EL PÁJARO-CUCARACHA
“Blackbird singing in the dead of night…”
Paul McCartney.
Estoy en mi casa de Madrid y debo afeitarme porque tengo melenas en la cara. Cojo un bote de espuma y cuchillas y a tientas me voy al salón, que está oscuro y sucio. Le doy al interruptor que enciende el tubo fluorescente, pero no funciona. “Debo conectar la lamparilla o no podré afeitarme“, pienso. Y lo hago. Y miro en el espejo mugriento, descascarillado, mi cara greñuda y loca que casi me da miedo. Agarro el bote de espuma y apunto a mi jeta, pero la espuma sale no disparada, sino a borbotones verdeazulados y debo dejármela caer encima, hasta que una esponjosa nube cubre toda mi cabeza. Y, así, empiezo a afeitarme, con los ojos cerrados, mientras las luces (de la lamparilla y del tubo fluorescente) parpadean y chispean a mi alrededor. Cuando tengo media cara afeitada, aderezada con no pocos cortes, empieza a pasar gente que conozco: todos ellos viven en mi habitación, que es un chiscón abarrotado de pequeños catres. Allí está Nono junto a varias amigas, amén de Cisco y otros crápulas. Todos y todas se acuestan y duermen, menos Cisco, que viene al saloncito oscuro donde me afeito y me dice: “Tío, hay un bicho ahí abajo que me da mucho miedo“. Le pregunto dónde está y me señala el espacio que hay entre el sofá y una torre de libros y libretas. “Mmm, no lo veo“, digo, pero Cisco se sube a una tambaleante tarima y dice: “m-me dan mi-miedo los bi-bichos“… y luego se baja y se va a esconderse. Pero sigo sin verlo, porque las luces se funden, chispean y, algunas de ellas, se apagan y debo mover el cable para que vuelva la luz. Por fin, consigo mantener encendida la bombilla de un flexo plateado y veo lo que asustó a Cisco: una cucaracha nogroazulada, enorme y alargada que escapa por el espacio que hay entre el sofá y una torre de libros. Lo miro con una mezcla de asco y sorpresa, y el bicho abre las alas y empieza a mutar, transformándose en un hermoso y grimoso pajarico mediano de cuerpo negro y plumas multicolores. Voy a avisar a Cisco, a Nono y a los demás: los saco de la cama porque quiero que vean a esa extraña ave del subsuelo. Al principio no me creen, pero insisto: deben venir a ver al pájaro-bicho para creerlo. Para verlo, tenemos que hacer otra vez todo el juego de las luces, encendiendo unas y apagando otras. Algunas de ellas, como la lamparita gris de la mesilla de afeitado, hay que moverlas mucho para que hagan contacto. Y el tubo fluorescente no deja de temblar. Al fin vemos al pájaro-cucaracha, que emite un singular canto (”la-la-la“), y lo perseguimos para matarlo o ahuyentarlo. Abro la ventana que da al patio de luces, pero no sale. Cisco rompe el cristal y tira las rejas de la ventana y el pájaro sale al fin al patio, espantado por nuestros aspavientos. Todos vamos detrás y lo seguimos hasta el patio de luces. Algún vecino se asoma a su ventana, mirando sin sorprenderse demasiado. Seguimos al pájaro, que se ha metido en el piso de enfrente y sólo asoma su cola multicolor de enano pavo real, sin dejar de piar. La-la-la. Al verlo y oirlo, nos invade una felicidad demencial y, como en un musical, empezamos a cantar y bailar al ritmo circense de una música coral y fellininana: “La-la-la / la-la-la / la-la-la / la-la-la“. De las ventanas vecinas, saltan grandes peluches de tamaño natural que bailan con nosotros. Nono baila con un elefante rosa y yo con un oso azul… Todos ellos, todos nosotros, somos hijos del pájaro-cucaracha y eso nos hace felices. Por eso cantamos y por eso bailamos, aunque nos vean los vecinos y se escandalicen y se rían un poco de nosotros. Pero todo da igual, porque allí, al fondo, asoma el pájaro de colores y yo voy hacia él sonriendo para tocarlo… hasta que el oso azul me grita. “¡Noooo! ¡Apartaaaa! ¡Mira pero no toques, desgraciado! ¡Es el pájaro de la sabiduría y si lo tocas te volverás loco!“. Así que me alejo del pájaro, doy la vuelta y sigo bailando y cantando en el patio de mi casa, que no es particular.

