“En algún momento me casaré del todo con la tierra”.
Léon Bloy.
Ayer hablaba de la supervivencia según Pekar y yo mismo. Hoy, me tomo la libertad de añadir una post data que considero necesaria: la existencia ideal, la buena vida, esa línea de sombra que va paralela al destino y que te asegura un largo y dulce camino hasta una muerte tranquila. Es, en fin, seguir el ritmo de la naturaleza y no tratar (siempre en vano) de hacer lo contrario. Los elementos básicos, NECESARIOS para una vida sencilla y su organización fueron ennumerados por Albert Weideli y su amigo Ernst Jünger (dos auténticos “vividores”, en el mejor sentido de la palabra) en un paseo por los caminos de Malta, en los años 70:
“Una cabaña.
Una mujer.
Un palmo de tierra para aceitunas y parras, pero ningún grano. Con él amenaza ya la piedra de moler con la que comienza el trabajo.
Frutos silvestres y hierbas, sal marina.
Un modesto altar. Un lugar para las tumbas, no muy lejos de allí.
Además, un clima como el de Tahití, todo menos lujo o cosas de placer: la cabra, la gallina, el arco para la caza, red y caña, un bote”.
Qué fácil así emboscarse. Qué fácil así vivir, en total armonía, como en un sueño lúcido y apacible. Qué fácil así morir, casarse para siempre con la tierra. Y, en nuestra tumba, el inmortal epitafio de Nikos Kazantzákis, que había regido nuestra existencia:
“NADA ESPERO, NADA TEMO, LIBRE SOY”.
Tumba de Nikos Kazantzakis, en Heraklion.
“¿No querías caldo? Pues toma dos tazas”.
Viejo refrán castellano.
Antiguamente, cuando los sueldos que soltaban los explotadores eran más altos y las casas que chuleaban los especuladores eran más baratas, hasta Rigoberto Picaporte se podía permitir dos residencias: una en la ciudad y otra en el campo. Ahora, la mayoría sólo puede malpagar un chiscón en el centro para, con el tiempo y una caña, emboscarse. O esconderse de los acreedores, como Vázquez. Pero no todo son penurias en la era de la explotación, recta final del Kali Yuga: tenemos a los ordenadores y sus infinitas posibilidades evasivas que nos hacen (tal vez) soñar que somos un poco libres… cuando nunca hemos sido tan esclavos. Además, como (de momento) los blogs son gratis, puedes tener los que quieras y, así, pasar más horas fundido con la máquina… hasta que llegue ese día ya barruntado por los cyberexpertos, en el que estas cosas se regulen y sólo los ricos puedan pagar espacios en Internet. Pero eso es, de momento, otra historia.
Vamos al grano. Por encargo del tito Torbe he creado, con la ayuda téchnica del gran Gorka Limotxo, un bestiario bizarro: El Zoo de Dildo. Ahí contaré aquellas paridas que se quedan fuera del universo dildodrómico, bien por ser demasiado pajeras, bien por no dar la talla onírica y estar más con los pies en la tierra. Cada blog es una aventura loca y no sé muy bien a dónde me llevará el zoo, pero el objetivo prioritario ya está hecho: homenajear en su cabecera al Dangerous, mi disco favorito de Michael Jackson. ¡Aaaaaaaw!
El guionista Harvey Pekar dijo en un tebeo (cito de memoria) que la vida va tirando si tienes un curro fijo, un conejo y un escape creativo. Psí, estoy más o menos de acuerdo, aunque yo añadiría un cuarto pilar: una disciplina espiritual. Lo único que, en verdad, separa al ser del infraser.
“Dos albóndigas van por la calle y a una la atropella un coche. ¿Qué dice la otra?”
Viejo chiste malo. Se admiten respuestas.
El increíble Pablo Maronda ataca de nuevo. Me envía una curiosa amenaza (“Ya he terminado mi novela ¡Por fin la he excretado!”) y dos sueños de mono loco. Reproduzco aquí el más dildodrómico de los dos, en el que la nueva carne enlaza con la dieta mediterránea, el poprock yanqui y ese inconfundible sabor valenciano que tienen todos los textos marondescos o marondianos o maróndicos.
Estoy en mi pueblo tocando la guitarra acústica para un corrillo de amigos, que escuchan
sentados en una serie de sofás dispuestos alrededor del centro del comedor,
desde donde yo toco. Intento hacer el riff inicial de la canción de Tom
Petty “I Won´t Back Down” versioneada por Johnny Cash en uno de sus últimos
discos de versiones de ultratumba, pero cuando la púa se clava en la
cuerdas, estas resultan ser albóndigas alineadas, y salpico de carne la cara
de los espectadores cada vez que las golpeo. En algún momento del concierto
descubro a una chica parloteando con su compañero de asiento, cosa que me
enfada sobremanera, hasta el punto de estampar la guitarra contra el suelo y
romperla. Cuando me doy cuenta de lo que acabo de hacer un sentimiento de
tristeza insondable me embarga hasta hacerme despertar.
“Filmé la verdad como era entonces. Nada más”.
Leni Riefenstahl
Españoles todos, queda inaugurada la sección de vidrios dildodrómicos (Videosueños, la llamaré), donde intentaré grabar cámara en mano mis visiones oníricas, pajones cerebrales y otras locuras.
Para empezar, desempolvo este videoclip raroraroraro (más bien se diría que es un no-videoclip o, mejor, un “bideo”) que destila en imágenes mi obsesión por la basura y la playa y que partió de un sueño en el que yo vivía en un vertedero y al final era una avispita ruinasa. Por eso se mueve tanto la cámara, gañanes, no sólo porque la noche anterior me hubiera puesto fino de ketamina y rubifén. El video lo hice a instancias del bajista Pablo Amor, para su conjunto (trío) musical Delco. Me ayudó Chandalboy con el montaje. Y más que una pieza audiovisual, es una venganza que va mutando con el paso del tiempo: hoy es peor que ayer pero mejor que mañana. Ojo: su visionado perjudica seriamente la salud de la retina, el iris y demás familia.
"Todas las circunstancias cambian, sólo Dios es constante".
Proverbio musulmán.
Sueño que, por ganar una partida al Monopoly, entro en un club de ricos y famosos, vinculado a la revista Forbes. Llevaba tiempo deseando entrar en este club, pero ahora que lo he logrado y estoy dentro, me siento raro. En torno a la primera barra de madera, hay varios ricachones; en sus manos, copazos de brandy y malta con o sin hielo. Me decepciona ver a David Beckham sentado al fondo: creía que no aceptaban futbolistas. También me duele compartir vasos con los Hermanos Morán, ricos indies, dueños de Benicassim. No conozco a los demás. Pero todos hablan de dinero, de mesas, de camas, de telas, de pelas… También se ríen de los mendigos. No sé qué decir, así que me voy a la sala de recreo y veo más ricos, hombres y mujeres con caras de plástico y sonrisas blancas: fachadas que intentan en vano ocultar su horror a la muerte. Sé que me iré pronto de aquí, pero intento, en cualquier caso, sacar partido del club: veo unas máquinas que son como las cabinas de sex shop pero al descubierto. Le pregunto a un Borja Thyssen para qué sirve algo así, si no puedes onanizarte por estar a la vista de todo el mundo. Me lo explica: "Es para que veas imágenes porno, cojas energía del calentón y la utilices en los negocios". La maquinita cuesta 50 euros el minuto. Voy a probar. Echo un billete de 50, que la máquina guarra absorbe, y veo cincuenta segundos de porno que no está mal: son dos sudacas escupiéndole a una tercera y extendiendo con sus pies la saliva por la cara. Están en un campo de fútbol. Mola, pero se acaba muy pronto. Echo otros 50 y sale el mismo video: ahora le escupen en el coño y le pegan patadas en la barriga a la sumisa. Está bien y casi me embarillo… pero vuelve a terminar. Echo otros 50 euros y ya no sale el video de spitting, sino una porno malísima, como de Canal +, un metesaca entre una muñeca californiana de silicona y un ratón de gimnasio playero. Puaj. Me doy cuenta que he gastado 150 euros, la mitad de mi fortuna, y que no llegaré a fin de mes. Los billetes de Monopoly valen para el club, pero no para el mundo exterior. "Voy a quemar las naves, total…", me digo a mí mismo. Saco el dinero que me queda y gasto casi todo en una tragaperras en la que, en lugar de cerezas, hay caritas de Tío Gilito. Luego quemo el único billete que me queda. Las llamas prenden en la moqueta y se extienden por el club. Escapo por una escalera de incendios y veo un callejón sin salida. Decido instalarme ahí para mi nueva vida como homeless.
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El dinero es papel de quemar y los títulos (académicos, nobiliarios o de cualquier otro género) también serán, antes o después, pasto de llamas o gusanos. Así las cosas, sólo cabe respetar la jerarquía espiritual. Al respecto, hace poco me encontré, en los diariosjüngerianos, con una máxima árabe que me caló profundamente. Ernst la leyó en Monrovia, en una tienda oculta en un barrio de comerciantes musulmanes. Establecía cuatro "clases" esenciales, que son las únicas que debemos tener en cuenta:
— — —
— u —
u — u u u u
1. Si uno no sabe, y no sabe que no sabe, entonces es tonto: evítalo.
2. Si uno no sabe, y sabe que no sabe, entonces se le puede enseñar y será adecuado como alumno.
3. Si uno sabe, y no sabe que sabe, entonces será muy capaz de ser profesor.
4. Si uno sabe, y sabe que sabe, entonces es un profeta: síguelo.
“Vamos hacia el río tú y yooooooo / Cuando el alba empieza a despuntaaaaaaar / Cuando el viento se desliza entre los doooos / Y la hierba nos refresca de humedaaaad”. José María Guzmán.
Paseo con Nono por un camino de cabras. Hace frío, humo en nuestras bocas. Al fondo, la niebla funde un cielo gris ceniza y unas montañas llenas de vacas que ríen nuestros pasos. [cielo y tierra: círculo y cuadrado: superior e inferior: espíritu y materia] Detrás de unos montones de tierra, empieza el campo, que es de un verde infinitamente más abúlico que el nuestro del norte. Caminamos sobre la hierba hasta llegar a una gran pendiente, muy empinada, que desciende hasta el río. Yo quiero tocar el agua, así que tiro de Nono para que vayamos cuesta abajo. Tengo que ayudarla para que no resbale. Los árboles secos y helados, con troncos plateados por los hongos, nos sirven de puntos de apoyo. Bajando empezamos a ver señales, cada vez más… y caemos. Caemos en la cuenta de que esa cuesta es una mezcla entre vertedero y cementerio: hay huesos de animales y cadáveres de electrodomésticos por todas partes. Un trozo de taza de váter, una costilla de oveja, una lavadora abandonada hace mucho, un fémur de nosequé, cocina chamuscada y herrumbrosa, cuerno de vacaloca, dientes de bichos que no parecen terrestres, un microondas que ayer fue blanco inmaculado y hoy es negro anaranjado, huesos de rabos de toros, patas de perros, uñas de gatos, media tostadora… La niebla transforma el conjunto en una estampa irreal. Y el aire es demasiado puro: droga dura para ratas de ciudad. Antes de llegar al río, decidimos volver sobre nuestros pasos, escapar de aquel extraño cementerio, no porque sea más difícil bajar (ha pasado lo peor) ni por temor a rodar haciendo la croqueta y acabar en el fondo del río (cuyo caudal es casi ridículo). Subimos porque hay que subir. [ascenso tras descenso: aparición tras desaparición: vida tras muerte: evolución tras involución: renovación tras sacrificio] Nos vamos, caminando hacia arriba, porque no queremos quedarnos ahí, atrapados en el paisaje, y oxidarnos para siempre. (Años después, alguien observaría nuestros huesos con ojos alucinados). Pero ahora soy yo el que se ríe de las vacas: hemos vuelto al Camino.
(Nota: esto no es un sueño. Sucedió en el mundo “real” la mañana del 30 de diciembre de 2006 en Braojos de la Sierra, un pueblo perdido de Guadarramadel Tigre).
*Según el diccionario de símbolos tradicionales de Cirlot, el HUESO es “símbolo de la vida reducida al estado de germen. La palabra hebrea luz significa mandorla, refiriéndose lo mismo al árbol que a su núcleo, como pulpa interior, escondida e inviolable. Pero se refiere también, según la tradición israelita, a una partícula corpórea indestructible, representada por un trozo de hueso durísimo, parangonable a la crisálida de la que surge la mariposa, por su relación con la creencia en la resurrección”.
Y el RÍO es un “símbolo ambivalente, por corresponder a la fuerza creadora de la naturaleza y del tiempo. De un lado simboliza la fertilidad y el progresivo riego de la tierra; de otro, el transcurso irreversible y, en consecuencia, el abandono y el olvido”.
¡Boooooom! Kaixo. Aún flotábais entre anuncios de colonias cuando la explosión de 200 kilos os despertó. Egun on. La vuelta a la realidad fue como un doloroso parto prematuro. Adiós, útero de muérdago y burbujas… Agur. Era la onda expansiva rompiendo vuestra placenta. Arratzalde on. La pantalla empezó a escupir imágenes del aparcamiento, ahora más bonito que ninguno. Ondo. Estampa postapocalíptica, que haría las delicias de un Tsukamoto. Cables, tierra, escapes de humo, techos desplomados, tuberías rotas, hombres con cascos espaciales caminando entre casquetes grises, suelo abierto, carne fundida con metal, olor a gas y a goma quemada, coches aplastados, coches aplastados, coches aplastados, coches aplastados, coches aplastados… Egun off.
amets politak egin ondoren, errealitate gordina agertzen zaigu aurrean