“Dr. House: Tiene usted un parásito.
Paciente: ¿Como la solitaria o algo así? ¿Puede sacármelo?
Dr. House: Sólo hasta de aquí a un mes. Luego será ilegal sacarlo, excepto en un par de estados…
Paciente: ¿Ilegal?
Dr. House: No se preocupe. Tiene uno de esos parásitos que salen a los nueve meses. Normalmente las mujeres se encariñan con ellos, les compran ropitas, les llevan de paseo y les limpian el culo“.
Sueño que estoy con un grupo de personas en los pasillos de una emisora de televisión local muy cutre, esperando a que empiece el programa que hacemos. Es una serie de televisión, un telefilme tipo “Estrenos TV”, sobre la lucha personal y la superación de los obstáculos. El escenario representa un hogar familiar y yo interpreto el papel de amigo del hijo mayor de una familia numerosa. Ambos superamos varios problemas: él me cuenta que ha dejado a una chica embarazada y están dudando si abortar o no. Pasan más capítulos a gran velocidad y nos enfrentamos a nuevos problemas: sexo, droga y rock’n'roll. Hoy es el último episodio y avanzamos por una escalera llena de obstáculos, que tenemos que subir mientras una cinta transportadora intenta echarnos hacia atrás, hacernos perder el equilibrio. Pero conseguimos avanzar y pasar pantalla, tras matar a un buen puñado de “space invaders“. Al final, aparecen todos los miembros vivos de la familia numerosa y nos abrazan, en un bobalicón y almibarado “fin de fiesta”, donde todos (menos yo) hablan, entre lágrimas de emoción, de lo bonito que es ser amigos y familiares y superar las adversidades de la vida corriente. Pero, de pronto, alguien grita “¡corten!” y se encienden todos los focos y todo el mundo aplaude, pero nosotros, tan amigos antes, ahora pasamos todos de todos. Me siento mal y me quiero ir de esta casa-plató, de este gélido hogar de atrezzo. Pero antes necesito urgentemente visitar el W.C.; lo intento y están todos ocupados… menos el del piso de arriba. Y para llegar a él tengo que superar nuevos obstáculos: trepo por psicóticos muebles escherianos hasta alcanzar un ventanuco por el que me cuelo con gran esfuerzo, porque es diminuto y casi no quepo. Pero vuelvo a salir al plató y sigo trepando por las paredes sin caerme como una araña humana hasta alcanzar otra ventana, mientras la abuela de la familia me mira y me lanza una sonrisa sardónica. Salgo por fin al baño. Y llueve a cántaros del techo-cielo y la madre de la familia sale de la ducha desnuda junto a su hijo incestuoso. Yo también quiero ducharme pero, al saltar por la ventana, caigo al otro extremo y una pared me impide acceder a la zona de la bañera. Aquí sólo hay un metro cuadrado con una taza de váter rodeada por azulejos mugrientos y pintadas obscenas. Miro al fondo de la taza y veo un feto aún vivo. Reprimiendo mi asco y mi horror, bajo la tapa y me siento encima y enciendo un porro que tenía en el bolsillo; al fumar, me invade un sentimiento adolescente que creía olvidado: “¿Me estoy poniendo demasiado ciego? ¿Controlaré para hablar normal con la familia?” No sé, pero continúo fumando hasta darme cuenta de que sigo en el telefilme, siempre he estado en él, desde que nací de una taza de váter. Y estoy harto. Por eso tiro de la cadena. Y, bajando por una tubería llena de mierda, vuelvo a nacer a la ¿realidad?… y me despierto.
He dedicado varios posts dildodrómicos a Juan Eduardo Cirlot pero, debido a mi proverbial despiste, se me había pasado el que, sin duda, resulta más importante y significativo para el mundo de lo onírico. Se trata de la entrada “Sueños” en su imprescindible “Diccionario de los símbolos”, que llevo meses estudiando en inmersiones intermitentes. Vamos a por ella:
“Sueños
Una de las fuentes principales del material simbólico. Desde la Antigüedad se les prestó gran atención, distinguiéndose entre sueños ordinarios y extraordinarios (por la persona soñante, el valor de las imágenes oníricas y por las circunstancias del sueño). Se creyó en la existencia de sueños premonitorios, en una verdadera adivinación por medio del sueño, sea de hechos generales y lejanos, o de hechos concretos e inmediatos. Los mejores ejemplos están en la Biblia: son los sueños de José (Gn 37, 5-11). El interés por los sueños ha llevado a codificar repertorios de significados, en “diccionarios de los sueños” de escaso o nulo valor místico y científico, aunque pueden contener datos verdaderos por tradición o información. Desde Freud, la interpretación simbólica de sueños ha constituido una de las vías mayores del psicoanálisis (de series de sueños mejor que de sueños aislados aun importantes). Por su concreto simbolismo, relacionado con un tema esencial en la tradición, como el de la escalera, vamos a transcribir el sueño que tuvo una mártir poco antes de ser puesta ante la prueba suprema, siendo frecuente que los cristianos presos por su religión tuvieran sueños netamente simbólicos o premonitorios: “Rogué, en efecto, y he aquí lo que me fue mostrado: una escalera de oro, de gran altura, subía hasta el cielo, escalera estrecha que se podía subir sólo uno a uno; a cada lado de ella había todo género de objetos de acero: espadas, lanzas, garfios, cuchillos… Bajo la escalera estaba un gran dragón dispuesto a acometer a todos aquellos que quisieran subir…” (Diario de Santa Perpetua, documento del año 203).
Descubrí al ilustrador nipón Ohta Keiichi tarde, mal y arrastro: en 2003, en Tokio, me topé con una de sus repugnantes postales en una subterránea tienducha llena de snuff videos, fotos porno ilegales y tebeos raros como perros verdes. En la postal aparecía un niño obeso cuyas carnes se abrían y supuraban sanguinolentos filetes que eran comidos crudos por sus voraces amiguitos. Desde entonces, Keiichi se convirtió en uno de mis dibujantes japoneses favoritos, uno de esos autores que (como Suehiro Maruo, Trevor Brown, Stu Mead, Blanquet y un largo y sórdido etcétera) encuentran en la ilustración una forma de vomitar sus pesadillas, de limpiarse las meninges para no enloquecer y acabar convertidos en serial killers, devoradores de órganos humanos o molestadores de infantes (que no de infantas, o también) mongólicos. El arte de Ohta tiene, en fin, un poder tan curativo para su alma como los malos sueños para el onironauta.

Ohta Keiichi (Ota Kêiti para los amigos) nació en Tokio en 1957 y tuvo la suerte de ser joven en el Japón de los 80, una época en la que había una importante escena artística underground en su país. Empezó grabando discos de música increíblemente extraña y salvaje, siguió decorando posters y carátulas con atrocidades, continuó haciendo ilustraciones para revistas sadomasoquistas y terminó consagrado al arte extremo, defecando un buen puñado de ilustraciones e historietas cada año. Todo ello con el sano objetivo de desahogarse y no cometer alguna locura que le hiciera pasar el resto de sus días en una celda acolchada.
En los 90, Ohta se convirtió en artista de culto mundial al aparecer en la visionaria revista cyberpunk “Mondo 2000“; más tarde, conquistaría las alcantarillas gabachas gracias a sus páginas para el periódico de crítica social hardcore “CQFD“, logrando colarse en el colectivo Le Dernier Cri , para los que también rodó su primera pieza de animación, tan brillante y demente como su obra estática. Hoy, sus exposiciones se multiplican, llenando de horror las galerías más bizarre del planeta.

Haciendo gala de un retorcido sentido del humor, Ohta plasma y condensa en sus imágenes la aberración, la crueldad, la locura y la belleza que laten en los intestinos de Japón, unos intestinos siempre dispuestos a ser rebanados por el gélido filo de una katana. El resultado es perturbador… sobre todo para el fofo ojo occidental. Son escenas dantescas, dibujos para no volver a dormir nunca más, residuos psicotóxicos de una imaginación tan desbordante como malsana.

Sé lo que estás pensando: “Bah, ya nada me asusta en estos tiempos, lo he visto todo, no me impacta lo que hace el chino este, la realidad supera a la ficción“. Ya, pero… ¿Pondrías un cuadro como este en tu habitación? ¿Soportarías verlo noche tras noche sin sufrir horribles pesadillas?

¿Cómo? ¿Que qué clase de individuo es capaz de pintar estos horrores? Pues un tipo bastante normal (para ser japonés), si exceptuamos alguna pequeña rareza como, no sé, vivir entre muñecos de niños a tamaño natural o coleccionar botellas de formol llenas de insectos y serpientes. Pero, nada, ya digo, son menudencias, simples anécdotas, porque, ya lo ves, Ohta Keiichi es un señor con pinta de no haber roto nunca un plato. ¿Verdad?
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Como todos los dildonautas sabéis, este es un no-blog bastante hermético y tradicionalista donde no se admiten comentarios. Sin embargo, sí se aceptan e-mails, por la sencilla razón de que un correo electrónico es más reflexivo y menos atolondrado que un comment (más propio del zoo y, en general, de los blogs de actualidad, bizarra o no). No suelo publicar los mensajes que recibo, excepto que contengan sueños o textos de interés. Entre ellos, brilla con luz propia un e-mail que me envió anteayer Mikel Aizpurua, la mitad del heterodoxo dúo pop euskaldún Elurretan, por eso reproduzco aquí un fragmento, porque demuestra que, ciertos sueños sagrados, en los que late la Verdad y se adivina lo oculto, no son exclusivos de una sola persona, sino que forman parte del subconsciente colectivo. El caso es tener buenos pulmones para bucear hasta ellos y las redes del espíritu preparadas para pescarlos. En nuestras ensoñaciones, conscientes o inconscientes, tanto Elurretan como yo hemos paseado hasta la antesala del Infierno. Y, como buenos telépatas, hemos tenido muy parecidas visiones, aunque la mía surgiera de un paseo por las Fragas do Eume y la suya de repetidas inmersiones en el corazón del bosque vasco. Un proverbio chino dice que “se puede dormir en la misma cama y tener distintos sueños“, pero también se puede dormir en camas diferentes y tener sueños similares. Aquí está el texto que lo confirma; más adelante, publicaré las letras de las canciones de las que habla Mikel.
“Ayer por fin terminamos el disco (lo tendremos en un par de semanas), lo acabo de mandar a la fábrica, qué paz… Casi nos volvemos locos con él, que si sube, que si baja… y hoy he tenido la típica noche de cuando era estudiante y estudiaba todo de golpe el ultimo día, con imagenes de la portada y el libreto, las caras de los niños que aparecen en la misma, cachos de canciones, que si esta no esta bien, una mezcla de pesadilla… que me he levantado rarito, vamos. He mandado por fin el disco y lo demás, llego a casa, entro al Dildodrome, empiezo a leer tu sueño [”El abismo verde”] y mi vista va directamente a lo de “vamos contentos, hablando y riendo…” y luego leo el resto y… ese trozo está en una canción de nuestro futuro disco! (aunque la chica, por fortuna, no es un horrible esqueleto, que a ti también te gustan jamonas , como a nosotros:))) y el resto del sueño se parece a otra letra también y las imagenes que me evoca me recuerdan a esas dos canciones… Joé, que he alucinado en colores...”

Elurretan muy cerca del abismo verde.
“Qué peligro. Aquí siempre es domingo. Y empezamos a pensar otra vez en lo mismo.
Es claro. Es de catecismo. Mi primita se dispone a hacer turismo.
De excursión por el abismo”.
Josele Santiago.
Acompañado por un grupo de amigos, paseo cuesta arriba por una carretera incrustada en un bosque que serpentea hacia la cumbre de una gran montaña. Vamos contentos, hablando y riendo, mientras los rayos de sol atraviesan nuestras cabezas. Por fin, llegamos a la cima de la montaña; allí, a nuestros pies, hay un vertiginoso abismo verde, del que cuelgan piedras musgosas, cientos de árboles inmensos y extraños fósiles de piedra que parecen prehistóricos. La vista es disparatada, sí, un gigantesco precipicio verde cayendo en picado kilómetros y no se ve el fondo, pero es espectacular y disfrutamos de su belleza (rara y demencial, pero belleza al fin y al cabo). Mas, de pronto, todo se estropea. Del abismo emerge una chica etérea, rubia y esquelética como un viejo cadáver, y se acerca a mí con los brazos abiertos. Parece que pretende abrazarme, pero me da miedo y doy un paso atrás. Ella se detiene y habla: “No temas. No voy a tocarte. Sólo quiero decirte que este abismo verde es un antiguo lugar sagrado indígena. Aquí venían a suicidarse los outsiders de la tribu. Mira, míralos, porque la muerte los hizo más fuertes y se quedaron de piedra“. Contemplo alucinado los arcaicos totems de piedra, curtidos por las inclemencias del abismo, y entonces comprendo. Por eso, dejo atrás a mis amigos y a la rubia esquelética y doy un gran salto y caigo planeando hacia las profundidades del abismo verde, al hondo cementerio de outsiders suicidas, en busca del sueño eterno, del sagrado más allá, de la piedra filosofal que me convierta en estatua inmortal, de… Pero el horrísono grito de la rubia esquelética me deja congelado en el aire como un correcaminos: “¡Jajaja, sí, salta, salta, pero tú no te harás de piedra, porque no eres un outsider indio! ¡Tú te estrellarás contra las rocas y te convertirás en un muerto viviente, como yo, condenado a vagar por el abismo para siempre jajajajaaaaaaamás!” Mientras el eco de su risa bruja retumba contra las rocas del abismo, yo me descongelo y sigo cayendo hacia el infierno. Pienso que “más dura será la subida” pero, gracias a Dios, me despierto.

Manuel L. Acosta. “El abismo”. Oleo/Lienzo (80 X 70).
“Un soñador es un animal sin voluntad; la fuga de la imaginación hacia el mundo de la fantasía gasta todas las energías, y el soñador, cansado de su luengo viaje, no tiene fuerza ni para levantar un brazo. Así, los estáticos musulmanes sueñan, inmóviles, toda una vida, entre el humo aromático, las caricias de sus mujeres y el aroma de los cármenes.
Argamasilla era un soñador: hubiera hecho un excelente pachá turco o un admirable fakir; pero como en Madrid no hay harenes misteriosos y callados ni sagradas selvas, Argamasilla se refugiaba en un café, que es el sitio más propicio para el ensueño. En un café y en una oficina del Estado son los únicos lugares donde se goza del inefable placer de mirar al techo, hora tras hora…”
Emilio Carrere.

Sheikh árabe fumando. Ilustración de Emil Prisse.