HONGOS AMARILLOS
“Lawrence, Kansas, uno de los puntos de armamento nuclear de los USA durante la guerra fría. Ante la amenaza de un ataque soviético, disparan sus misiles a la vez que son bombardeados por el enemigo. El efecto es devastador y las consecuencias desastrosas. La radiación lo contamina todo y los supervivientes van muriendo y volviendo a un estado de barbarie“.
Sinopsis de El día después (Nicholas Meyer, 1983).
Tras cenar media tortilla española y un vaso de Dolorac, soñé que un amigo me convencía para apretar el botón rojo que desencadenaba una letal arma biológica. Lo aprieto una vez, salgo corriendo y “¡BOOM!”, explota la bomba, formando un hongo amarillo de polvos tóxicos. Yo me voy corriendo y me escondo en Ferrol, en la casa en la que nací. Desde allí, desde un ventanal de cristal viejo y amarillento, observo cómo las víctimas se orinan y defecan sin control, mientras las mujeres menstruan desmesuradamente. Yo me quedo atontado sobre el cristal, estornudando y tosiendo, hasta que me despierta el sonido de un teléfono. Es de nuevo mi amigo, que me dice: “Tienes que darle más caña al botón rojo, que aún queda mucha gente viva”. Yo pienso que, al fin y al cabo, bueno, si no aprieto yo el botón lo apretará otro. Así que me acerco al gran faro seco, en cuya base se encuentra el botón rojo definitivo. Lo aprieto fuerte y esta vez sí (KKKKA-BOOOOOOOOOOOM) la explosión es brutal, aunque me da tiempo a ponerme a cubierto… Y, a lo lejos, veo un descomunal hongo amarillo alzándose hacia el cielo… Y el polvo multicolor que se extiende por todas partes y me hace toser y sudar. Dicen los ecologistas que ese gas es una excusa de la mafia médico-farmacéutica para crear nuevos medicamentos, antídotos locos para un virus inexistente, pero yo no me lo creo, porque siento cómo me corroe los pulmones y las tripas. Estoy mareado, porque Madrid (sí, ahora es Madrid) está lleno de polvos amarillos que se siguen expandiendo sin tregua. Menos mal que me tengo que ir a Barcelona. Hago la maleta y subo rápido al avión, pero debo bajar y volver a casa porque he olvidado algo. Por el camino, me duelen las muelas y me ahogo y estornudo mucho. Mientras agonizo en el suelo, me pregunto qué me estará matando, el polvo amarillo, el humo de los coches o el chicle picante.
