EL JUEGO DE LA PISCINA NEGRA

March 15, 2007

“Este lado del espejo está tan florido como un cenagal”.
Chucho
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Estoy en una piscina interior llena de agua sucia y estancada. Con un puñado de desconocidos, me meto en el estanque vestido. Las paredes, el fondo de la piscina y todo lo demás es negro como un moflete guineano. Nuestras ropas también. Chapoteamos en el agua maloliente esperando una señal, mientras al fondo suena el “Closer” (pero no el de Joy Division, sino el de Plastikman, en una versión aún más oscura e infernal, que retumba sordamente contra las paredes de hormigón). Seguimos nadando, hasta que el juego va tomando forma. Algunos hombres salen de la piscina y otros que estaban fuera pasan a entrar, mientras yo floto como un muerto. Un señor alto, de pelo pincho y blanco nada cerca de mí. En ese momento, fuera del tiempo, entran en escena dos siniestros seres, también vestidos de negro, pero como de época. Se meten en la piscina. Uno se sube a los hombros del otro, cuya cabeza permanece sumergida y anda a grandes zancadas, mientras el de arriba nos señala y hace horrísonos sonidos con la boca al acercarse (entre balbuceos y chirridos dentales). En el agua sólo quedamos el señor de pelo blanco, el tandem equino y yo: los demás han salido de la piscina y ejercen de espectadores en la sombra, observando con saltones ojos de insecto nuestra acuática y aterradora versión del corre-que-te-pillo. Yo salgo de la piscina deprisa y me precipito hacia la puerta y el señor pelopincho detrás de mi y nuestros perseguidores detrás de él, uno sobre el otro, culo sobre hombros. Nos pisan los talones y cierro la puerta al pasar, pero vienen cerca y llego al vestíbulo pero sólo me da tiempo a abrir la puerta de la calle y cuando miro hacia atrás ahí está el pelopincho. La criatura de dos cuerpos nos alcanza, pero pasa de él y viene hacia mi. La miro con horror, creyendo que es el fin, que me ha pillado, pero pasa también de mi y se dirige hacia la puerta entreabierta, se cuela por ella y se va. A la luz del sol, ambos seres se funden, transformándose en un monstruo parecido a un híbrido entre mantis religiosa, humanoide y canguro, que sale corriendo y saltando. El pelopincho cierra la puerta y me chilla: “¡Tú la llevas!”. Y se sube sobre mis hombros. Ahora vestimos trajes negros de época y, uno sobre otro, culo sobre hombros, volvemos a la piscina negra. A jugar, diría Joaquín Prats.

Sueño dedicado a la memoria de H.P. Lovecraft
(20 agosto 1890 - 15 marzo 1937)
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