CAÍDOS DEL SUELO

August 22, 2006

"Chillad, plantas silvestres; llora, viento del norte. Las flores del infierno florecen en la penumbra. Contemplan la ilusión de un mañana que no llega jamás".

Kazuo Koike. 

 

Descubro la forma de ver "Into the dirt", el filme perdido de Dennis Hopper que sólo existe en mis sueños. Es una película sobre una familia que vive en un poblado de chabolas galaicoamericanas y la única copia la posee el protagonista, que recuerda al Michael Rooker de "Henry, retrato de un asesino". Para acceder a la zona de chabolas donde vive el tipo, Nono y yo tenemos que descender a un inferno de silveiras (o sea, zarzamoras), desperdicios, restos humanos e inmundicias variadas: allí sobreviven los seres terminales que salen en la penícula. Es de noche y estamos ya en el patio de la chabola del personaje principal, lleno de restos de coches quemados, tablas carcomidas y enmohecidas por la humedad, vainas oxidadas, papel higiénico usado hace meses, toxos mustios y agujereados por la lluvia ácida, esqueletos de lagartijas y, sobre todo, silveiras estériles (que hace siglos que no paren ni una mora) y cadáveres de trastos antediluvianos (como cartuchos de ocho pistas, yogurteras, vespinos con pedales, comediscos….). Allí, el protagonista, previo pago en pesetas yanquis, nos deja una cinta de vídeo Betamax (único sistema en el que, según la leyenda, llegó a editarse "Into the dirt") y nosotros la introducimos en un viejo reproductor Beta, que empieza a vomitar las imágenes en una mugrienta y amarillenta pantalla de Grundig Super Color de los 80. El filme me fascina, incluso más que "The last movie", "The hot spot", "Out of the blue" o "Easy rider": sus planos, experimentales y underground pero con genuino, casi tradicional, sabor "made in USA", están envueltos en una atmósfera sublime aderezada con folk-rock de alto voltaje emocional ejecutado por intérpretes que desconozco. El conjunto ofrece una apasionante y altamente estética visión de los parajes ferrolanos/americanos más hermosos y desolados de la edad posindustrial. Me encanta, pero el problema es que no podemos verla del tirón: a veces el vídeo falla y la polvorienta pantalla escupe rayas e interferencias multicolores. Luego están los domingueros, que pasan entre nosotros en atronadoras manadas, para dirigirse a una playa artificial que se encuentra justo al otro lado de la colina chabolera. No sé porqué, pero sé que la playa es peligrosa y tiene una arena falsa llena de conchas sintéticas y agujas hipodérmicas que se te clavan en los pies como escorpiones de plástico, haciéndote adicto al arenal. Las avalanchas de domingueros continúan, nos pasan por encima y terminan por arrastrarnos, a Nono y a mí, al borde de un precipicio: mirando hacia abajo vemos un vertedero de basura orgánica. Por suerte, la avalancha pasa y, antes de caer, Nono y yo conseguimos volver al patio de la chabola del protagonista. Retomamos el visionado de la penícula, que ahroa se ve mejor yva a más: parece acercarse a su clímax, pero la cinta patina, se para con un chasquido y, al continuar, aparecen otras imágenes en la pantalla del Grundig Super Color: se trata de un mediocre filme de Clint Eastwood que tampoco existe en la realidad, pero que ya he visto: Clint hace de juez progre. Me enfado e intento arreglar sacar la cinta, que no quiere salir, y luego golpeo la tele, pero nada; así que me quejo al protagonista, pero él dice que no sabe qué hacer y tiene que llamar a un técnico, que llega "ipso facto" en una destartalada furgoneta desconchada y renqueante. El "chapuzas" lleva un mono de trabajo, barba de tres días y una colilla de puro en la boca: es otro rudo arquetipo de "white trash" galaico-americana, y dice que la reparación será larga y penosa, porque "el vídeo Beta está muy oxidado y la cinta es vieja y suelta mucha mierda sobre el tosco cabezal". Así que, para amenizar la larga reparación, el "chapuzas" pone una cinta de música que hay en el suelo en un viejo radiocassette que hay junto a la tele, entre latas de cervezas usadas y un balón a medio desinflar. Le da a play y suena, ralentizado y distorsionado por la mierda del radiocassette, un grupo indie gabacho, cuyas horrísonas melodías invaden el patio del chatarrero (sí, ahora mismo, no sé por qué, pero sé que el protagonista es chatarrero). El reparador dice: "¿pero qué mondrigonada de música es esta?". Y yo: "no sé, creo que es la cinta era de mi hermana". Sin embargo, la dejamos sonar, preparándonos para pasar la noche contemplando cómo el "chapuzas" intenta en vano reparar el viejo vídeo Beta a ritmo de chirriantes soniquetes francófonos. Mientras tanto, de las silveiras brotan moras azules a gran velocidad y un poco a saltos, como si hubieran sido grabadas con una vieja cámara de súper 8

ve y prende la tele...

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