VISITA AL CEMENTERIO

August 15, 2006

Inauguro nueva categoría dildodrómica, titulada "Tiempo de Vigilia" y dedicada a ciertas experiencias vividas a plena luz del día, con los ojos abiertos, pero que, de alguna manera, forman parte del universo onírico. Aunque no sea uno de los santos de mi devocionario, ya lo dijo Borges:

"…la vigilia es otro sueño que sueña no soñar…"

                                               ****************

Esta tarde me acerqué, en compañía de mi madre y la madre de mi madre, al cementerio de Ferrol, para visitar a algunos muertos. De entrada, me llamó poderosamente la atención, a las puertas del camposanto, la presencia de varias decenas de gitanos. Dentro pude comprobar que habían ido a llenar (con insólita alegría) de flores los señoriales mausoleos donde descansan sus muertos y no pude más que admirar el gran respeto que esta raza muestra por sus antepasados: algunas de las tumbas tenían incluso estatuas en mármol de los finados.

Mi madre: "Los gitanos viven en chabolas y luego mira que mausoleos se construyen".

Yo: "No en vano van a pasar mucho más tiempo en el otro mundo que en este".

Tras visitar a mis muertos, me entretuve paseando por los verdes céspedes, entre tumbas de cruces y filas de nichos. Ahora, no acudían a mi cabeza oraciones, sino frases de Jünger, cuyo cuarto tomo de diarios ("Pasados los setenta I") ando leyendo estos días:

"Junto a los muertos nos sentimos especialmente en paz, especialmente cobijados".

"Me vino a la mente la extensa red de experiencia que se hunde con la muerte: todos esos hechos, datos, encuentros, lo aprendido, lo visto, las conversaciones, las lecturas, los paisajes geográficos e históricos, las modas con sus insensateces, las acciones buenas y las malas, los matices, cuyo colorido palidece ya en vida. Todas esas cosas tienen que irse al fondo; los nudos y mallas de la red desaparecen en las olas. Pero queda libre aquello que, a menudo sin sospecharlo, capturamos con esa red. Donde la ola adquiere conocimiento de sí misma es en el mar".

"Ante los muertos el pensamiento se detiene como ante un abismo infranqueable. Ese abismo sólo puede cerrarse cuando nosotros mismos pasamos al otro lado".

"En el ser humano se cumple una y otra vez el mysterium de la muerte; el niño muere en el adolescente, el adolescente, en el hombre maduro, el hombre maduro, en el anciano. También es necesario, desde luego, resucitar una y otra vez. Y también eso debería ser concebido sólo como una preparación".

¿dónde está michael?

También recordé unas palabras de W.S. Burroughs, otro de mis all time favorites, cuyo alucinante western surreal "El lugar de los caminos muertos" me leí hace poco:

"Considera la muerte como un peligroso viaje en el que todos los errores del pasado irán en tu contra… Es preciso lograr una posición física y psíquica de pasividad en alerta y de atención concentrada. Los recelos, los temores, la autoafirmación, o rígidas ideas del bien y el mal… resultan fatales. Tu muerte es un organismo que tú mismo creas. Si lo temes o te doblegas ante él, el organismo se convierte en tu dueño".

Por supuesto, también tuve pensamientos para los pasajes más fúnebres de Azcona y para las películas de zombies, un vicio que comparto con mi mentor espiritual Rafa C. El día de los muertos, 28 días después, Amanecer de los muertos, La noche de los muertos vivientes… Curiosamente, el padre del subgénero zombie, George A. Romero, aunque neoyorquino de nacimiento, tiene raíces ferrolanas y es pariente lejano de un buen amigo de la adolescencia, el ilustrador Mario Feal. En las películas de Romero siempre ha latido el pulso de la lucha de clases, la crítica al sistema económico y político (sobre todo en "Zombi", con ese centro comercial acosado por hambrientos muertos vivientes). Pero a Rafa y a mi nos interesa más el elemento puramente estético y metafísico de esos filmes: las calles desiertas de Londres (en "28 días después"), las preciosas tumbas removiéndose, la resurrección de la carne (y su podredumbre, frente a la pureza del espíritu) y mil cosas más que no se pueden describir con palabras, sólo degustar con retinas.

en pijama por Londres

En un extremo, los muertos grises, silenciosos, mediocres como vivos alienados de Les revenants (La resurrección de los muertos): ellos debieron salir de cementerios modernos, escapando de esos nichos tan tristes como bloques de viviendas forjados en hormigón. De la urba a la tumba. En el otro extremo, los muertos "muy vivos", bailongos, azules y estrambóticos del inmortal "Thriller", videoclip de Michael Jackson que transcurría en un cementerio poco serio, sí, pero muy bonito: sus tumbas se alzaban sobre la tierra como sobrios y solemnes monumentos post mortem (aunque, en el fondo, de cartón piedra). ¿Acaso "enterrar" no es un derivado de "tierra"? ¿Entonces a que viene eso de enclaustrar a los muertos en nichos de cemento como los que sufrieron en vida? ¿Problemas de espacio o miedo a una resurrección en masa? En cualquier caso, si ellos deciden volver, no creo que un poco de cemento armado los detenga…

michael asustando abuelas

Las reflexiones mortuorioas más profundas, por supuesto, son intranscriptibles: pertenecen al reino del espíritu y ahí se quedarán. Pero aún hubo tres cosas más que me sorprendieron durante el paseo final, ya hacia la salida del camposanto: 1) la impagable paz, el silencio zen que invadía el lugar se veía aderezado a veces con el delicioso sonido de las fuentes de piedra. En estos lugares, reinos de la tierra y los cielos, es esencial la presencia de agua. 2) Entre los nichos "compartidos", no destacaron a mis ojos los familiares, ni siquiera la gran cruz bajo la que se encontraban enterrados, juntos y revueltos, soldados ferrolanos (de ambos bandos) caídos en la Guerra Civil, sino un nicho en el que descansaban los ocho tripulantes de un barco mercante. Morir en acción, entre las olas, se me antoja, como mínimo, bastante más apetecible que hacerlo en la aséptica habitación de un hospital.

3) En una pequeña capilla, ya muy cerca de la salida, se alzaba, bien a la vista del paseante, una gran inscripción con unos versos de la poetisa gallega Rosalia de Castro, fieles espejos de la resignación y el fatalismo galaicos:

"Del polvo y fango nacidos,

polvo y fango nos tornamos.

¿Por qué, pues, tanto luchamos

si hemos de caer vencidos?".

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