzo de una buena caza. Tal vez algún día, tras algún tipo de holocausto nuclear, consiga mutar y desarrollar una lengua de camaleón con la que atrapar y degustar a estos pequeños vampiros. Entonces, ya no necesitaré zapatillas…

hematófago en pleno atracón