"Los tiempos no están para bromas".
Charlie Mysterio.
El infierno me obsesiona, me fascina y me atrae como un abismo negro. Mami, ¿qué será lo que tiene el infienno? Ahora no está tan claro como, por ejemplo en la Edad Media: ahora es borroso. Los límites entre paraíso, purgatorio, infierno y tierra se han difuminado. Y, sin embargo, seguimos imaginándonos innumerables formas de tormentos en serie, como si no nos bastara con la vida pispa. Por eso, el infierno existe en múltiples formas, dependiendo del cerebro que lo concibe. ¿El peor infierno? No sé, tal vez el sufrido por el más recalcitrante ateo. Ahora, arrojaré sobre vuestras cabezas un puñado de avernos, para regocijo de los demonios adictos a este dildódromo que, a su extraña manera, no deja de ser otro infiernito. En fin, como solían decir Pedro Botero y Johnny Storm… ¡Llamas a mí!
1) LA CONDENA DE LOS AVAROS. Mañana de domingo en Madrid. De la mano de
Nonín, paseo por
El Prado y, entre otras cosas, vuelvo a contemplar esa obra maestra inabarcable llamada
"El jardín de las delicias" de
El Bosco. Esta vez, casi toda mi atención la llamó
el castigo de los avaros: durante unos minutos que parecieron horas (¿O fueron horas que parecieron minutos? ¿O fueron segundos que parecieron milenios?) me quedé completamente arrebatado con ese fragmento que, tras el cordón de seguridad, yo veía como del tamaño de un cromo pero que, por un juego de espejos mental, me acabó pareciendo inmenso… hasta el punto de eclipsar al resto del cuadro. Seguro que todos ustedes lo han visto alguna vez, en el panel derecho del tríptico, que representa al
Infierno (consecuencia del Paraíso y de la Tierra, los dos primeros paneles): en la esquina inferior derecha, podemos ver un trono de madera en el que asienta sus putrefactas posaderas una atroz
"bestia-pájaro" calzada con botijos y coronada con una olla. La "bestia-pájaro" engulle hombres tacaños y los caga por un ano bulboso y semitransparente, dejándolos caer en un pozo negro lleno de vómitos sanguinolentos (que una vieja obliga a potar a un hombrecillo) y monedas defecadas por un un tirillas acuclillado. La pregunta del millón que le haría yo al Bosco ese si estuviera vivo es la siguiente:
¿Los infelices cagados pasaban toda la Eternidad en ese pozo-váter de moneda y vómito o volvían a ser devorados y defecados una y otra vez, ad nauseam, por la "bestia-pájaro"?

2) EL INFIERNO ESTÁ EN EL PUB DE LA ESQUINA. Noche de viernes en la sala
Joy Eslava. Tocan
Arab Strap y me siento raro viendo un concierto
indie en una sala que asocio a otras cosas: putiferio, perica, pasarelas, crapuleo, eventos empresariales, famoseo serie-B, fiestones mondrigas… Pero en cuanto
Aidan Moffat y
Malcom Middleton suben a la palestra, a eso de las 20:15, la sala se transforma en un averno
slowcore. Cabe recordar que un
"arab strap" es una anilla de metal (con correa de cuero) usada para mantener la erección del pene y, a la vez, estimular el clítoris. Y las canciones de Arab Strap (el grupo) son como largos y penosos coitos tristes: nos dejan un regusto rancio y un olor a semen reseso pero, aún así, los seguimos necesitando. En el submundo de Arab Strap el infierno está en el panel central del tríptico: en la Tierra (Escocia, para más señas). Si las criaturas de El Bosco (por lo menos) disfrutaban pecando, los (muy autobiográficos) personajes de Moffat y Middleton sufren el Infierno en el transcurso de sus actos impuros. Para estos artesanos de la sordidez, la vida es una laaaarga sucesión de borracheras chungas, romances mohosos, batacazos sentimentales, cervezas calientes y bajones
post coitum. El hecho de que consigan reflejar tan bien esos pequeños infiernos en sus letras/músicas es la única grandeza, el único punto de fuga, el último contacto con los dioses que tiene este par de pobres diablos. El concierto, correcto y virtuoso, como cualquier
chow de despedida (tras diez años de lágrimas, el dúo se separa): de mis favoritas sólo tocaron
"New birds" y
"Fuckin’ little bastards", dejándose en el tintero, por ejemplo,
"Act of war" o
"The clearing". Otro día, en nuestra sección Cancionero Onírico, leeremos
"Dream sequence" (sin duda, su tema más dildodrómico), pero hoy nos quedamos con
"The shy retirer", una de los lamentos postmusicales más hermosos jamás paridos sobre el vicioso e infernal círculo del ocio juvenil:
"another bloated disco, another sniff of romance i’ll forget
we promised to ourselves before we came out we’d do something we regret
these people are your friends
this cunted circus never ends
i won’t remember anything you say
i lost my social skills a while ago but no i feel them coming back
my eyes were rolling when we met and now they are perparing for attack
i want to fall in love tonight and for the perfect unbreakable bond
you can be my teenage jenny agutter, swimming naked in a pond
you know i’m always moanin’
but you jumpstart my seratonin
but how d’you know you’ve ever really loved?
but when i feel like this, i know it doesn’t matter
if i wat when i’m not hungy i can feel my face get fatter
then i thin out every weekend and i think that she might want me
but i always slip off my own ‘cause…
i let those feelings haunt me, they control me, but tonight i’m letting go
you’re more then just a photo album, you’re more than what some people let you know
and if we ever make it home, i’ll tell you all the things that shaped me thus;
something forged in a phonebox but lost in a restaurant we’ve got so much to discuss
here, have you tried the blue ones?
i hear he’s got some new ones
sleep is not an option tonight
look at us just stand and stare
look at them just pose and pout
and we’ll all be standing here
until the pigs chuck us out"

3) LA EXPERIENCIA DE VIVIR MUERTO. Otro de mis
hellraisers de cabecera es el cineasta
seudosnuff y autor de
mangas nipón
Hideshi Hino. Amén de ser autor de los dos filmes más extremos de la serie
Guinea Pig (que en los 90 fue fruto de una investigación del FBI por creerse que eran filmaciones de muertes y descuartizamientos reales) este locuelo ha conseguido lo que parecía imposible: bordar algunos de los mangas más espeluznantes del Japón con un trazo caricaturesco, lejos del realismo
muzan-e de un
Suehiro Maruo. Si en
"La serpiente roja" Hino nos daba su versión de la enfermedad, en
"El niño gusano" consiguió superar con creces al
Kafka de
"La metamorfosis" y en
"Panorama infernal" plasmó la tragedia (autobiográfica) de un artista macabro. En su cuarto trabajo publicado en España,
"El hombre cadáver", se pone
tienno (a su manera) y nos ofrece una alegoría sobre las calderas de la existencia y del amor. En esta obra, el infierno es sólo un doloroso tránsito, un camino de brasas ardientes hacia un nuevo comienzo. El protagonista de este tebeo está clínicamente muerto y es pasto de los gusanos, pero puede andar, moverse y hasta hablar, aunque sea para escupir con su lengua macilenta
guarreridas como las siguientes:
"La carne se pudre. Los huesos se desmoronan. Y el alma se disipa a los cuatro vientos, como si fuera neblina… Ah… Mi cuerpo se está deshaciendo". Y, como diría
Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo leer.

4) SERES VACÍOS. Como colofón a un
weekend deliciosamente dantesco, me enfrento al visionado de
"El séptimo continente" (Der Siebente Kontinent, 1989),
ópera prima de mi admirado (hasta
"Caché")
Michael Haneke, que abre su
Trilogía de la Glaciación Emocional. El director parte de una historia real, el suicidio de una familia de clase media vienesa (papá, mamá e hijita de entre ocho y diez años) para reflejar el vacío espiritual de la vieja Europa. Se diría que, para Haneke,
en Occidente no hay ni Infierno, porque el Diablo se ha retirado con una náusea de puro tedio al ver las cosas que hacen las personas. Esas vidas huecas, sostenidas por rutinas mecánicas y deprimentes, sólo pueden desembocar en un suicidio de andar por casa, insignificante,
bricolagesco, en las antípodas del heróico suicidio ritual descrito por
Mishima en su insuperable relato
"Patriotismo". Los padres y la hija de
"El séptimo continente", asqueados por una existencia sin fundamento, están de acuerdo en una cosa: irse del mundo porque lo que hay más allá, esa presunta oscuridad eterna, no puede ser peor que lo que están viviendo. Viendo la
peli me vino a la cabeza cierta letra de
Nacho Canut, apóstol celtibérico de la nada, para Vegetales:
"Mi vida me aburre se acabó, esto no mejora yo me voy, el mundo podrá seguir sin mi, nadie notará que yo me fui") si bien, al menos, en el caso de Canut el vaso estaba más lleno, aunque fuera con una agridulce gota de sentido del humor negro. La familia de Haneke no tiene ni eso: avanza dando palos de ciego hasta que, en un momento de oscura lucidez, decide parar y tirar la toalla porque nada importa nada. Son cosas archisabidas para todos los que no fingimos estar ciegos (como la niña de la película) y vemos clarita
la fétida decadencia de un Occidente enfermo terminal; pero también es verdad que la belleza gris de algunas imágenes de "el séptimo continente" me llevó hasta el arrebato visual:
-La destrucción de la gran pecera donde flotan peces/símbolo de la situación de la familia protagonista, que nada sin ganas en una rutina asfixiante.
-El pater familias tirando decenas de billetes (todos sus ahorros) por el váter. La imagen me produjo un orgasmo en la retina. Al parecer, en Cannes muchos espectadores abandonaron la sala de proyecciones al ver esta escena que atenta contra el último dios de Occidente.
-El llanto helado de la madre en el túnel de lavado, ante las miradas vidriosas (de peces) del padre y la hija.
-La manita inerte de la niña, primera víctima del veneno.
-La postal australiana, con una playa lejana, inalcanzable, casi alienígena, como símbolo de una utopía imposible. No hay escapatoria: la cosa está muy podrida y sólo cabe acabar con todo y beguin the beguine…
-La imagen del padrazo con su mirada muerta clavada en la nieve blanca catódica: representación minimal e hiperconcentrada de varias generaciones de televidentes.