LOS MUERTOS ESTÁN VERDES

December 19, 2006

"Claro, soy sólo un sueño, nada más. No hay necesidad de que luches contra mí, ¿verdad? Habré llegado y me habré ido antes de que te des cuenta". Clive Barker.

Estás en casa de tu difunta abuela paterna. No sabes qué haces aquí, ahora que tus tíos han vendido todo esto, pero el caso es que todo sigue igual: muebles, electrodomésticos, objetos personales… Sin embargo, en la casa vive gente extraña, cada una en un cuarto, como en una siniestra pensión familiar. Tú no: en el sueño vives en casa de tu otra abuela, viva pero enferma. Entonces, ¿qué demonios haces aquí, idiota? No tienes ni idea, pero sientes que algo va mal. No deberías andar por aquí. Como venga alguien y te descubra… será terrible. Aparece de pronto un chico joven, que pone cara de susto y te salta encima. Tú lo matas con  un cuchillo de carnicero. No estás asustado pero sí algo asqueado: ahora todo irá cuesta abajo. Entra una chica y la matas también, justo a tiempo, casi antes de que vea el cadáver del otro. Cae al suelo y la rematas con un sacacorchos de hotel. La matas sin horror, con una mezcla de frialdad y asco. Ahora entra un señor bajito y también lo matas, para que no vea a los otros cadáveres y ya no puedes parar: te cargas a más de  siete u ocho personas e intentas ordenar un poco las cosas en tu mente, pensando que aún hay salida, pero no: estás inmerso en un "loop" homicida sin escapatoria ni sentido. De pronto, así por las buenas, paras. Te dices en voz alta: "Bueno, va a ser hora de irme; mi abuela estará preocupada porque no he ido a dormir". Escondes los cadáveres, uno encima de otro, apilados bajo una enorme mesa camilla sin faldas. Ya están medio verdes por la putrefacción, pero aún no tienen gusanos. Quedan ahí, a la vista, pero a tí me parece que, así colocados, no sólo tardarán en descubrirlos, sino que (tal vez) no lo harán nunca. Sales de la habitación de los cadáveres, recorres el espectral pasillo y llegas al salón comedor, donde una criada de tu difunta abuela limpia la plata. Ella parece saber algo y, si no, lo descubrirá, pero no la matas, sino que te despides de ella: "Me voy". Y ella: "Hasta la vista". Sonríe. Tú no.  Por la calle, tienes una decadente sensación de resaca, como si volvieras a casa tras una superjuerga de droga y bakalao. Pero sólo has matado y ya nada importa. Caminas por la calle hasta llegar a casa de la otra abuela, la materna. Está en la calle, en bata y zapatillas de casa, con su bastón. Te dice, con rostro angustiado: "Te esperaba desde hace días". Pero tú le contestas: "Pues tengo trabajo, hoy tampoco dormiré en casa". En el sueño, trabajas en un gris diario local (como Alfredo Landa en "Las estrellas están verdes"). Trabajas durante varios días y varias noches sin salir de allí… y nunca es ni de día ni de noche. De pronto, uno de tus compañeros contesta a un teléfono rojo, te mira, se ríe y te señala. Entre carcajadas, dice: "Es para tí", haciendo un gesto de poner esposas. De pronto recuerdas y, por fin, reconoces las caras de los cadáveres apilados bajo la cama: son los rostros de los amigos perdidos.

just good friends 

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