"Suicidarse es subirse en marcha a un coche fúnebre".
Jardiel Poncela.
Gracias a una reedición tardía pescada al vuelo, he podido degustar la
"Antología de poetas suicidas" de
José Luis Gallero, publicada por la editorial
Ardora. Su lectura me ha fascinado incluso más que otros
cult books de este autor (
"Sólo se vive una vez", sin duda el mejor volumen jamás impreso sobre la dichosa Movida madrileña, o el interesante poemario
"88 fragmentos"). Al llegar a la última página, saqué una pequeña conclusión: (casi) todo aquel poeta que no acabe suicidándose es un mondrigas y un impostor. Además, elaboré un
top 13 (13 entre 63) con los rimadores que, por H o por B, mejor me habían caído a lo largo de la lectura del libro. Una opinión subjetivísima, dado que a mí, personalmente, la poesía
psé: conozco 4 cosas y me gustan 2 (en su inmensa mayoría místicas). Pero, eso sí, suicidios me gustan todos, aunque algunos más que otros. He aquí un puñado de ellos que no están nada mal.
"Cada muerte renueva el misterio de estar vivo", dice Gallero en sus
"Prédicas". Sí, señor. Y cada suicidio le quita al mundo un gran peso de encima. Feliz día de Todos los Santos, queridos espantos.
1) JON MIRANDE (París, 1925 - 1972). El primer (y sospecho que último) poeta pedoabertnazi. Definido por
Xabier Lete como "una de las personalidades más singulares de la literatura euskérica", Mirande escribió versos simbolistas de una incorrección política extrema y, a veces, hasta impublicable, siendo marginal incluso en los círculos
abertzales: despreciaba el pacifismo, el cristianismo y la democracia y simpatizaba con algunas ideas nazis, aunque siempre manteniéndose fiel a la causa de liberación de
Euskal Herria. Maldito entre malditos, no sólo escribió en bretón y en vasco, sino que jamás se cortó ni medio pelo a la hora de elegir la temática de sus obras: prostitución, onanismo, muerte heróica… Su ideal era el paganismo precristiano de los celtas, la
"raza superior". Su
nabokoviana novela
"La ahijada" describe el romance entre una niña de 11 años y un hombre de 30 que, al final, se suicidan. Como también se suicidó Mirande, claro, en la nochebuena de 1965, con una SOBREDOSIS DE BARBITÚRICOS.
"Si hoy de nuevo volvieras a nosotros,
vástago de judíos, te aseguro
¡que con mis propias manos te crucificaría!"
2) CESARE PAVESE (Santo Stefano, 1908-Turín, 1950). Un auténtico don pésimo, que se autodefinió "maestro en el arte de no gozar". El éxito material no consiguió sacarlo de su eterno estado de melancolía y las mujeres no hacían más que agravar sus angustias. En 1935 dio con sus huesos en la cárcel por pasar correspondencia a su gran amor, la militante comunista Tina. Al salir de la cárcel, descubre que ella se ha casado y cae en una depresión. En 1946, su triunfo profesional coincide con otro descalabro sentimental. Y luego otros dos. En 1950, a los 42 años, escribe en su diario: "Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más". Reserva una habitación en un hotel junto a la estación de Turín y SE TOMA 16 ENVASES DE SOMNÍFEROS que le paran en seco el corazón.
"Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada".
3) JOSÉ ASUNCIÓN SILVA (Bogotá, 1865-1896). Poeta sin pretensiones, precursor del modernismo, amigo de Wilde y Mallarmé, Silva fue un gentleman obsesionado por el lujo: amaba las joyas, los buenos trajes, el arte, el té chino, los libros caros y los cigarrillos turcos. Para él, esas cosas importaban más que cualquier ser vivo y, por ello, no se le conocen romances. Su suicidio es sencillamente impecable: a los 30 años, tras escribir la novela
"La sobremesa" (desaparecida en un naufragio), va al médico y le obliga a dibujar sobre su pecho el lugar exacto del corazón. Entonces celebra una
party por todo lo alto y, como fin de fiesta, se coloca una esponja junto al costado de su frac, para evitar que la sangre manche la pechera, y SE PEGA UN TIRO en el pecho que acaba con su vida.
"Entre las tumbas
del antiguo cementerio
Lázaro estaba, sollozando a solas
y envidiando a los muertos".
4) THOMAS LOVELL BEDDOES (Clifton, 1803-Basilea, 1849). Lo tenía todo. Era rico y elegante y triunfó como matasanos, fisiólogo y catedrático de anatomía. Pero le perdió la obsesión. Obsesión por su "Libro de chanzas de la muerte", al que dedicó 20 años pero nunca dio por concluido. Obsesión por la bebida y por los hombres (sí, era mondrigas) que le obligó a llevar una vida de nómada por toda Europa. Y obsesión por la política, que provocó que fuera vetado en todas partes. A los 46 años se tira por la ventana, con tan mala pata que sólo se rompe una pierna. Seis meses después, lo vuelve a intentar con el VENENO y le va mejor: se muere escupiendo sangre entre retortijones de barriga. Así muere un poeta que rendía desde sus versos un gótico culto a la muerte:
"Mas si curar quieres tu corazón
del amor y sus resentimientos,
entonces muere, querida, muere".
5) COSTAS CARIOTAKIS (Trípoli, 1896-Prévesa, 1928). Elogiado por Palamás y venerado (post mortem) por la bohemia ateniense, Cariotakis publicó varios libros en los que, según dicen los expertos,
"rompió con el esteticismo de su época". A los 31 años, se arroja al Mediterráneo, pero las corrientes lo devuelven a la orilla y el mar lo vomita a la tierra. Él se va a casa, descansa, desayuna como un señor, se pone su mejor traje y compra una pistola. Tras un paseito por la playa, SE DISPARA UN BALAZO bajo un eucalipto. El proyectil remató lo que la náusea y el mar empezaron.
"Si por lo menos alguno de estos
reventara de asco…
tristes, taciturnos, circunspectos,
podríamos todos reírnos en el entierro".
6) HEINRICH VON KLEIST (Francfort, 1777-Postdam, 1811). Aunque su vocación era la música, Kleist ingresa en el ejército a los 14 años por tradición familiar, pues descendía de mariscales y generales. Pero, tras perder a sus padres, deja el ejército y se matricula en la universidad, donde pierde su fe en la ciencia tras leer a Kant. Así que lo deja todo y se retira a los Alpes suizos, para dedicarse a cultivar la tierra y escribir poesía. Poco después, le entra el gusanillo bélico y vuelve a la civilización: su vida se convierte en un ir y venir entre ejércitos y ciudades, entre brotes de locura y fracasos teatrales. Malgasta una herencia en un periódico que dura dos días. Poco después, intenta convencer a su prima María que se suicide con él, pero ella se niega. Conoce a Henriette Vogel, señora del tesorero del Rey, y se hacen íntimos. Ella sí acepta la propuesta suicida. Tras un feliz paseo por el lago Wannsee, Kleist dispara a su amiga en el corazón y luego SE VUELA LA CABEZA. Unos días antes había escrito: "Mi vida, la más atrozmente llena de toda clase de tormentos que haya vivido un hombre, va a quedar compensada por la más dulce de las muertes".

7) JACQUES RIGAUT (París, 1899-1929). Si bien fue un destacado poeta dadaísta, los mayores logros de Rigaut, a mi bizarro juicio, fueron los siguientes: a) Fundar la Agencia General del Suicidio en Montparnasse, para convencer de que acabaran con su vida a los indecisos y ofrecer suicidios
"a la carta" (desde 5 hasta 500 francos). b) Conseguir la inmortalidad literaria inspirando al personaje protagonista de
"El fuego fatuo", la obra maestra de su amigo
Pierre Drieu LaRochelle. c) PEGARSE UN TIRO a los 30 años, tras una vida llena de problemas tóxicos y un extraño matrimonio con una millonaria. Él mismo nos lo advirtió en su genial poema
"Todos los espejos llevan mi nombre":
"Intenten, si pueden, detener a un hombre que viaja con su suicidio en el ojal".
8) JUSTO ALEJO (Formariz, 1936-Madrid, 1979). No fue el típico suicida avinagrado, sino un gran lector, editor, caminante, padre y hombre de sonrisa perpetua. Escribía poemas de forma compulsiva, sin pompas ni aspavientos, publicándolos en libros anónimos o firmados con seudónimos que deformaban su verdadero nombre. Un mediodía de 1979, se vistió de gala y SE TIRÓ DESDE LA CUARTA PLANTA DEL MINISTERIO DEL AIRE, donde era suboficial del departamento de psicología. Tal vez este oscuro y lapidario poema arroje algo de luz sobre su airoso final:
"Hoy
(ese día fatal negror beodo
ya TODO
para NADA)
se le ha caído para siempre el alma a los pies
el santo al suelo".
9) ATTILA JÓZSEF (Budapest, 1905-Balatonszársó, 1937). Huérfano, neurótico clínico y pobre como una rata, este poeta pasó de la efímera dolce vita que le regaló su benefactor, el barón Hatvang, a realizar los curritos más miserables. József fue, además, militante trotskista durante un lustro y un brillante jugador de ajedrez. Su vida era pura bohemia: pasaba la noche discutiendo en tertulias desquiciadas y, al volver a casa, se exprimía el alma y vomitaba poemas definidos por los que saben de estas cosas como
"a medio camino entre la vanguardia y la tradición popular". Pero lo que a nosotros nos interesa es que, un atardecer de diciembre, József SE TUMBA EN LA VÍA DEL TREN junto al lago Balatan y… el tren se detiene unos metros antes al matar a otro suicida. Años después, el poeta vuelve a intentarlo, en el mismo sitio y de la misma forma y, a la segunda va la vencida: el monstruo de hierro convierte su cuerpo en pulpa.
"¡Socorredme!
chiquillos, que cuando ella pase,
revienten vuestros ojos puros".
10) FABRICE GRAVERAUX (París, 1956-Viareggio, 1982). Poeta locuelo, visceral, que a punto estuvo de editar un libro a pachas con Joan Miró. Da igual. Nunca hubiera superado a la disparatada obra maestra de su muerte. Fabrice rompe con una amiga suya y ella se niega a devolverle unos poemas, así que él se persona una noche su el domicilio, justo cuando ella celebra una fiesta. Fabrice le pide los poemas a gritos pero ella se niega en redondo a devolvérselos. Delante de todos, Fabrice SE CORTA LAS VENAS y sale corriendo como un juramentado. Nadie lo alcanza y desaparece en las tinieblas. Al día siguiente, la policía encuentra su cadáver en una avenida de tilos, en las afueras de Viareggio. Lo mejor de todo: pocos días antes, Graveraux envió a todos sus amigos una postal donde aparecía una imagen de la avenida donde moriría desangrado. Su poesía sólo podía ser así, tan instintiva como demencial:
"INCONTINENTI agostado en traje de esfínter
cuya voltereta
gélida en el ser del pinchazo
para un oral jeroglífico del octópodo".
11) VLADIMIR MAIAKOVSKI (Bagdadi, 1893-Moscú, 1930). Escritor todoterreno, excepcional, excéntrico y, en principio, bolchevique. La mujer de su vida fue Lili, escultora y bailarina casada con un amigo suyo. Convertido en artista-insignia de la revolución, su alma rara y su culo inquieto hicieron que fuera acusado de albergar tendencias anarquistas y de hacer poemas incomprensibles para los obreros. Desilusionado con el curso de la revolución, estrenó "El baño", un mazazo a la burocracia estalinista. La crítica, la juventud y sus amigos le dieron la espalda. Verónica, la actriz de la que se había enamorado en esos tiempos, también pasó de él. Así las cosas, SE VUELA LA TAPA DE LOS SESOS una mañana de primavera, a los 37 años. Un lustro después, Stalin declaró a Maiakovski el mejor poeta de la era soviética. Sus últimos versos reflejan el quid de su postura vital (o, mejor dicho, mortal):
"En esta vida
morir no es difícil.
Mucho más difícil
es hacer la vida".
12) MARIO DE SÁ CARNEIRO (Lisboa, 1890-París, 1916). Amigo del muermo de Pessoa, intentó junto a él agitar el modernismo luso, basculando siempre entre el simbolismo y la vanguardia. Escribió toda su obra en sólo dos años: 1915 y 1916. A los 25, le envió a Pessoa un único capítulo de su novela perdida "Indicios de Ouro" (bonito y berlanguiano título). Luego se puso un smoking y SE ATIBORRÓ DE ESTRICNINA hasta reventar. A mi, personalmente, me gusta muchísimo más Carneiro que el insulso y gris Pessoa. Suyos son algunos de los mayores mazazos propinados en lengua portuguesa. Botón de muestra:
"En lugar de paje, bufón presuntuoso…
Su alma de nieve, asco de vómito…
Su ánimo cantado como indómito,
un lacayo invertido y bullicioso".
13) GABRIEL FERRATER (Reus, 1922-San Cugat, 1972). Según los expertos, este hombre es autor de los poemas de amor más desesperados y, al mismo tiempo, más divertidos de la lengua catalufa. Gil de Biedma lo calificó de "inteligentísimo" y también de
"radicalmente inepto para la vida práctica". Aún así, sobrevive Ferrater trabajando como lector, ensayista, crítico de arte, traductor y profesor-lingüista. Gabriel siempre había querido suicidarse, fijando los 50 años el límite de su vida. Y, aunque estaba felizmente casado, decidió ser fiel a su promesa y, poco antes de cumplir el medio siglo, SE TOMÓ UNA SOBERDOSIS DE BARBITÚRICOS Y SE ATÓ UNA BOLSA DE PLÁSTICO A LA CABEZA hasta estirar la pata. Su atracción por el ataud era tan morbosa como algunos de sus poemas:
"Cuando los gusanos
hagan una cena fría con mi cuerpo
encontrarán un dejo de tí".
"Let’s take a ride, and run with the dogs tonight in suburbia".
Pet Shop Boys.
Vivo en una especie de comuna ubicada en un descampao rodeado de bosques y playas. Nuestra casa está destartalada, pero es segura: tiene todas las puertas y ventanas intactas, aunque viejas y baqueteadas. Vivimos aquí desde que todo el exterior está lleno de cientos de perros guardianes. El gobierno o los terratenientes los soltaron por todas partes y resulta casi imposible andar por fuera sin que te vean. En mi comuna somos unas diez personas, pero mi novia no vive conmigo y cada vez que voy a visitarla tengo que driblar perros mil. También me cuesta salir de noche. Ayer lo hice: salí de marcha y llegué de madrugada (ya amaneciendo) así que me vi obligado a culebrear entre los perros, que ya se estaban despertando… y tenían un hambre canina. Al principio no pasó nada, aunque estaba muerto de miedo, pero luego escuché a un pastor alemán decirle a unos pitbulls: "mira, ya se os cuela otro; esto en mi zona no pasaría". Los pitbulls, picados con el pastor, salen pitando (y ladrando) a por mí y yo corro como alma que lleva el diablo y entro por los pelos en mi casa-comuna, cerrando a cal y canto ventanas y contraventanas que ya dejaban filtrar los primeros rayos de sol. Desde fuera, me llega el rumor de los ladridos perrunos. No hay electricidad, por eso hemos inventado nuevos juegos para matar el rato: pulso gitano deconstruido, ping pong con sartenes, strip trivial o escondite dorado (para "pillar" a los escondidos, hay que "brilarlos" escupiéndoles o meándoles). Pero ahora me aburro: es mediodía y todos duermen y, entonces, decido tomar prestada una cazadora de un compañero de comuna (que está meada y despistará a los perros que, además, ahora estarán sesteando) y dirigirme a una casa cercana que está llena de tebeos. Entro y veo un montón de prendas manchadas de sangre y pis: aquí también han encontrado entretenimientos alternativos. Pero no hay tebeos por ninguna parte. De pronto, un fuerte golpe en una ventana: es una chica negra, fea, sucia, con el pelo muy corto, empapada en sudor y lágrimas. La persiguen perros y ella quiere pasar. Pero su aspecto me da casi tanto miedo como los perros. Aunque a lo peor es una salvje, decido dejarla pasar, cerrando la ventana tras ella. Una vez dentro, la negra se transforma en un perro doberman que me salta al cuello. Y me despierto.
La columna vertebral de este sueño es, claro está, el miedo atávico a los perros que arrastro desde pequeñito. Novelas como
Cujo, de
Stephen King, o películas como
Perro blanco, de
Samuel Fuller, alimentaron esos terrores. Pero metamos mano al diccionario
cirlotiano para abundar en los dos grandes símbolos de esta pesadilla.
"Perro: Emblema de la fidelidad, con cuyo sentido aparece muy frecuentemente bajo los pies de las figuras de damas esculpidas en los sepulcros medievales (…). También tiene, en el simbolismo cristiano, otra atribución -derivada del servicio del perro de pastor- y es la de guardián y guía del rebaño, por lo que a veces es alegoría del sacerdote. Más profundamente, y en relación no obstante con lo anterior, como el buitre, el perro es acompañante del muerto en su "viaje nocturno por el mar", asociado a los símbolos materno y de resurrección".
"Negro: La imagen del hombre negro alude siempre a la parte inferior humana, al magma pasional. Este hecho psicológico, comprobado en su empirismo por los analistas, tiene un paralelo -u origen- en la doctrina simbólica tradicional, para lo cual las razas negras son hijas de las tinieblas, mientras que el hombre blanco es hijo del sol o de la montaña blanca polar. Naturalmente, también puede tratarse de una mujer negra, cual la que aparece en la novela galesa de Peredur (Parsifal), la que posee el mismo sentido de inferioridad que en el caso del hombre negro o del "etíope".
"No sé qué ha sido de la critica constructiva. Ahora es un palo o una ovación, y a por la siguiente".
David Lynch.
1) LA GRAN COMILONA. La semana pasada me vi inmerso en un periplo gastronómico por Barcelona que, amén de recordarme una vez más a La grande bouffe, me llevó a degustar los oníricos manjares del gran Ferrán Adriá; un señor grande en todos los sentidos: como cocinero y como barriguitas, aunque in person tiene un punto catalufo que da cierto repelús, un aire de destripador que esconde cadáveres en el sótano: su mirada es tan inquietante, enloquecida y huidiza como la de un Jordi Costa, salvando las kilométricas distancias. A pesar de todo, no hay duda de que Adriá es un mostro del bocadito, de la exquisitez y de la ocurrencia culinaria. Mi paladar pudo comprobar que no es un montaje, como Almodóvar o Antonio López: todo lo que se dice de él es cierto. ¿Mis manjares favoritos? Las escopiñas con aire de limón, el cangrejo cantonés, el risotto de pistachos tiernos y las navajas al jengibre y coco. Mmmmm. Pero creo que comí demasiado: la gula me llevó a degustar todos los platos y bebidas y, al día siguiente, los dioses me pasaron la factura correspondiente. Tras la pleamar, la bajamar. Tras el placer gustativo, la tortura estomacal. Y, así, me levanté convertido en una hélice que giraba, expulsando vómito por la boca y chorros de caca por el culo. Son gajes del oficio…
(No, no es un globo blanco de El Prisionero, sino un helado de ceps a la parrilla.
No, no es de Adriá; es de Joan Roca).
2) KARPOV, ZURDOZ, MYSTERIOV Y VIKOV. En estos tiempos de consenso, la sangre nunca llega al río. Tras cuatro días lejos de la tiranía del Mac, regreso al gallinero virtual esperando degustar la poplémica (Sic) a tres bandas entre La Mueca, Karpov y Vico y… ¿qué me encuentro? Que todos (menos el tercero) han borrado las digitales huellas de sus mazazos y sólo puedo enterarme de la película por lo que me han contado terceras personas (o el tercer hombre, sí). ¿Y qué pienso yo? (Porque, aunque parezca lo contrario, poca vela he tenido en este entierro: estaba en Barna, moviendo el bigote… y luego obrando). Pues, por un lado, me entristece que El Zurdo use mis palabras -extraídas de e-mails PRIVADOS, battentes e intransferibles- como armamento de quita y pon para sus entuertos sin consultarme antes. ¿Qué te hubiera costado, Fernando, pedirme algo más elaborado, menos indiscreto e insultante, que no salpicara fuera del orinal? Por otro lado, el texto de Charlie (supongo que también publicado sin su permiso) era bastante desafortunado: vale que los palos de Karpov hacia mi persona fueran desencaminadísimos, ya que él no me conoce de nada; pero que alguien más cercano a mí, como Mr. Mysterio, me asocie al "high bussiness" (jajajaja) y afirme sin rubor que me he "reciclado inteligentemente al mundo de la moda" demuestra que sabe bien poco de mi día a día. Siento decepcionarle, monsignore, pero no soy más que un redactor a sueldo de una revista de tendencias. Es un negocio como otro cualquiera, el mío, tan válido como hacer churros, especular con casas, recoger basura, traficar con órganos, rodar cine porno, vender fanzines o fabricar ceniceros con latas de Fanta. Y si mientras tanto lo pasamos bien (como es mi caso) pues mejor que mejor. Pero es evidente que hay cosas, tanto en el plano físico como en el espiritual, que son mucho más importantes para mi que el trabajo. Como supongo que para Karpov, que tanto critica de oídas mis presuntos "negociados", serán más importantes sus disquitos, sus conciertitos o su bloguito indie que su curro como consultorito (o así) y su impecable y desconcertante centralita de datos (descubierta por Dashiell Vicov) usada para hacer meritajes a empleadito del mes. Y es que, con esas credenciales, ir de dilettante repartidor de bastos laborales queda, no sé… ¿rarito? "Y cada palo con su vela y con su hoguera", que diría Chinarrov.
(Como bien dice Adolfito Karpovín -AKA David Morán- en su otra bitácora, "y es que parece que, cada vez más, es necesario tener un blog si quieres demostrar tu valía como empleado").
3. UN ALA DE MEDIO K. Finalizo este tríptico dantesco con otra anécdota diurna, no algo sucedido en sueños o pesadillas (aunque, por tercera vez, lo parezca). Hace poco, coincidí en una fiesta con el periodista Josep Sandoval, que me contó una preciosa anécdota sobre mi admirado Pocholo Martínez-Bordiu, que demuestra que hay pijazos mucho más entrañables y maravillosamente locos que ciertos rebeldes de la opulencia que sólo atentan de boquilla, con una mano el la entrepierna y otra en la cartera. Palabrita de Sr. Sandoval:
"Cuando estaba en Tómbola, un día recibí una llamada de Pocholo, que me dice:
-Oye, que me han preguntado si quiero ir a Tómbola y te llamo a ver si les puedo pedir medio kilo, porque es lo que cuesta un ala delta que me quiero comprar.
Yo le dije que, sí, que era un buen precio por ir al programa y que me parecía bien. Y, al cabo de un rato, me vuelve a llamar Pocholo y dice:
-¡Hey, Josep! Nada, tío, qué putada: que he hablado con los de Tómbola y dicen que me dan un millón, no medio. ¿Y ahora qué coño hago yo con dos alas delta? ¡Yo quería una, no dos!"
(Risas enlatadas).

(Pocholazo ya tiene ala: así le luce el pelo).
"Dios se retira".
Léon Bloy.
Nono y yo nos paseamos con absoluta tranquilidad por un mundo en ruinas. Hace tiempo ya, se desencadenó una gran catástrofe que destruyó gran parte de los edificios y mató a la mitad de la población mundial. El sueño se desarrolla en tres escenarios. Aunque aquí los he separado cada uno bajo un título, para diferenciar fases, en el sueño pasábamos de un lugar a otro con absoluta naturalidad.
1) La No-Fiesta de Blas. Junto a otros amigos, nos colamos en una fiesta ofrecida por el dibujante
underground Olaf Ladousse y su señora. Nos recibe esta última que, a regañadientes, nos sirve copas. En mi tiempo de vigilia, nunca he estado en el domicilio de Olaf, pero en este sueño es una casa grande, llena de objetos de arte pop y muy desordenada, polvorienta y ruinosa tras el último temblor de tierra. Cuando ya llevamos alguna copa de más, Nono dice:
"me da algo de corte estar aquí: no hemos traído ni una mísera botella y estamos bebiendo como cosacos". Yo respondo:
"pues vámonos". Al salir, pasamos junto a una puerta entreabierta y no podemos evitar mirar: vemos a Olaf pintando una versión cubista de una
electroflequillo que posa a cuatro patas, vestida con medias de puta, conjunto de raída lencería íntima y bozal de perra. El artista se da cuenta de que lo espiamos y se vuelve hacia nosotros, mostrándonos su rostro enfebrecido y macilento y clavándonos una mirada enloquecida, drogada, alucinada… Llega su novia y justifica la escena a gritos:
"¡no lo hace por placer! ¡Necesitamos dinero! ¡Fuera, fuera de aquí!". Salimos de la casa
con cajas destempladas y, bajando las escaleras, comentamos el incidente. Yo digo:
"pues me gustan más esas deconstrucciones cubistas de pilinguis electroflequillos que lo que hacía antes". Nono contesta parafraseando a
Hölderlin:
"está claro: ¿para qué poetas en tiempos de indigencia?".
2) El Paso del Mar Rojo fosforescente. Paseamos por una Roma devastada por latigazos apocalípticos y medio inundada de sangre. Pasamos por la
Ciudad del Vaticano y sólo quedan en pie un par de cúpulas. Nono quiere entrar a ver lo que queda de la
Capilla Sixtina. Entramos y un guía viejo, seco y jorobado vestido con uniforme gris nos guía por un laberinto de escombros. Subimos por una escalera de caracol y recorremos un tambaleante andamio colgante. Miramos abajo y las paredes están repletas de biblias viejas. Siento vértigo porque estamos muy altos y el andamio se mueve mucho. Contemplamos los hermosos frescos que aún adornan la cúpula: se suceden
Ghirlandaio,
Botticelli,
Perugnio… El guía nos recita de carrerilla la historia oculta de las pinturas. Pronto, el recorrido se acaba y bajamos por otra escalera de caracol para salir a la calle. Nono me pregunta si me ha gustado y contesto con sinceridad:
"no sé si me ha vuelto la fiebre, porque los colores me han parecido extraños, demasiado fuertes, casi fosforesentes". Ella replica:
"sí, a mí también me pareció que tenían luz propia: tal vez sea cosa de la radiación".
3) Fruta podrida. Ahora vagabundeamos por un lugar que parece
Túnez. También está todo destruido, pero se nota menos porque en el Tercer Mundo las ruinas ya eran muy comunes antes del Gran Terremoto. Improvisamos un velo para que Nono no llame la atención: desde que no existe el turismo, en estos países todas las mujeres van tapadas. Llegamos a un mercado callejero, donde miserables comerciantes vestidos con harapos venden frutas prohibidas medio podridas. Nono va a comprar una y, mientras espero, veo a un mendigo sanguinolento, greñudo, crístico, de piel mugrienta, que se arrastra por el suelo y se pone en pie al verme, me señala y me mira fijamente. Su visión me produce escalofríos y escapo, escondiéndome entre las ruinas de un mercado de piedra. Asomo la cabeza tras un trozo de viga rota y veo con horror que el mendigo me sigue. Corro sobre los escombros, pero él se mueve más rápido y me acorrala en una esquina. Yo grito:
"¿Qué quieres de mí? ¡No tengo nada! ¡Déjame en paz, vagabundo!" Y él contesta, riendo:
"Vagabundo, vagabundo… ¿Y dónde está tu casa? ¿Quién no es vagabundo en estos tiempos de locura y terremotos?".

"El hombre es y seguirá siendo un animal. Aquí una bestia de presa, allí una mascota casera, pero siempre un animal".
Joseph Goebbels.
¡Alabado sea Dios! Por fin he visto en vivo a uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos: los brutales
Whitehouse, reyes del
hardcore electrónico, expertos en ultraviolencia sónica y griterío obsceno. Únicos, incluso dentro de la etiqueta
industrial/experimental. Raros entre los raros que pululan por esa merienda de perros verdes llamada "música de culto". Extremos hasta en un mundo terminal en el que las violaciones y asesinatos de niñas, las autocastraciones o el canibalismo son el pan nuestro de cada día.
¿Que cómo le salió este tumor en el culo al
amondrigonado mundo de la música electrónica? Es una larga historia… En 1980,
William Bennett (Edinburgh, Reino Unido, 1960) crea Whitehouse con un viejo sintetizador, para dar salida a sus más bajos instintos, en forma de explosiones de ruido electrónico que él bautizaría como
"sonido dominatrix", retroalimentándose con la escena
noise japonesa. Dos años después,
Philip Best (de 14 primaveras) se escapa de casa para ir a un concierto de Whitehouse en el Spanish Anarchist’s Centre… y se une al proyecto. Por último, entra en el grupo
Peter Sotos, creador de
"Pure" (primer
fanzine de la Historia consagrado a glosar fazañas de asesinos) y primera persona de la Historia que pasó una temporada a la sombra por trastear con pornografía infantil. Por aquel entonces, aún se decía:
"mira qué fachas, han metido en el trullo a un tío sólo por sacar a una niña en pelotas en la portada de su fanzine". Hoy, las Autoridades y sus medios de propaganda han conseguido cambiar las volubles opiniones de las masas, convirtiendo al pedófilo en nuevo "hombre del saco" (al no poder domesticarlo, como hicieron con el homosexual).
Peter Sotos
aguantó en Whitehouse hasta 2002, año en el que dejó el grupo para centrarse en sus
libros y alguna grabación loca. Desde entonces, Whitehouse es un dúo. Con o sin Sotos, con o sin la producción de
Steve Albini, con o sin las portadas del gran
Trevor Brown, Whitehouse es y seguirá siendo una banda terrorista, que sólo existe para transformar en ondas sónicas la violencia, la depravación, la locura, el caos. Así suena el infierno. Ahí late el misterio de la
nueva carne: Whitehouse violan a los ordenadores, sodomizan a la técnica para arrancarle alaridos de agonía animal.
Grita puta. Chilla, máquina asquerosa. Siente el dolor. Siente el placer. Y, mientras torturan a sus aparatos, William y Philip envuelven sus alaridos de predicador nazi con un doloroso celofán digital, para gritar cosas que nadie se atrevería a repetir. Pero no, aquí no hay nada gratuito, todo obecece a unas estructuras tan rígidas como bestiales: texto, ruido, ambiente y clímax unidos para joder el oído humano. Como botón de muestra, el clásico
"Rigth to kill":
"That’s yours
That body’s yours
Beat it
Fuck it
Dominate, mutilate, strangulate
Rape and bugger it
Kill it
Eat it
It’s your right to kill
It’s your nature
The ultimate pleasure
Kill! kill! kill!
It’s your fucking right to kill
It’s your fucking nature
Kill! Kill! Kill!
It’s my right to kill!"
Pero aún no he terminado contigo, puta Whitehouse. Queda el concierto. Ese recital de pesadilla que dieron en un lugar tan
arty como
La Casa Encendida, en un festival tan
modelno como
Experimenta Club, reventando los aparatos auditivos de los lacayos de las maquinillas. Por supuesto, no disfruté del concierto al 100%: me habría molado ver a este par de cabrones en el año 84, en su mejor momento, cuando usaban sólo dos
sintes oxidados y tocaban para cuatro enajenados, enfermos y pervertidos. (Como también me habría gustado más ver a
Suicide en un local de mala muerte del Nueva York de finales de los 70, que en el
Sónar, ya avalados por la crítica
guay). Pero esto es lo que hay y, además, yo no descubrí a Whitehouse hasta principios de los 90: eran la banda sonora de una exposición del dibujante extremo y portadista del grupo
Miguelangel Martín. No voy a decir que ahora Whitehouse sea una propuesta digerible ni, mucho menos, comercial. Pero sí están algo
amondrigonados. El soniquete era rompetímpanos, sí, pero tenía demasiados
beats y no hacía sangrar los oídos: según me dijo Gerardo Cartón (del sello Pias) la culpa la tuvieron los
progres de la Casa Encendida, que bajaron el volumen. Por lo demás, todo correcto, aunque, en directo, prefiero a
Esplendor Geométrico. Frente a la fría estampa de Esplendor, Whitehouse tienen cosas casi roqueras: sobreactúan: se quitan las camisas, sacan la lengua, se tocan el paquete a lo Michael Jackson, hacen todo tipo de gestos obscenos, se retuercen los pezones y ponen caras de malos, convirtiéndose en la encarnación musical de un par de pervertidos follaniños y asesinos al estilo de los que salían en
"Hostel". (Pero, bueno, Iggy también daba miedo en la era
"Fun house", cuando se cortaba con cristales dándole al público una ducha de sangre, y mírenlo ahora: haciendo anuncios de
Varvatos). Esa sobreactuación es, por otro lado, esencial: demuestra que, mientras dura su
performance, William Bennett (voces, instrumentos, Sony) y Philip Best (voces, instrumentos, Roland) son los amos y nosotros los esclavos. Ellos disfrutan violando nuestros tímpanos, y nosotros nos sometemos. Algunos, con más resignación que otros, que les tiran colillas, monedas, insultos, botes de cerveza y otros inventos a los regocijados sádicos sónicos. El paisanaje que fue a ver a Whitehouse estaba lleno de propios y extraños, todos ello shockeados por aquella horrísona tortura china: Alberto del oscuro fanzine
"Maldoror", Eva de
Solex, Andrés Noarbe de
Rotor… Cada uno de su padre y de su madre, sí, pero todos vinculados al mundo de las músicas rarasrarasraras. Abundadaban, eso también, los enajenados, los pajeros extraviados, tipos que te imaginas perfectamente merodeando puertas de colegios con una gabardina rellena de caramelos o consultando las páginas de S/M en revistas de contactos. Y no sigo, porque es difícil transmitir el ambiente que reina en un concierto de Whitehouse: es una experiencia extrema que hay que experimentar con la parte más bestial de los cinco sentidos, con ese lado de la mente que aún nos queda por explorar: esa neurona mutante donde se unen la bestia y la máquina. Esta es, sin duda, la única forma de sufrir el
sonido del siglo XXI, un cacofónico pelotazo auditivo ideal para acompañar estos tiempos desquiciados. Dentro de 100 años, todos sordos.
(William Bennett y Philip Best: en su sonora salsa).
"Hermosa Tomie, extraña Tomie, terrorífica Tomie. Por más que se te descuartice, siempre vuelves a resurgir. Conviertes a los hombres en marionetas. Si les ordenas que maten, matarán. Ninguno puede resistirse a tu influjo". El texto de contraportada del primer número del manga
"Tomie" no deja lugar a dudas: esta locura de tebeo nipón trata de una preciosa adolescente que viene a ser la quintaesencia
gore de la
"femme fatale": no sólo te seduce con las peores artes, sino que te vuelve locuelo hasta provocar que la mates y la cortes en pedacitos y, finalmente, la cabrona resucita al más puro estilo de
"La cosa del pantano" de
Alan Moore, o sea, creciendo desde cada uno de sus trozos como si fuera una espantosa célula cancerígena.
Debo confesar que también a mí me sedujo, esta agridulce y letal teenager: la ví en la portada de su número dos, con sus shorts, su camisetita y su hipnótica mirada… y no pude evitar hacerme con ella. Ni siquiera me fijé en la casa podrida que había detrás de ella, reflejando su alma sórdida. Miren, miren… ¿no hubieran hecho ustedes lo mismo? ¿No se habrían llevado a esta chica a casa?
Por desgracia, ya no hay vuelta atrás. Ahora estoy enganchado. Y ella resucita una y otra vez, por más que rompa los tebeos en mil pedazos. Luego, después de desmenuzarlos, tirarlos por el váter y observarlos con horror crecer por enésima vez, descubriría que este manga es una obra primeriza y menor del gran
Junji Ito, el creador de
"Uzumaki" (sin duda, el mejor tebeo de terror que he leído en los últimos diez años, por lo menos. Y en verdad he leído unos cuantos). Vale, falla el ritmo y el dibujo aún no es perfecto. Pero ahí está Tomie, fascinante, magnética, desesperante…
La temática no es nueva, no. Tomie es un personaje tipo, una mujer fatal que usa el perverso influjo de su sexualidad como telaraña para cazar a los señores, que caen como moscas. Es sexualmente insaciable, mala con avaricia y falta de escrúpulos.
"Muy mujer", que diría
Weininger. Y es que Tomie es una
pin-up para misóginos. El hecho de que resucite una y otra vez después de ser descuartizada es nuevo, sí, pero significa algo viejo como el amor
fou: el terror del hombre ante el eterno femenino, el mareo que siente cada vez que se asoma al abismo vaginal. Caes en las garras de una chica mala; catas su dulce veneno y, después, todo se tuerce, la dejas o te deja, te mata, la matas o la descuartizas, si quieres, pero su dolorosísimo recuerdo te perseguirá hasta la tumba y, tal vez, más allá, en forma de monstruosas imágenes de pesadilla loca.
Nico ya nos lo advirtió:
"She’ll build you up just put you down, What a clown".

(Como ocurre con casi todos los mangas de éxito, existe una serie de películas de
"Tomie". No me he atrevido a ver ninguna, porque sospecho que son malas como tumores malignos. Sin embargo, la actriz que hace de Tomie en el primero de esos largometrajes no sólo es buena, sino que da bastante morbo: se trata de
Miho Kanno, la hermosísima niponcita que interpretó a Sawako en la inmortal
"Dolls" de
Takeshi Kitano. Sólo por eso ya casi valdría la pena bajársela, aunque, claro está, es del todo imposible que supere a la Tomie dibujada).
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