De Mr. Luque pasamos a otro de los clásicos dildodrómicos, que hace tiempo que no se asoma por aquí. Me refiero al genial escritor y pensador Ernst Jünger, cuyo quinto tomo de diarios ("Pasados los setenta II: Diarios 1971-1980") acabo de estrenar. Apenas iniciada la lectura, en plena página 12, ya me he encontrado con algunas de las más brillantes reflexiones sobre el universo onírico jamás escritas por mano humana (o, en este caso, sobrehumana). Ahí van:
"El sueño es más que una partida de ajedrez que el espíritu disfruta en su propio campo. Al hacerlo se le permite echar un vistazo tras los escenarios del mundo espacio-temporal. Su curso se desvía con tales visiones, como si un rollo de película fuera hacia atrás o se proyectara hacia el futuro. Causa y efecto parecen mágicamente intercambiados.
Causa y efecto se concentran en imágenes. Estamos presentes con una fuerza de la cual, lo que de día denominamos como presencia de espíritu, es tan sólo una sombra. Que en la vida y en el curso de su destino se abran salidas que nos salvan tiene su origen en esos estratos. En los sueños nos reencontramos a nosotros mismos en toda nuestra plenitud; y el descubrimiento nos hace suponer que somos capaces de mucho más de lo que nos creemos.
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Soñamos como traductores de prototextos propios. Para ello disponemos de la libertad del narrador que, cuando, impulsado por el ánimo creador, toma la pluma con la mano, no sabe cómo terminará la acción. La trama comienza a germinar; subyace entonces a la fantasía de añadir aquí o allá: será una ramificación en cualquier caso. La libertad del autor lo ata más que el rigor con el que somete el tema.
Como soñador cualquiera es genial. En este aspecto es un artista, incluso más que eso. La obra de arte recuerda nuestro mundo de ensueño, pero sólo como un acercamiento: nos acerca a él. Ésa es una de sus señas de identidad: ser capaz de crear esa sensación".
(Ernst Jünger, escultura de Arno Breker).