Me sucedió a mí. Estuve a punto de ahogarme en la playa de Doniños (Ferrol). No, no se trata de un sueño, ni siquiera de una pesadilla. Fue algo real como la vida y estuvo a punto de costarme la muerte. Sólo las estrellas de mar lo saben. Y las cyanobacterias. Léanlo a continuación, en el segundo capítulo de la categoría "Tiempo de vigilia", una saga de metafísica pop que también funciona como adictiva dosis de pornografía emocional. ¡Pasen y lean, queridos trócolos!
1) Despídete del mar.
"La marea parecía decir: "¡hijo mío, ven!".
Kazuo Koike.
Ocurrió durante mi último viaje a Ferrol. Como siempre suelo hacer, antes de regresar al secarral madrileño, me fui a despedir del mar de mi inconsciente: quería darme un baño para poner la guinda a una vacaciones perfectas. ¿Quién me iba a decir que esa romántica despedida se convertiría en una batalla a muerte por mi existencia física? El caso es que hacía un día soleado y maravilloso y, como solía decir un amigo de mi abuelo sevillano "no ze movía una paja" (con perdón). Así que me acerqué a la playa más cercana a Ferrol, que se llama Doniños. Se trata de un arenal que suele estar lleno de surfers y niñas monas (que no solas, o también); yo prefiero playas más extremas, porque me gusta nadar por el lado salvaje, pero esta me valía para salir del paso: esa misma noche cogería el tren y saldría pitando… Pero, al llegar, mi gozo cayó en un pozo y sus tripas hicieron "¡guac!": había bandera roja y estaba prohibido bañarse en toda la playa. Por eso, tras degustar unas sardinas asadas y dar un paseo por los acantilados, busqué un recoveco en el que poder chapotear sin que los socorristas me vieran y me sacaran del agua con cajas destempladas. Así, bajé a una pequeña cala casi intransitable: en lugar de arena, cantos rodados y botellas de plástico descoloridas por el salitre y el sol; en lugar de mar, rocas a remojo. Por si fuera poco, el hedor del desagüe que procedía de un chiringuito cercano, hubiera avinagrado mi inmersión. Tras trastear un poco por ese pozo de pedruscos pestilentes, volví al arenal. Sobre la caseta de salvamento, todavía ondeaba una bandeja más roja que Sedna; por megafonía, siempre la misma canción: "Les recordamos que está terminantemente prohibido bañarse en todo el arenal". Los socorristas apatrullaban la orilla del mar, sacando del agua a todo aquel que se acercaba a las olas. Sólo unos seres humanos estaban autorizados a meter sus cuerpos en las aguas: los todopoderosos surfers (que, en Galicia, son conocidos despectivamente como surfeiros) que tienen siempre carta blanca, sea cual sea el estado del mar: al fin y al cabo ellos han salvado la vida de más de un socorrista y dominan las olas mejor que muchos delfines. Así que decidí ir a bañarme al medio de la playa: lo bastante lejos como para que los vigilantes del playufo no me otearan y los surfeiros no me golpearan el cogote con sus tablas. Al fin y al cabo, aunque en tiempos practiqué windsurf, a mí siempre me ha gustado tener un trato directo con el mar, de tú a tú, sin barquitos ni tabletas, sin trampas ni cartones, carne y agua, como un pez; los únicos surfeiros que me caen bien son Estela Plateada (el surfista marveliano que sólo navega por el cielo) y Brian Wilson (que, aunque compusiera tantas odas a la vida de tabla y playa, odiaba el mar y el surfismo: en realidad, siempre fue un navegante del espacio interior con una singular debilidad por las piscinas vacías y la arena sintética). A mí me gustan los Beach Boys y también la mar salada y salvaje, sumergirme en las olas y bregar con ellas, cuerpo a cuerpo, es para mí una forma más de alcanzar unos instantes de felicidad. Mucha gente me dice que es peligroso. Y yo siempre contesto que si un día Neptuno decide engullirme para siempre… que me quiten lo nadao.

(Surfeiro en la cresta de una ola de Doniños, Ferrol).
2) El golpe de la ola.
"Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas, ni se convertirían en espíritu, si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda". Friedrich Hölderlin.
Así que allí estaba yo, en un punto semidesierto de la playa, sólo transitado por cuatro paseantes malcontados: era viernes y aún no había domingueros. Poco a poco, me fuí metiendo en el agua fría. Las olas congeladas mojaban mis pantorrillas y yo no sentía las piernas. Máis adentro (que diría Torbe parafraseando a Ramón Sampedro) las olas ya me lamían los testículos, que de su habitual forma redondeada y caliente empezaban a mutar en cubitos de hielo que flotaban bajo la increíble polla menguante. Días después, lo recuerdo como si fuera hoy: pincho una ola tirándome de cabeza sobre ella. Buceo. Vuelvo a salir del agua y me pongo de pie. Ahora el agua me cubre hasta un poco más arriba del ombligo. Las olas golpean mi pecho y noto las corrientes yendo y viniendo entre mis piernas. Soy feliz y susurro una canción de Chinarro ("…un envase de cartón, las almejas a mis pies y, en las redes, las hamacas, queda a cuadros un bañista…"). Viene otra ola y también la pincho. Y buceo. Y vuelvo a la superficie. Y nado. Y, cuando me quiero dar cuenta, ya estoy fuera de calo y la playa está terroríficamente lejos. Mi baño se acaba de convertir en la antítesis de "Entresemana": no soy una niña bien donostiarra chapoteando un viernes en La Concha, soy un pajero ferrolano que se va a ahogar en Doniños (playa que, dicho sea de paso, fue bautizada cuando "dos-niños" se ahogaron en ella; ahora esto me suena a ironía barata). Nado pero nada: la corriente no me deja avanzar y cada ola intenta engullirme, pasando sobre mi cabeza y tirando de mí hacia el fondo con corrientes espirales. Sigo nadando; sólo retrocedo. Con la siguiente ola trago el equivalente a un vaso de cubata lleno de agua del mar. Angustia. Nado a tope, ya con desesperación, negándome a terminar de creer que mi destino sea morir aquí y ahora. Con un pie, consigo rozar la arena, pero la siguiente ola me vuelve a llevar fuera de calo. Otra ola. Me voy al fondo. Trago más agua. Empiezo a pensar que, sí, es mi destino morir aquí y ahora. Toda mi vida NO pasa rápidamente ante mis ojos. Sólo recuerdo otro día, hace 15 años, que me ocurrió algo parecido en otra playa (El Vilar, también en Ferrol) y el verano pasado, que casi estiro la pata de una infección de garganta. Pero esta vez parece que va en serio. Y no tengo derecho a quejarme ni a angustiarme: son gajes del oficio, cosas que pasan cuando uno decide pasar de banderas y desafiar a un Neptuno que hoy se ha levantado con el pie izquierdo. Sí, el viejo Dios de los Mares quiere que mi cadáver hinchado sea comida para sus peces. Es ley de vida y pienso en "Open water" (ojo: un link en cada palabra) aquella pinícula sobre una pareja que se queda tirada en el mar y acaba ahogándose, devorada por todo tipo de monstruos marinos. Es ley de muerte y pienso en todos los peces que me he comido yo a lo largo de mi corta existencia. ¿Corta? Vas a morir a la edad de Cristo. Mi cerebro piensa todo esto a velocidades de vértigo, aceptando poco a poco el inevitable final, pero mis brazos no le acompañan y nadan con simpar violencia. Contracorriente. Gracias a Dios, en estos casos mi cuerpo desobedece a la mente, no escucha el canto de las sirenas y se limita a nadar. Sólo queda en él instinto de supervivencia, una fuerza implacable que me obliga a nadar porque me va la vida en ello. Trago más agua y a mi cerebro le falta oxígeno pero sigo nadando y soy como el perrito de plástico rojo que tenía de pequeño: giraba sus patitas hacia atrás y, gracias a la acción de una goma, éstas aleteaban de tal forma que, al meterlo en el agua, nadaba a toda velocidad (hoy hay gitanos que venden pecesplástico parecidos). Yo igual. Nado muy por encima de mis posibilidades… hasta que pongo un pie en la arena. ¡Hago pie! ¿Lo he logrado? No sé: ahora me da un calambre. ¡Argh! Pero… No hay dolor. No hay frío. La situación se me antoja irreal, mas esto no es sueño. Por eso mi cuerpo sigue nadando, nadando y nadando. En una pesadilla ya me habría despertado hace tiempo. Aquí podría dormir para siempre flotando. Al fin, en pleno día consigo ganar mi pulso con la muerte, hija de la noche y hermana del sueño. ¿Pero qué estoy diciendo? La falta de oxígeno en mis neuronas me hace pensar tonterías. Si estoy vivo, es porque los dioses, por H o por B, han decidido prorrogar mi estancia en este purgatorio, prolongar mi cautiverio en la cárcel del cuerpo. Y otra vez será…
Cuando, tambaleante, voy saliendo del agua, un socorrista me pregunta si quiero ayuda. Le digo que a buenas horas, mangasverdes (o chaleco naranja). No tengo muchos, pero me he salvado por los pelos. "Claro, es que te has ido lejos y creí que estabas a tu bola. No te metas más de la rodilla". ¿Lo decía en serio o el tipo sabía que me estaba ahogando y sólo esperaba a ver qué pasaba? ¿Era un castigo por irme de su zona de vigilancia? Son cosas que no sabré nunca. Ni falta que me hace…
Vagabundeo por la playa, tosiendo por el agua tragada y cojeando por los gemelos tironeados: "Cof, cof, hijalagranputa, has estado a punto", mascullo golpeando la orilla del mar. Casi diría que "he vuelto a nacer", si no fuera porque el mar, como una madre cruel y posesiva, no empujaba para que saliera al mundo, sino que me chupaba hacia su inmenso útero. Y, sin embargo, muy a su pesar, mi renacimiento contra natura se produjo. Como un zombi tuberculoso, sigo arrastrándome por la playa, buscando mi toalla mientras rumio pensamientos negros como el chapapote. A lo lejos, la bandera roja-sangre se ríe de mí, ondeando sobre un cielo sin nubes. Yo renqueo y escupo algas saladas, fingiendo que no la veo… Pero el rumor del oleaje le da la razón.
("Mientras tanto…". Polaroid de Iván Zulueta).
3) En las barbas de Poseidón.
"Todo resulta ridículo cuando se piensa en la muerte".
Thomas Bernhard.
¿Por qué Poseidón habrá querido llevarme con él al fondo de los mares? Es la pregunta que me hago ahora una y otra y otra vez, cuando ya me encuentro lejos de los océanos galaicos, sentado en mi cómodo butacón de reflexiones con vistas a la Dimensión Desconocida. No sé… Tal vez ese viejo barbas se quedó prendado de mí (como dicen en los cuentos), porque no hay que olvidar que el tipo era medio mondrigas… Y todo un pichabrava, sí señor. A ver, repasemos su trayectoria: primero, nace de Rea y su padre (mi admirado y odiado Cronos) se lo come. Zeus obligó a su papá a vomitarlo. Cuando estaba allí, recién potado… ¿quién le iba a decir al pobre Poseidón que llegaría a convertirse en dios de los siete mares? Lo malo es que, al reinar en los océanos, a Poseidón se le subió el poder a la cabeza ("dale un carguito y verás quién es fulanito", decía Galactus). Y empezó a follar como un jabato. La ninfa Anfítrite, que fue su esposa, le sabía a poco, así que se pasó por la piedra todo lo que se le puso a tiro: desde alevines de su mismo sexo (como el hermoso Pélope) hasta familiares (su nieta Alope), o la mortal Tiro o Medusa (la infeliz que dió con sus huesos en Los Cuatro Fantásticos)… ah, también violó a Cenis, que luego le pidió el deseo de convertirse en hombre, transformándose así en el primer transexual del Olimpo. Entonces, si le va todo, si le da igual 8 que 80… ¿por qué no iba Poseidón a encapricharse conmigo? Por suerte, yo fui más constante que Deméter al rechazar sus avances y, al final, pude quitármelo de encima. Si no, hoy aún descansaría bajo las aguas, sodomizado por Poseidón y felado por Janas. Qué papeleta…
Como muerte, preferiría morir ahogado que languidecer en una aséptica habitación de hospital, si bien tengo claro que, salvo que decida suicidarme, mi opinión cuenta poco en este aspecto. Sólo puedo decir que, de momento, se me ha concedido una prórroga: he vivido para contarlo (nunca mejor dicho). Ya en Madrid, lejos del tridente de Neptuno, hurgo en mi zulo-biblioteca y releo en el diccionario de símbolos de Cirlot el (inmutable, ambiguo) sentido del Mar:
"Agente transitivo y mediador entre lo no formal (aire, gases) y lo formal (tierra, sólido) y, análogamente, entre la vida y la muerte. El mar, los océanos, se consideran así como la fuente de la vida y el final de la misma. "Volver al mar" es como "retornar a la madre", morir."
Hablando un poco de todo: ¿habría sido, esta, una muerte perfecta, digna de aparecer en un top 10 necrófilo? No, padre. Para nada. Tal vez el año pasado. Esta temporada, amo la vida y amo el amor. Como Julio. Además, aún no he terminado de leer "El lobo solitario y su cachorro". Voy por el tomo 14…

(Poseidón. Estatua de bronce. Museo Arqueológico Nacional, Atenas).