PESADILLA SIFILÍTICA HUYSMANIANA
Mi amigo Rafa C., el monje zen, me ha regalado "A contrapelo" (Á rebours, 1884) de Joris-Karl Huysmans (París, 1848-1907). Este autor nos interesa por dos motivos fundamentales: 1) Jünger lo menciona repetidas veces, en tono cordial, en sus diarios. 2) Tras una vida de excesos, se convirtió al catolicismo y vivió la recta final de su vida obsesionado por la religión.
"A contrapelo" es de lo poquito que se puede encontrar de Huysmans traducido al castellano. Por supuesto, los que no dominamos la lengua gabacha, nos quedaremos de momento sin leer obras (espiritualmente) superiores como "La Cathédrale", que el crítico y traductor Juan Herrero define como "un análisis maraviloso y fascinante del simbolismo del arte medieval aplicado a la catedral de Chartres y sobre el sentido de la vida social, artística y religiosa en la Edad Media". Pues a traducirlo, so melón…
Pero vayamos al grano: entre las decadentistas páginas de "A contrapelo" me he topado con un sueño pesadillesco digno de ser reproducido en este dildódromo. (Al parecer, no fue el único sueño de la bibliografía de Huysmans: en su siguiente novela, titulada En Rade (1886) el protagonista se ve sumido en una serie de fantásticos y angustiosos sueños de alto poder imaginativo, que llamaron la atención del mismísimo André Breton, padre del Surrealismo). La brillante y angustiosa pesadilla es soñada por el protagonista, el duque Des Esseintes, un personaje que al propio Huysman post-catolicismo se le debió antojar de rango inferior, en su vana búsqueda de la salvación a través de experiencias puramente artísticas; en este sentido, Des Esseintes, por muy aristócrata que sea, se podría considerar como uno de los grandes pajeros de la Historia de la Literatura (perdón por las mayúsculas).
Pero vayamos ya, sin más preámbulos, con el sueño. Bon appétit (¿se escribe así?):
"Salió del vestíbulo y fue a echarse en la cama; enseguida se quedó dormido, pero como se encontraba absorvido por un tema único, su espíritu, como impulsado por un resorte oculto, continuó devanando su cadena, y pronto se vio sumido en las locuras fantasmagóricas y sombrías de una horrible pesadilla.
Caía la tarde, y él se hallaba en medio de un sendero, en pleno bosque; iba caminando junto a una mujer a quien nunca había visto ni conocido. Era una mujer seca y enjuta, de cabellos como de estopa, rostro de bulldog, mejillas pecosas, y unos dientes mal colocados que salían inclinados hacia adelante por debajo de su nariz achatada.
Llevaba un delantal blanco de criada, un largo pañuelo cruzado a modo de correaje sobre el pecho, unas botas cortas de soldado prusiano y un gorro negro adornado con unas bandas de encaje y provisto de una borla.
Tenía el aspecto de una bohemia de circo, de una saltimbanqui de feria. Se preguntaba quien podría ser esta mujer a la que consideraba ligada a la intimidad de su existencia desde hacía mucho tiempo, y trataba en vano de recordar su origen, su nombre, su oficio, su razón de ser; pero no lograba recordar nada que pudiera aclarar esta relación inexplicable pero segura.
Todavía estaba expurgando sus recuerdos, cuando, de pronto, apareció ante ellos una extraña figura que, montada sobre un caballo, cabalgó durante unos instantes y luego volvió la vista hacia ellos girando sobre su montura.
Entonces la sangre se le heló en las venas, y se quedó clavado en su sitio, preso de terror. Esta figura ambigua y sin sexo determinado, tenía un aspecto verdoso, y la mirada de sus ojos, de un azul claro y frío, era terrible bajo sus párpados amoratados; su boca estaba rodeada de granos; sus brazos secos y esqueléticos, desnudos hasta los codos, temblaban de fiebre, saliendo de una mangas andrajosas; y sus muslos descarnados tiritaban dentro de unas botas de montar demasiado amplias.
Su horrible mirada se quedaba clavada sobre Des Eisseintes, penetrándole, helándole hasta la médula de los huesos, mientras que la mujer bulldog, aún más aterrorizada, se apretaba desesperadamente contra él aullando de pánico ante la muerte, con la cabeza inclinada hacia arriba sobre su cuello agarrotado.
Inmediatamente comprendió el silgnificado de la espeluznante aparición. Tenía ante sus ojos la imagen de la Gran Sífilis.
Aguijoneado por el miedo, fuera de sí, se lanzó por un sendero que cruzaba, y corriendo con todas sus fuerzas se refugió en una casita que apareció a la izquierda, situada entre los citisos; una vez allí, se desplomó sobre una silla, en el pasillo.
Unos instantes después, cuando ya empezaba a respirar con más tranquilidad, empezó a oír unos sollozos que le hicieron levantar la cabeza; ante él se encontraba ahora la mujer bulldog, que lloraba a lágrima viva, de una forma lastilmera y grotesca, diciendo que había perdido sus dientes durante la huida; y, sacando al mismo tiempo de su delantal de criada unas pipas de barro cocido, se puso a romperlas y a clavarse trozos de tubitos blancos en los huecos de sus encías.
–¡Pero qué hace! –se decía Des Esseintes–. Esta mujer es absurda. Esos trocitos de tubos nunca podrán quedarse fijos.
Y, en efecto, unos tras otros, todos se iban cayendo de la mandíbula.
En ese momento se empezó a oír el galope de un caballo que se acercaba. Un terror espantoso atenazó a Des Esseintes; sus piernas no le respondían; el galope resonaba cada vez más cerca; la desesperación le hizo saltar como si le hubieran sacudido un latigazo; se abalanzó sobre la mujer que estaba pisoteando ahora los trozos de las pipas, y le suplicó que se estuviera quieta, que no los denunciara hasta el fondo del pasillo, tapándole la boca para impedir que gritara. En ese momento descubrió de pronto la puerta de una tasca, con unas persianas pintadas de verde, y sin picaporte, le empujó, tomó impulso para salir corriendo y se quedó parado.
Delante de él, en medio de un claro bastante extenso, unos enormes "pierrots" vestidos de blanco saltaban como conejos bajo la luz de la luna.
Lágrimas de desaliento humedecieron sus ojos: nunca, nunca podría sobrepasar el umbral de la puerta.
–Me aplastarán –pensaba.
Y, como justificando sus temores, el grupo de enormes "pierrots" empezó a multiplicarse; sus volteretas llenaban ahora todo el horizonte, dando golpes contra el cielo, unas veces con sus cabezas, y otras, con sus pies.
Entonces el ruido de los cascos del caballo dejó de resonar. Estaba ahí, en el pasillo, detrás de un tragaluz circular. Más muerto que vivo, Des Esseintes se dio media vuelta, se acercó al tragaluz, y vio unas orejas erguidas, unos dientes amarillentos, unos hocicos que exhalaban dos chorros de vapor que hedían a fenol.
Se desplomó abatido, renunciando a luchar y a escapar. Cerró los ojos para no tener que soportar la horrorosa mirada de la Sífilis que, desde el otro lado de la pared, se clavaba sobre él, y que, a pesar de todo, él seguía percibiendo bajo sus párpados cerrados, sintiéndola deslizarse sobre su espina dorsal húmeda y sudorosa, sobre su cuerpo cuyos pelos se erizaban entre charcos de fríos sudores. Des Esseintes esperaba el golpe de gracia para acabar de una vez. Pasó un minuto que le pareció un siglo y, temblando de miedo, volvió a abrir sus ojos. Todo se había evaporado. Y, sin ninguna transición, como por una especie de cambio de decorado producido por un efecto teatral, apareció ante él un paisaje mineral espantoso que se perdía a lo lejos, un paisaje macilento y sin vida, desértico, lleno de barrancos; un paisaje asolado, bañado por una luz suave y blanquecina que se parecía al resplandor del fósforo disuelto en aceite.
Algo empezó a moverse en el suelo y se transformó de pronto en la figura de una palidísima mujer desnuda y con las piernas enfundadas en unas medias de seda verdes.
Des Esseintes se quedó mirándola con interés y curiosidad. Sus cabellos, ensortijados y quebradizos en las puntas, parecían crines rizadas con tenacillas demasiado calientes; de sus orejas pendían extrañas hojas de Nephenthes en forma de urna; en sus fosas nasales entreabiertas brillaban tonos de color de ternero cocido.
Y ella le llamaba con voz muy baja, fijando sus ojos en él con una mirada embelesada y extasiada.
El no tuvo tiempo para responder, pues la figura de la mujer se puso a cambiar de aspecto; sus pupilas resplandecían ahora con vivos y encendidos colores, sus labios se teñían del rojo violento de los "Anthuriums"; y los pezones de los pechos brillaban con fuerza como dos lustrosos pimientos rojos.
Entonces Des Esseintes tuvo una súbita intuición:
–Es la Flor –se dijo.
En medio de la pesadilla persisitía en él esa manía de razonarlo todo, y, como ya le había ocurrido durante el día, sus pensamientos se orientaron hacia el poder dominador del Virus.
Entonces observó la espantosa irritación de los senos y de la boca; descubrió por toda la piel del cuerpo máculas oscuras y cobrizas, y retrocedió, desorientado y confuso. Pero la mirada de la mujer le fascinaba y avanzaba lentamente hacia ella, pero intentando también quedarse fijo para no moverse, dejándose caer y levantándose a pesar de todo para acercarse a ella. Cuando ya casi estaba tocándola, surgieron de todas partes negros "Amorphophallus" que se lanzaron hacia el vientre que se agitaba subiendo y bajando como un mar.
Los apartó y rechazó, sintiendo un asco inmenso al tocar esos tallos firmes y cálidos que se agitaban entre sus dedos; luego, de repente, las repugnantes plantas desaparecieron y los brazos intentaban estrecharle; una angustia espantosa el oprimió el corazón, pues los ojos, los horribles ojos de la mujer se habían vuelto de un azul claro y frío, y resultaban aterradores. Hizo un esfuerzo sobrehumano para librarse del abrazo, pero ella, con un gesto irresistible, le retuvo, le agarró, y entonces, despavorido, vio florecer entre los muslos de la mujer, el feroz "Nidularium" que permanecía entreabierto, sangrando, en sus hojas afiladas como un sable. Des Esseintes rozaba con su cuerpo la repulsiva herida de la planta; se sintió morir. Y se despertó sobresaltado, sofocado, helado, loco de espanto.
–¡Ah! Todo no ha sido más que un sueño, gracias a Dios –suspiró.

Imagen: Daikon (2002-2005), paint’n'draw de Satoh Kohji.
