ARRIBA Y ABAJO

January 17, 2007
"Todas las circunstancias cambian, sólo Dios es constante".
Proverbio musulmán.
 
Sueño que, por ganar una partida al Monopoly, entro en un club de ricos y famosos, vinculado a la revista Forbes. Llevaba tiempo deseando entrar en este club, pero ahora que lo he logrado y estoy dentro, me siento raro. En torno a la primera barra de madera, hay varios ricachones; en sus manos, copazos de brandy y malta con o sin hielo. Me decepciona ver a David Beckham sentado al fondo: creía que no aceptaban futbolistas. También me duele compartir vasos con los Hermanos Morán, ricos indies, dueños de Benicassim. No conozco a los demás. Pero todos hablan de dinero, de mesas, de camas, de telas, de pelas… También se ríen de los mendigos. No sé qué decir, así que me voy  a la sala de recreo y veo más ricos, hombres y mujeres con caras de plástico y sonrisas blancas: fachadas que intentan en vano ocultar su horror a la muerte. Sé que me iré pronto de aquí, pero intento, en cualquier caso, sacar partido del club: veo unas máquinas que son como las cabinas de sex shop pero al descubierto. Le pregunto a un Borja Thyssen para qué sirve algo así, si no puedes onanizarte por estar a la vista de todo el mundo. Me lo explica: "Es para que veas imágenes porno, cojas energía del calentón y la utilices en los negocios". La maquinita cuesta 50 euros el minuto. Voy a probar. Echo un billete de 50, que la máquina guarra absorbe, y veo cincuenta segundos de porno que no está mal: son dos sudacas escupiéndole a una tercera y extendiendo con sus pies la saliva por la cara. Están en un campo de fútbol. Mola, pero se acaba muy pronto. Echo otros 50 y sale el mismo video: ahora le escupen en el coño y le pegan patadas en la barriga a la sumisa. Está bien y casi me embarillo… pero vuelve a terminar. Echo otros 50 euros y ya no sale el video de spitting, sino una porno malísima, como de Canal +, un metesaca entre una muñeca californiana de silicona y un ratón de gimnasio playero. Puaj. Me doy cuenta que he gastado 150 euros, la mitad de mi fortuna, y que no llegaré a fin de mes. Los billetes de Monopoly valen para el club, pero no para el mundo exterior. "Voy a quemar las naves, total…", me digo a mí mismo. Saco el dinero que me queda y gasto casi todo en una tragaperras en la que, en lugar de cerezas, hay caritas de Tío Gilito. Luego quemo el único billete que me queda. Las llamas prenden en la moqueta y se extienden por el club. Escapo por una escalera de incendios y veo un callejón sin salida. Decido instalarme ahí para mi nueva vida como homeless.
templo occidental 
                                                                              
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El dinero es papel de quemar y los títulos (académicos, nobiliarios o de cualquier otro género) también serán, antes o después, pasto de llamas o gusanos. Así las cosas, sólo cabe respetar la jerarquía espiritual. Al respecto, hace poco me encontré, en los diarios jüngerianos, con una máxima árabe que me caló profundamente. Ernst la leyó en Monrovia, en una tienda oculta en un barrio de comerciantes musulmanes. Establecía cuatro "clases" esenciales, que son las únicas que debemos tener en cuenta:
 
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                                                                             u        —        u
                                                                             u         u         u
 
1. Si uno no sabe, y no sabe que no sabe, entonces es tonto: evítalo. 
2. Si uno no sabe, y sabe que no sabe, entonces se le puede enseñar y será adecuado como alumno.
3. Si uno sabe, y no sabe que sabe, entonces será muy capaz de ser profesor.
4. Si uno sabe, y sabe que sabe, entonces es un profeta: síguelo. 
azophi y las estrellas 
Abd Al-Rahman Al-Sufi (903-986) descubriendo la galaxia de Andrómeda