PACHÁ POLVORANCA
"Cuando un desconocido entra en una sala de fiestas, uno de quienes lo observan nota que es un diabético, el otro, que es un hombre de buen gusto, y un tercero, que es un estafador. Cabe presumir que las personas que han hecho tales observaciones han sido, respectivamente, un médico, un dandi y un policía".
Ernst Jünger.
Tras ver "Los liantes" de Mariano Ozores, me duermo y tengo un lío de sueño-río, en el que asisto, acompañado por Nonito, a la fiesta de inauguración de un nuevo Pachá, que en teoría se encuentra por la calle de Claudio Coello, pero en la práctica está en un enclave parecido a Costa Polvoranca, la infernal zona de marcha de Alcorcón. Entramos y vemos que es un gigantesco discotecón, más parecido en la forma (que no en el fondo) a Kapital que al Pachá de Tribunal. Eso sí, la party está llena de pijos, modelnos y famosos. Tras atravesar tres barras oxidadas y cinco pistas de baile llenas de barro caliente y burbujeante como lava volcánica, caminando lentamente por unas estancias marcadas por luces estroboscópicas y grandes éxitos de ayer y hoy remezclados con salsa house -que no rosa- llegamos a una especie de fantasmal anfiteatro negro en el que hay una multitud sentada, mayormente parejas mazando y grupitos de veinteañeros de cháchara retomanto fuerzas antes de regresar a la pista. Al pie de ese anfiteatro, nos encontramos con un foco de agradables jovencitos pijos, que están con sus novias y trapicheos varios. Sus zapatos castellanos están relucientes, a pesar del barro orgánico, babeante, que inunda las pistas de baile. Empiezo a hablar con uno de los chicos y, como nos caemos bien, me dice que tiene una coca buenísima y que me invita a una loncha. Yo llevo algo de perico en el bolsillo, pero acepto porque estoy seguro de que la suya será mejor que la mía. El "alonsótegui" (así le llaman en Euskalheria a cierto tipo de pijos de corte clásico -Lacoste, Polo, náuticos, a veces gomina- en un cariñoso homenaje a Alonso Aznar, hijo del ex-presidente del PP) el "alonsótegui", decía, me dice que es peligroso el trapicheo con coca en una disco tan llena de cámaras y polis de paisano, así que lanza a medio metro de sus pies un sobre blanco, como los de las facturas del banco. "Ahí dentro está la farla", dice, "píllala". Camino hacia el sobre, pero voy pisando huevos y un viejo pellejo se me adelanta: agarra el sobre y exclama: "¡aaaargh, qué puto asco, un sobre del Banco Bilbao Vizcaya-Argentaria!" y le escupe encima un lapo verde y viscoso como el suelo de las pistas. Yo, asqueado con el esputo del anciano, le digo al "alonsótegui" y a Nono que "me voy al baño a limpiar el sobre de la saliva del viejo y a meterme la loncha, que falta me hace: me encuentro muy fatigado". Lentamente, porque me pesa el cuerpo como un traje de buzo, atravieso las pistas llenas de una lava roja que ya me llega por las pantorrillas; me desvío por laberínticos pasillos negros, escenarios de tamaños hiperbólicos, zonas vips heladas llenas de nieve y escarcha y famosos con los rostros ocultos por máscaras dieciochescas. Por fin, llego a una zona de servicios y le pregunto a una señorita puta dónde está el baño de la coca. Ella me señala una puerta y, cuando estoy a punto de entrar, aparece el director de una publicación de tendencias, que me empieza a hablar de lo mal que se escriben las páginas de moda de su revista. Me conduce a un cuartito lleno de escobas, fregonas y otros útiles de limpieza y me dice "¿ves?, aquí han escrito "pantalones" a secas, en lugar de "pantalones de piel de sanguijuela" ¿No es penoso?" Yo, con cierta desgana, le contesto: "Sí, intolerable. Por cierto, ¿quieres una línea?" Él contesta que no debería, porque al día siguiente tiene que corregir unos exámenes por la mañana temprano, pero me acompaña hasta el Váter de la Coca. Allí vemos, saliendo de otro retrete, a una estilista de "Vogue" y el director dice: "rápido, metámonos en ese baño, que no quiero que esa estilistilla que se acaba de empolvar sus macilentas narices me vea aquí en el Baño de la Coca". Así que entramos en un retrete de madera vieja, pero no conseguimos cerrar bien, porque hay dos puertas: una para cubrir el cuerpo y otra para tapar la cara. La de la cara, que está llena de teléfonos con frases obscenas, no quiere cerrarse. Al final, lo conseguimos. Miro la puerta y leo "653456789567. Ordeño pollas y bebo leche". Y pienso: "Bah, vaya morro, si esto es un plagio de Panero". Saco el sobre bancario y, tras limpiar la flema seca del viejo verde, nos metemos cuatro buenas puntas de coca "á mariñeira" (o sea, depositando el polvillo en el huequecito que se forma al hacer puño en el nacimiento del pulgar y esnifando de ahí directamente con los agujeros de la nariz). El efecto del oro blanco es instantáneo y nos pone (demasiado) locuaces y espabilados. Salimos del váter de la coca y nos separamos: él se va a buscar a unos amigos y yo a Nono, que lleva media eternidad esperándome.

Así que, con la falsa y todopoderosa energía de la coca, intento desandar el camino andado. Otra señorita puta, vestida como una "estarlette" de los setenta, pero con la cara ajada de la María Martín de Bilbao (Bigas Luna, 1978), me señala una puerta que pone EXIT en letras de neón rojo y me dice: "tras esa puerta hay un atajo que te llevará antes a la casilla de salida". Así que cruzo esa puerta y me encuentro en la calle, donde hay centenares de adolescentes bakalas sentados bordeando el edificio del discotecón. Estamos en la calle y es de noche, pero algún altavoz gigante e invisible a mis ojos escupe una remezcla makinera del tema "Good love" del diminuto Prince (que salía en "Bright lights, big city", mi película favorita de otro pequeño gran hombre: Michael J. Fox). Bajo entre la horda de bakalas por un suelo de descampao-cantera: cada uno de mis pasos provoca una gigantesca nube de polvo que se come a varias decenas de bakalas. Al fin, tras bordear todo el edificio, llego a la única puerta: ¡la de la entrada, en la que hay una cola kilométrica! "¡Maldita señorita puta!", pienso. Me meto otro tiro "á mariñeira", para aclarar la mente en este momento crítico, y busco una manera de saltarme la cola. Así, encuentro un resquicio para volver a colarme en el club: pasando por entre las inmensas letras de neón que forman frases como "PROHIBIDO HABLAR DEL 11-M" , "TODO EL MUNDO A BAILAR" O "DI SÍ A LAS DROGAS". Sigo andando, ya dentro de la discoteca, y me encuentro a una de las relaciones públicas de la fiesta, que me saluda efusivamente. Veo que está mojada, salada y en bikini, como si acabara de salir del mar. Me explica: "es que estoy en la playa de la discoteca. ¿No la has visto?" Y me señala una preciosa cala incrustada en el suelo de la sala, rodeada por muros y alambradas y militares en bañador con metralletas. La arena es fina, blanquísima y en el agua roja flotan, tumbados a la bartola en colchonetas hinchables y con copas de cocktail en sus manos, periodistas de tendencias, famosetes y otros vips. "¿Te apetece un baño? No es agua, es sangre que sale por aquel chorro", me dice la RR.PP. (y veo una gran licuadora en la que unos soldados en bañata lanzan bakalas muertos). "Me apetece mucho, pero no tengo bañador y estoy buscando a mi señora", contesto. Ella se ríe: "Bueno, pues tírate desnudo. Tu señora está allí, mira" (sigo su dedo y veo a Nono flotando en top-less mientras bebe una copa de mar rojo). Salto al desde un trampolín de madera vieja que hay entre las alambradas y, al sumergirme en el agua, me despierto. Aunque llevo meses "limpio", me pica la nariz y moqueo como si, realmente, me hubiera metido una montaña de coca.
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