BACINILLA ELEVADA AL CUBO
El pasado weekend disfruté de un puñado de obras de tres artistas en cuyas bacinillas me siento como en casa (una casa loca, sucia, caótica, maloliente e incómoda, pero casa al fin y al cabo). Aquí plasmo mis aún frescas impresiones, en otro de mis ya populares trípticos:
1) TODO ES LOUNGE, MI VIDA ES LYNCH. Eso decía una canción de Stardu. A mí me ocurre lo mismo, porque me veo obligado a trabajar en ambientes lujosos o sofisticados, pero mi interior se asemeja más a un descampado tercermundista o a un poblado de chabolas dominado por las más aterradoras pesadillas (sin ellas, auténticos zurullos de mi inconsciente, ya me habría vuelto locuelo). Y, tal vez por eso, por mi callo en los cenagales del mundo onírico, vi “Inland Empire” como quien ve una comedia de Tati: más allá de su laberíntico argumento (que es lo de menos), la última pinícula de Lynch es un auténtico viaje onírico a las paranoias de una persona tronada. Disfruté como un enano, a lo largo de tres horas que me parecieron tres minutos y me devolvieron el respeto que le había perdido a David hace tiempo (mientras, en la fila de alante, Single encanecían). El otro David, el Cronenberg, debería de tomar buena nota, dejarse de mondrigonadas comerciales y hacer lo que le salga de los testículos. Total, para tres telediarios que vivimos… Si Zulueta (hermano espiritual de Lynch) levanta cabeza algún día, hará algo parecido, una pesadilla metadónica, poliédrica y paramusical, de espaldas al patio de butacas y ajena a la velocidad del segundero. Una de esas escasas ocasiones de disfrutar del cine como una de las feas artes.
Así queda, por ahora, mi top 5 lynchiano: 1) “Cabeza Borradora”. 2) “Inland Empire”. 3) “Six Men Getting Sick”. 4) “Twin Peaks”. 5) “Terciopelo Azul”.
¿No habéis visto “Six Men Getting Sick”? Pues aquí os lo dejo, en todo su enfermizo esplendor.
2) ESPACIO EN BLANCO. El último proyecto del artista underground Antonio de la Rosa se llama (o, mejor dicho, se llamó) “Hatsitu”. Duró poco, entre las 21 y 23 horas del sábado pasado, y yo aguanté allí sólo unos ¿minutos? No sé, porque el tiempo se estiró como un chicle caliente.
La obra consistía en una pequeña habitación blanca, en plena calle San Vicente Ferrer, en la que no había nada más que un mareante olor a chinazo, pero no a persona china grande, sino a chino de heroína. El ambiente en ese espacio era increíblemente malsano, como si varias familias gitanas hubieran pasado ahí una semana fumando droga pero sin manchar nada, para que el hedor contrastara con la blancura inmaculada de paredes, techo y suelo. La única explicación que de esto encontraron los asistentes más despistados fue una hojilla malfotocopiada en la que se daban algunas pistas de aquella cosa: “Melodías y horas y más horas. Siete mil maneras de saber cómo no; y un olor o una pausa o un traspiés, cualquier cosa jugando al arrebato de ahora y ya“. El gran Farrandemora, improvisó una inolvidable performance al empujar a un popular crítico cinematográfico que pasaba por allí al interior de la sala del jaco; el comentarista, desconcertado, salió por patas en cuando inhaló el primer milímetro cúbico de aire viciado.
Sin embargo, Haro Ibars se hubiera quedado una eternidad en esos infernales/celestiales doce metros cuadrados de blanco caballuno.

3) Y PAIK CREÓ EL VIDEOARTE. Al menos, la compañía Telefónica vale para algo más que extender facturas hinchadas: en su Fundación (Gran Vía, 28. Madrid) se celebra, hasta el nosecuántos de mayo, la expo dedicada al papá del videoarte, el artista coreano Nam June Paik (Seúl, 1932 - Miami, 2006), que no tiene desperdicio. Sobre todo si, como yo, te interesan los eslabones perdidos entre la cultura occidental y la espiritualidad oriental. Paik junta despojos de la tecnología (punta y vintage) occidental y construye con ellas sus dantescas visiones orientales. Restos pseudoarqueológicos de una mitología imposible, intangible, que sólo existe en la torturada, partida y, aún así, orgullosa alma coreana.
Pero la obra que os presento hoy aquí no estaba en la expo del otro día (tal vez porque pocos la hubiéramos soportado) y demuestra que Paik es al videoarte lo que John Cage a la música, poco más o menos. La pieza se llama “Zen For Film” y fue creada entre 1962 y 1964. Ocho minutos de pantalla en blanco que formularon por primera vez una ingenua pero brillante imagen catódica de la metidación budista. 625 líneas blancas para una disciplina espiritual sin mando a distancia. Porque cielo, infierno, tierra y tele son eso: una gran nada, una dulce nada. Tal vez algún monje extraterrestre alcance algún día el satori viendo este video.
