PIN-UP ENVASADA AL VACÍO



"Chillad, plantas silvestres; llora, viento del norte. Las flores del infierno florecen en la penumbra. Contemplan la ilusión de un mañana que no llega jamás".
Kazuo Koike.
Descubro la forma de ver "Into the dirt", el filme perdido de Dennis Hopper que sólo existe en mis sueños. Es una película sobre una familia que vive en un poblado de chabolas galaicoamericanas y la única copia la posee el protagonista, que recuerda al Michael Rooker de "Henry, retrato de un asesino". Para acceder a la zona de chabolas donde vive el tipo, Nono y yo tenemos que descender a un inferno de silveiras (o sea, zarzamoras), desperdicios, restos humanos e inmundicias variadas: allí sobreviven los seres terminales que salen en la penícula. Es de noche y estamos ya en el patio de la chabola del personaje principal, lleno de restos de coches quemados, tablas carcomidas y enmohecidas por la humedad, vainas oxidadas, papel higiénico usado hace meses, toxos mustios y agujereados por la lluvia ácida, esqueletos de lagartijas y, sobre todo, silveiras estériles (que hace siglos que no paren ni una mora) y cadáveres de trastos antediluvianos (como cartuchos de ocho pistas, yogurteras, vespinos con pedales, comediscos….). Allí, el protagonista, previo pago en pesetas yanquis, nos deja una cinta de vídeo Betamax (único sistema en el que, según la leyenda, llegó a editarse "Into the dirt") y nosotros la introducimos en un viejo reproductor Beta, que empieza a vomitar las imágenes en una mugrienta y amarillenta pantalla de Grundig Super Color de los 80. El filme me fascina, incluso más que "The last movie", "The hot spot", "Out of the blue" o "Easy rider": sus planos, experimentales y underground pero con genuino, casi tradicional, sabor "made in USA", están envueltos en una atmósfera sublime aderezada con folk-rock de alto voltaje emocional ejecutado por intérpretes que desconozco. El conjunto ofrece una apasionante y altamente estética visión de los parajes ferrolanos/americanos más hermosos y desolados de la edad posindustrial. Me encanta, pero el problema es que no podemos verla del tirón: a veces el vídeo falla y la polvorienta pantalla escupe rayas e interferencias multicolores. Luego están los domingueros, que pasan entre nosotros en atronadoras manadas, para dirigirse a una playa artificial que se encuentra justo al otro lado de la colina chabolera. No sé porqué, pero sé que la playa es peligrosa y tiene una arena falsa llena de conchas sintéticas y agujas hipodérmicas que se te clavan en los pies como escorpiones de plástico, haciéndote adicto al arenal. Las avalanchas de domingueros continúan, nos pasan por encima y terminan por arrastrarnos, a Nono y a mí, al borde de un precipicio: mirando hacia abajo vemos un vertedero de basura orgánica. Por suerte, la avalancha pasa y, antes de caer, Nono y yo conseguimos volver al patio de la chabola del protagonista. Retomamos el visionado de la penícula, que ahroa se ve mejor yva a más: parece acercarse a su clímax, pero la cinta patina, se para con un chasquido y, al continuar, aparecen otras imágenes en la pantalla del Grundig Super Color: se trata de un mediocre filme de Clint Eastwood que tampoco existe en la realidad, pero que ya he visto: Clint hace de juez progre. Me enfado e intento arreglar sacar la cinta, que no quiere salir, y luego golpeo la tele, pero nada; así que me quejo al protagonista, pero él dice que no sabe qué hacer y tiene que llamar a un técnico, que llega "ipso facto" en una destartalada furgoneta desconchada y renqueante. El "chapuzas" lleva un mono de trabajo, barba de tres días y una colilla de puro en la boca: es otro rudo arquetipo de "white trash" galaico-americana, y dice que la reparación será larga y penosa, porque "el vídeo Beta está muy oxidado y la cinta es vieja y suelta mucha mierda sobre el tosco cabezal". Así que, para amenizar la larga reparación, el "chapuzas" pone una cinta de música que hay en el suelo en un viejo radiocassette que hay junto a la tele, entre latas de cervezas usadas y un balón a medio desinflar. Le da a play y suena, ralentizado y distorsionado por la mierda del radiocassette, un grupo indie gabacho, cuyas horrísonas melodías invaden el patio del chatarrero (sí, ahora mismo, no sé por qué, pero sé que el protagonista es chatarrero). El reparador dice: "¿pero qué mondrigonada de música es esta?". Y yo: "no sé, creo que es la cinta era de mi hermana". Sin embargo, la dejamos sonar, preparándonos para pasar la noche contemplando cómo el "chapuzas" intenta en vano reparar el viejo vídeo Beta a ritmo de chirriantes soniquetes francófonos. Mientras tanto, de las silveiras brotan moras azules a gran velocidad y un poco a saltos, como si hubieran sido grabadas con una vieja cámara de súper 8.

Inauguro nueva categoría dildodrómica, titulada "Tiempo de Vigilia" y dedicada a ciertas experiencias vividas a plena luz del día, con los ojos abiertos, pero que, de alguna manera, forman parte del universo onírico. Aunque no sea uno de los santos de mi devocionario, ya lo dijo Borges:
"…la vigilia es otro sueño que sueña no soñar…"
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Esta tarde me acerqué, en compañía de mi madre y la madre de mi madre, al cementerio de Ferrol, para visitar a algunos muertos. De entrada, me llamó poderosamente la atención, a las puertas del camposanto, la presencia de varias decenas de gitanos. Dentro pude comprobar que habían ido a llenar (con insólita alegría) de flores los señoriales mausoleos donde descansan sus muertos y no pude más que admirar el gran respeto que esta raza muestra por sus antepasados: algunas de las tumbas tenían incluso estatuas en mármol de los finados.
Mi madre: "Los gitanos viven en chabolas y luego mira que mausoleos se construyen".
Yo: "No en vano van a pasar mucho más tiempo en el otro mundo que en este".
Tras visitar a mis muertos, me entretuve paseando por los verdes céspedes, entre tumbas de cruces y filas de nichos. Ahora, no acudían a mi cabeza oraciones, sino frases de Jünger, cuyo cuarto tomo de diarios ("Pasados los setenta I") ando leyendo estos días:
"Junto a los muertos nos sentimos especialmente en paz, especialmente cobijados".
"Me vino a la mente la extensa red de experiencia que se hunde con la muerte: todos esos hechos, datos, encuentros, lo aprendido, lo visto, las conversaciones, las lecturas, los paisajes geográficos e históricos, las modas con sus insensateces, las acciones buenas y las malas, los matices, cuyo colorido palidece ya en vida. Todas esas cosas tienen que irse al fondo; los nudos y mallas de la red desaparecen en las olas. Pero queda libre aquello que, a menudo sin sospecharlo, capturamos con esa red. Donde la ola adquiere conocimiento de sí misma es en el mar".
"Ante los muertos el pensamiento se detiene como ante un abismo infranqueable. Ese abismo sólo puede cerrarse cuando nosotros mismos pasamos al otro lado".
"En el ser humano se cumple una y otra vez el mysterium de la muerte; el niño muere en el adolescente, el adolescente, en el hombre maduro, el hombre maduro, en el anciano. También es necesario, desde luego, resucitar una y otra vez. Y también eso debería ser concebido sólo como una preparación".

También recordé unas palabras de W.S. Burroughs, otro de mis all time favorites, cuyo alucinante western surreal "El lugar de los caminos muertos" me leí hace poco:
"Considera la muerte como un peligroso viaje en el que todos los errores del pasado irán en tu contra… Es preciso lograr una posición física y psíquica de pasividad en alerta y de atención concentrada. Los recelos, los temores, la autoafirmación, o rígidas ideas del bien y el mal… resultan fatales. Tu muerte es un organismo que tú mismo creas. Si lo temes o te doblegas ante él, el organismo se convierte en tu dueño".
Por supuesto, también tuve pensamientos para los pasajes más fúnebres de Azcona y para las películas de zombies, un vicio que comparto con mi mentor espiritual Rafa C. El día de los muertos, 28 días después, Amanecer de los muertos, La noche de los muertos vivientes… Curiosamente, el padre del subgénero zombie, George A. Romero, aunque neoyorquino de nacimiento, tiene raíces ferrolanas y es pariente lejano de un buen amigo de la adolescencia, el ilustrador Mario Feal. En las películas de Romero siempre ha latido el pulso de la lucha de clases, la crítica al sistema económico y político (sobre todo en "Zombi", con ese centro comercial acosado por hambrientos muertos vivientes). Pero a Rafa y a mi nos interesa más el elemento puramente estético y metafísico de esos filmes: las calles desiertas de Londres (en "28 días después"), las preciosas tumbas removiéndose, la resurrección de la carne (y su podredumbre, frente a la pureza del espíritu) y mil cosas más que no se pueden describir con palabras, sólo degustar con retinas.

En un extremo, los muertos grises, silenciosos, mediocres como vivos alienados de Les revenants (La resurrección de los muertos): ellos debieron salir de cementerios modernos, escapando de esos nichos tan tristes como bloques de viviendas forjados en hormigón. De la urba a la tumba. En el otro extremo, los muertos "muy vivos", bailongos, azules y estrambóticos del inmortal "Thriller", videoclip de Michael Jackson que transcurría en un cementerio poco serio, sí, pero muy bonito: sus tumbas se alzaban sobre la tierra como sobrios y solemnes monumentos post mortem (aunque, en el fondo, de cartón piedra). ¿Acaso "enterrar" no es un derivado de "tierra"? ¿Entonces a que viene eso de enclaustrar a los muertos en nichos de cemento como los que sufrieron en vida? ¿Problemas de espacio o miedo a una resurrección en masa? En cualquier caso, si ellos deciden volver, no creo que un poco de cemento armado los detenga…

Las reflexiones mortuorioas más profundas, por supuesto, son intranscriptibles: pertenecen al reino del espíritu y ahí se quedarán. Pero aún hubo tres cosas más que me sorprendieron durante el paseo final, ya hacia la salida del camposanto: 1) la impagable paz, el silencio zen que invadía el lugar se veía aderezado a veces con el delicioso sonido de las fuentes de piedra. En estos lugares, reinos de la tierra y los cielos, es esencial la presencia de agua. 2) Entre los nichos "compartidos", no destacaron a mis ojos los familiares, ni siquiera la gran cruz bajo la que se encontraban enterrados, juntos y revueltos, soldados ferrolanos (de ambos bandos) caídos en la Guerra Civil, sino un nicho en el que descansaban los ocho tripulantes de un barco mercante. Morir en acción, entre las olas, se me antoja, como mínimo, bastante más apetecible que hacerlo en la aséptica habitación de un hospital.
3) En una pequeña capilla, ya muy cerca de la salida, se alzaba, bien a la vista del paseante, una gran inscripción con unos versos de la poetisa gallega Rosalia de Castro, fieles espejos de la resignación y el fatalismo galaicos:
"Del polvo y fango nacidos,
polvo y fango nos tornamos.
¿Por qué, pues, tanto luchamos
si hemos de caer vencidos?".
"Cuando un desconocido entra en una sala de fiestas, uno de quienes lo observan nota que es un diabético, el otro, que es un hombre de buen gusto, y un tercero, que es un estafador. Cabe presumir que las personas que han hecho tales observaciones han sido, respectivamente, un médico, un dandi y un policía".
Ernst Jünger.
Tras ver "Los liantes" de Mariano Ozores, me duermo y tengo un lío de sueño-río, en el que asisto, acompañado por Nonito, a la fiesta de inauguración de un nuevo Pachá, que en teoría se encuentra por la calle de Claudio Coello, pero en la práctica está en un enclave parecido a Costa Polvoranca, la infernal zona de marcha de Alcorcón. Entramos y vemos que es un gigantesco discotecón, más parecido en la forma (que no en el fondo) a Kapital que al Pachá de Tribunal. Eso sí, la party está llena de pijos, modelnos y famosos. Tras atravesar tres barras oxidadas y cinco pistas de baile llenas de barro caliente y burbujeante como lava volcánica, caminando lentamente por unas estancias marcadas por luces estroboscópicas y grandes éxitos de ayer y hoy remezclados con salsa house -que no rosa- llegamos a una especie de fantasmal anfiteatro negro en el que hay una multitud sentada, mayormente parejas mazando y grupitos de veinteañeros de cháchara retomanto fuerzas antes de regresar a la pista. Al pie de ese anfiteatro, nos encontramos con un foco de agradables jovencitos pijos, que están con sus novias y trapicheos varios. Sus zapatos castellanos están relucientes, a pesar del barro orgánico, babeante, que inunda las pistas de baile. Empiezo a hablar con uno de los chicos y, como nos caemos bien, me dice que tiene una coca buenísima y que me invita a una loncha. Yo llevo algo de perico en el bolsillo, pero acepto porque estoy seguro de que la suya será mejor que la mía. El "alonsótegui" (así le llaman en Euskalheria a cierto tipo de pijos de corte clásico -Lacoste, Polo, náuticos, a veces gomina- en un cariñoso homenaje a Alonso Aznar, hijo del ex-presidente del PP) el "alonsótegui", decía, me dice que es peligroso el trapicheo con coca en una disco tan llena de cámaras y polis de paisano, así que lanza a medio metro de sus pies un sobre blanco, como los de las facturas del banco. "Ahí dentro está la farla", dice, "píllala". Camino hacia el sobre, pero voy pisando huevos y un viejo pellejo se me adelanta: agarra el sobre y exclama: "¡aaaargh, qué puto asco, un sobre del Banco Bilbao Vizcaya-Argentaria!" y le escupe encima un lapo verde y viscoso como el suelo de las pistas. Yo, asqueado con el esputo del anciano, le digo al "alonsótegui" y a Nono que "me voy al baño a limpiar el sobre de la saliva del viejo y a meterme la loncha, que falta me hace: me encuentro muy fatigado". Lentamente, porque me pesa el cuerpo como un traje de buzo, atravieso las pistas llenas de una lava roja que ya me llega por las pantorrillas; me desvío por laberínticos pasillos negros, escenarios de tamaños hiperbólicos, zonas vips heladas llenas de nieve y escarcha y famosos con los rostros ocultos por máscaras dieciochescas. Por fin, llego a una zona de servicios y le pregunto a una señorita puta dónde está el baño de la coca. Ella me señala una puerta y, cuando estoy a punto de entrar, aparece el director de una publicación de tendencias, que me empieza a hablar de lo mal que se escriben las páginas de moda de su revista. Me conduce a un cuartito lleno de escobas, fregonas y otros útiles de limpieza y me dice "¿ves?, aquí han escrito "pantalones" a secas, en lugar de "pantalones de piel de sanguijuela" ¿No es penoso?" Yo, con cierta desgana, le contesto: "Sí, intolerable. Por cierto, ¿quieres una línea?" Él contesta que no debería, porque al día siguiente tiene que corregir unos exámenes por la mañana temprano, pero me acompaña hasta el Váter de la Coca. Allí vemos, saliendo de otro retrete, a una estilista de "Vogue" y el director dice: "rápido, metámonos en ese baño, que no quiero que esa estilistilla que se acaba de empolvar sus macilentas narices me vea aquí en el Baño de la Coca". Así que entramos en un retrete de madera vieja, pero no conseguimos cerrar bien, porque hay dos puertas: una para cubrir el cuerpo y otra para tapar la cara. La de la cara, que está llena de teléfonos con frases obscenas, no quiere cerrarse. Al final, lo conseguimos. Miro la puerta y leo "653456789567. Ordeño pollas y bebo leche". Y pienso: "Bah, vaya morro, si esto es un plagio de Panero". Saco el sobre bancario y, tras limpiar la flema seca del viejo verde, nos metemos cuatro buenas puntas de coca "á mariñeira" (o sea, depositando el polvillo en el huequecito que se forma al hacer puño en el nacimiento del pulgar y esnifando de ahí directamente con los agujeros de la nariz). El efecto del oro blanco es instantáneo y nos pone (demasiado) locuaces y espabilados. Salimos del váter de la coca y nos separamos: él se va a buscar a unos amigos y yo a Nono, que lleva media eternidad esperándome.

Así que, con la falsa y todopoderosa energía de la coca, intento desandar el camino andado. Otra señorita puta, vestida como una "estarlette" de los setenta, pero con la cara ajada de la María Martín de Bilbao (Bigas Luna, 1978), me señala una puerta que pone EXIT en letras de neón rojo y me dice: "tras esa puerta hay un atajo que te llevará antes a la casilla de salida". Así que cruzo esa puerta y me encuentro en la calle, donde hay centenares de adolescentes bakalas sentados bordeando el edificio del discotecón. Estamos en la calle y es de noche, pero algún altavoz gigante e invisible a mis ojos escupe una remezcla makinera del tema "Good love" del diminuto Prince (que salía en "Bright lights, big city", mi película favorita de otro pequeño gran hombre: Michael J. Fox). Bajo entre la horda de bakalas por un suelo de descampao-cantera: cada uno de mis pasos provoca una gigantesca nube de polvo que se come a varias decenas de bakalas. Al fin, tras bordear todo el edificio, llego a la única puerta: ¡la de la entrada, en la que hay una cola kilométrica! "¡Maldita señorita puta!", pienso. Me meto otro tiro "á mariñeira", para aclarar la mente en este momento crítico, y busco una manera de saltarme la cola. Así, encuentro un resquicio para volver a colarme en el club: pasando por entre las inmensas letras de neón que forman frases como "PROHIBIDO HABLAR DEL 11-M" , "TODO EL MUNDO A BAILAR" O "DI SÍ A LAS DROGAS". Sigo andando, ya dentro de la discoteca, y me encuentro a una de las relaciones públicas de la fiesta, que me saluda efusivamente. Veo que está mojada, salada y en bikini, como si acabara de salir del mar. Me explica: "es que estoy en la playa de la discoteca. ¿No la has visto?" Y me señala una preciosa cala incrustada en el suelo de la sala, rodeada por muros y alambradas y militares en bañador con metralletas. La arena es fina, blanquísima y en el agua roja flotan, tumbados a la bartola en colchonetas hinchables y con copas de cocktail en sus manos, periodistas de tendencias, famosetes y otros vips. "¿Te apetece un baño? No es agua, es sangre que sale por aquel chorro", me dice la RR.PP. (y veo una gran licuadora en la que unos soldados en bañata lanzan bakalas muertos). "Me apetece mucho, pero no tengo bañador y estoy buscando a mi señora", contesto. Ella se ríe: "Bueno, pues tírate desnudo. Tu señora está allí, mira" (sigo su dedo y veo a Nono flotando en top-less mientras bebe una copa de mar rojo). Salto al desde un trampolín de madera vieja que hay entre las alambradas y, al sumergirme en el agua, me despierto. Aunque llevo meses "limpio", me pica la nariz y moqueo como si, realmente, me hubiera metido una montaña de coca.
Para convertir el discotequín en discotecón, pinche usted la foto.
Esta tarde, cuando volvía en bus desde la playa de Santa Comba (Covas, Ferrol), tuve el privilegio de escuchar a una niña de 7 añitos, llamada Alba, contándole un fantástico sueño a su madre y a sus hermanos. El viaje onírico, de gran riqueza psicodélica, podría haber sido imaginado por el McCartney de Lucy in the sky with diamonds, o la Santonja de Caramelo de limón, si no fuera por su final caníbal, más propio de una fantasía de Wilde, Swift o Harris. Pero vayamos ya con el sueño de Albita. Buen provecho, niños…
"En el sueño había una bañera muuuy grande y dentro estaba un barco y había muchas olas. Dentro del barco estaba papá. Entonces empezaba a llover gelatina roja sobre el mar de la bañera y, al final, todo el mar se convertía en gelatina de postre. Por eso, papá y el barco se quedaban atrapados dentro de la gelatina. Y al final apareció un gigante con una cuchara también gigante y se empezó a comer toda la gelatina. Y, como papá y el barco estaban ahí y no se podían mover, también se los comió a ellos masticándolos como si fueran trocitos de frutas. Y luego ya no sé qué más pasó porque me desperté".
Pincha la gelatina para verla más grande.