“La espada ceñida es el alma viviente del samurai”.
Tokugawa Ieyasu.
Estoy en una fiesta privada para prensa de lujo, en un gigantesco pabellón ubicado en las afueras de un pueblo, en un país desconocido. La fiesta consiste en beber sangre de cerdo en copas de cáliz y luchar con espadas. Yo llevo una que tiene filo de katana pero empuñadura de espada del Rey Fernando el Católico. Me encuentro con un viejo amigo, creo que fuimos juntos al colegio, y decidimos luchar a muerte. Su espada es más moderna pero aparentemente más floja. Peleamos durante un rato sin herirnos, hasta que yo gano porque parto su espada en dos con el filo de mi katana cristiana. Mas le perdono la vida porque no encuentro razones para matarlo. Entonces se apagan las luces y para la música: la fiesta ha terminado. Todos salimos del inmenso pabellón, una muchedumbre de perdidos periodistas de tendencias con sus espadas colgando del cinturón. Pero fuera está oscuro y no hay rastro de taxis. Así que nos ponemos todos a andar en fila india por una lúgubre carreterita de pueblo. No pasa ni un coche. Caminamos en silencio. A los lados, bosques y campos oscuros. Cementerios llenos de tumbas con crucifijos que brillan en las tinieblas. Nadie habla y se masca el miedo. Andamos bastante tiempo hasta que vemos las luces lejanas de un autocar que se aproxima. Hay varias luchas con espada por subir al bus, porque no cabemos todos. Yo tengo la suerte de entrar de los primeros y me acomodo en un asiento, junto a otro antiguo compañero de colegio. “¿Dónde vamos?”, le pregunto. “De excursión”, responde él. “¿Al futuro?”, intuyo. “Qué va, al revés, ¿no te has enterado? Volvemos al pasado que será el presente. Nos llevan a todos al matadero, porque quieren hacer una buena purga para instaurar una nueva Edad Media. Sólo sobrevivirán los que tengan un gran dominio de la espada”, me aclara él. Y entonces me despierto. Me duelen la espalda y el cuello como si realmente hubiera estado luchando con una gran espada.

Este sueño es una excusa ideal para profundizar en los múltiples significados simbólicos de la espada. No hay que olvidar que Cirlot, autor del “Diccionario de los símbolos” más importante, pasó la mayor parte de su vida completamente obsesionado con las espadas: empezó a coleccionar ejemplares antiguos en 1951 y no paró hasta su muerte en 1973. La importancia tradicional atribuida a estas arcaicas armas blancas se refleja como en un espejo mágico en la entrada que le dedicó en su deslumbrante diccionario simbólico.
Pero no reproduciremos ésta (ya que apenas habla de katanas); para esta ocasión, creo que es más adecuado leer el estudio que el cirlotesco historiador del arte Luis Caeiro Izquierdo tituló “Aspectos simbólicos del sable japonés y de la espada occidental”:
“De la importancia del sable en la cultura japonesa da buena prueba Inazo Nitobe en Bushido. The Warrior’s Code (1), uno de cuyos capítulos recibe el contundente título de “El Sable, alma del Samurai”; como vemos, esta definición no puede expresar un más alto concepto. Sin embargo, la carga mítica y simbólica de la espada (a la que voy a considerar en este contexto como equivalente simbólico al sable) es universal y aun diría que perpetua llegando en determinados aspectos hasta hoy día (2).

El sable japonés no ha perdido ni enmascarado nunca esa veneración que han tenido las armas blancas en todas las culturas y que hoy, desde hace bastante tiempo, la cultura occidental ha relegado a poco menos que un residuo arqueológico sin por ello eliminar sus restos en el subconsciente colectivo; los sables y las espadas occidentales están hoy prácticamente olvidados en los museos, considerados en gran medida como un arte menor al lado de la pintura o la escultura. Japón siempre ha considerado la fabricación de espadas/sables como una de las artes mayores, con bastantes connotaciones religiosas, como tendremos ocasión de ver; como ejemplo de la importancia que tuvo este arte, tenemos la figura del Emperador Go-Toba (1180-1239) que, además de su labor política, fue un gran protector de los forjadores, siendo él mismo un Kami viviente, uno de ellos. Para él trabajaron los más grandes artistas de su tiempo, favoreció la investigación para mejorar la hoja convirtiéndose así en una figura casi mítica, representada en pinturas y grabados. Hoy Japón, con el espíritu de su cultura siempre reacio a romper con la tradición, sigue dando a sus sables una muy alta consideración, estando algunos de ellos calificados como tesoros nacionales.

En los tiempos dorados de la clase samurai el sable era una de las más preciadas posesiones de las familias y del individuo: “A los nobles japoneses les gusta sobre todo hacer ostentación de sus armas, y les enorgullece que sean lo más lujosas posibles. Sus sables, en particular, cuyo temple aventaja a los mejores, tienen generalmente enriquecido el puño y la vaina con ricos adornos de metal cincelados con la mayor finura; pero lo que constituye principalmente el valor de estas armas es su antigüedad y celebridad” (3). No puntualiza el autor de este texto que es la hoja lo más venerado; una vez forjada la hoja tiene lugar una ceremonia en un templo shintoista consistente en enrollar en el sable el cordón sagrado que une las columnas del Torii o Puerta de los Dioses (puertas situadas en los caminos de los templos), cordón llamado Shimenawa. El objetivo de esta ceremonia es que penetre en la hoja un alma con sus potencias. A partir de este momento la hoja se convierte para el Samurai en un ser vivo, inteligente y potencialmente activo.

Desde ese momento el sable es considerado como la prolongación del guerrero e incluso el guerrero se considera ocasionalmente una prolongación del sable (4). Sin embargo, esta prolongación debe entenderse sólo como se entendería entre dos compañeros de armas perfectamente compenetrados y no como si fuesen apéndices el uno del otro. Esta concepción del sable como individuo ha creado una visión antropomórfica en la que la hoja se identifica con el alma, la empuñadura (Tsuka) con la cabeza, la vaina (Saya) con el cuerpo y los demás complementos con el vestuario; es, pues, un ser vivo y autónomo al que se convierte en depositario de lo más valioso para el Samurai: la lealtad y el honor (5).

Como tal depositario, el sable recibe todo tipo de veneración. Ocupa en su soporte (pequeños muebles de madera con elementos metálicos que pueden ser horizontales o verticales, siendo los más extendidos los horizontales para albergar el juego de dos sables llamado Daisho) el lugar de privilegio de la pieza más importante de la casa; este lugar llamado Tokonoma es un espacio variado (poyete, repisa, hornacina, etc.) donde se colocan determinados objetos, pinturas, Ikebana… de manera asimétrica y con un sentido esencialmente provisional expresando el estado de ánimo del momento, así las pinturas cambian según la estación, la climatología o la circunstancia familiar. Suelen ser pocos objetos dispuestos, basándose en una estética claramente Zen; ahí se coloca el Sable presidiendo en cierto sentido la vida familiar. “Más de un templo y más de una familia en el Japón conservan un sable como objeto de adoración. Todo insulto que se le haga equivale a una afrenta personal. Desgraciado de aquél que negligentemente pasa por encima de un arma caída en el suelo“. En el mismo párrafo Nitobe nos da otro dato que nos acerca a usos más conocidos: “Compañeros constantes (el Samurai) los ama y les da nombres amistosos“. La costumbre de individualizar cada pieza dándole un nombre es sumamente usada en la caballería occidental: Arturo y Excalibur, Lanzarote y Ballarin, Roldán y Durandall, Sigfrido y Balmunga son unos cuantos ejemplos. En Japón también existen los nombres engarzándose muchas veces en el mito shintoista; así aparece la espada de Izanagi llamada Totsuka no Tsurugi (Espada de los Diez Brazos Abiertos), la espada de Susanoo llamada Orochi no Aramasa, con ella decapitó al Dragón multicéfalo en cuyo cuerpo encontró otra espada llamada Ame Murakumo Kusa (Preciosa Espada de las Amplias Nubes), que posteriormente se llamó Kusaragi-no Tsurugi (Espada del Mullido Césped) y que fue la espada que regaló a su hermana Amaterasu y ésta, a su vez, a los descendientes en el mito fundacional.
En la simbología general de la espada o el sable podemos encontrar una línea común o una serie de elementos similares entre las diversas culturas como vamos a esbozar a continuación.

El origen o relación primigenia de la espada con la divinidad es prácticamente universal en las diversas cosmogonías; en el Génesis ya aparece: “Y, desterrado Adán, colocó Dios delante del Paraíso de delicias un querubín con una espada de fuego, que andaba alrededor para guardar el camino que conducía al árbol de la vida” (7). En esta manifestación como espada de fuego, relativamente frecuente, es el símbolo de la justicia y la pureza (8). En el mito fundacional japonés aparecen dos armas fundamentales: en primer lugar, cronológicamente hablando, aparece la lanza llamada Nu-Boko de la que se valen Izanagi e Izanami para crear las islas japonesas, esta primigenia arma mitológica tenía la forma llamada Wabashira o “Columna de Macho“; este término designa la pilastra de una barandilla o parapeto sobre todo en los puentes, al mismo tiempo que tiene unas claras connotaciones fálicas, que son restos de antiguos cultos fálicos relacionados con la fertilidad (9). La lanza como tal es símbolo guerrero y sexual, con un sentido totalmente terrestre y material. La segunda arma que aparece en el mito fundacional shintoista es la espada Ame no Murakumo Kusa que forma parte del regalo fundacional del imperio japonés junto con el espejo de Amaterasu y la joya; es decir, que al primer orden, a la creación de un mundo sin civilizar corresponde la lanza y al segundo orden, un orden ya político, organizado y civilizado se corresponde con la espada que básicamente es un símbolo solar, celeste y espiritual.

En este sentido civilizador de la espada hay que entender la función de Excalibur en el ciclo artúrico, en el que también la espada está relacionada con una figura femenina (Dama de Lago) como en Japón (Amaterasu), y también la tradición de que los míticos fundadores de ciudades lleven siempre espadas en los antiguos relatos chinos. Asociada al sol que lucha contra las tinieblas y las vence, supone también la lucha y la victoria contra la barbarie, la del conocimiento sobre la ignorancia y la superación espiritual en oposición a la rama y a la multiplicidad, signo siempre del mal. En tal sentido hay que interpretar tanto la frase evangélica “No he venido a traer la paz sino la espada” (10) o, como la coránica “La daga es la llave del Cielo y del Infierno” (11).
La propia relación con el sol, ente que en sí mismo supone un carácter juvenil, potente, fuerte y generador, se asocia inevitablemente con los principios masculinos y, siguiendo esta línea, se llega a la relación con el sexo (12). La cultura japonesa asocia directamente el sable al sexo: “Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la eternidad y de la vida incesantemente renovada. La forma de los dos objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como emblemas, masculino y femenino, de la procreación. Hasta hace poco tiempo, en las romerías al templo de Ise, los vendedores de objetos devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la sexualidad” (13). Los cultos solares favorecieron en todas las culturas la aparición de organizaciones sociales y políticas bastante jerarquizadas (14); el interés en destacar las jerarquías nos lleva a una de las funciones sociales esenciales de las espadas y los sables. La espada ha sido desde siempre y en todas las culturas un distintivo de clase, relacionado siempre con los más elevados estratos, desde los bárbaros germánicos según recogen Tácito y Tito Livio hasta el caballero medieval, figura esencialmente aristocrática, e incluso hoy los mandos de los ejércitos españoles usan el sable como distintivo de jerarquía. No olvidemos que el primero y principal de los privilegios de la clase samurai era el derecho a llevar sable.

También de su origen solar proviene el carácter de acumulador y transmisor de energía. Esta energía que emana del sol o de Dios en el mundo cristiano medieval (15) se concentra en el arma o se transmite al guerrero. En el primer caso hay que situar algunos ejemplos de la humanización de estas piezas; en el mundo japonés he de destacar la historia del príncipe Keiko que encontrándose sitiado por un incendio fue salvado por su sable que, desenvainándose solo, cortó unos matorrales que le impedían el paso. Esta historia tiene sus paralelos con momentos de las novelas de caballería en las que la espada actúa independientemente de la voluntad de su propietario.

La personalidad de las armas blancas tiene una magnífica muestra en la literatura épica española, pues en el Cantar del Mio Cid se desarrolla un interesante proceso en relación con Colada y Tizona. Tras las bodas de las hijas del Cid con los infantes de Carrión y cuando ya vuelven a sus tierras dice el Cid:
“os daré mis dos espadas,
Colada y Tizona son,
las que más quiero, y sabed,
que las gané por varón”
Tras la afrenta en el robledal de Corpes y ante el Rey el Cid lo primero que reclama aún antes que el dinero son sus espadas:
“Y en señal de mi cariño
les dí colada y Tizón,
(éstas las gané luchando
al estilo de varón)
para que ganaran honra
y que os sirvieran a vos;
cuando dejaron mis hijas
abandonadas las dos
nada quisieron conmigo
y así perdieron mi amor,
denme, pues, mis dos espadas
ya que mis yernos no son.”
Lo más jugoso de esta historia para el tema que nos ocupa viene ahora. Los infantes han entregado al Cid las espadas y después se plantea el desafío a lo que se prestan los infantes pero:
“Estuvieron discutiendo
y al Rey pidieron que no
se emplease la Colada
ni Tizón, aquellas dos
espadas, que no las usen
los del Cid Campeador,
arrepentidos estaban
de darlas los de Carrión” (17).
En otras palabras: los infantes tienen más miedo a las espadas en sí que a la fuerza o destreza de los hombres que las manejan.
El arma blanca no sólo concentra la energía, sino que es un elemento conductor de la misma. Como tal funciona en las ceremonias de la Orden de Caballería en las que la fuerza, fundamentalmente espiritual, penetra en el nuevo caballero a través suyo con los célebres espaldarazos; este ritual crea entre el caballero nombrante y el nuevo caballero una relación muy semejante al parentesco, pues en realidad se trata de un parentesco espiritual, que al mismo tiempo es una base muy fuerte para la estructura del poder feudal basada en los vínculos personales (18).
Volviendo al texto del Cantar del Mío Cid recogido, hay una idea que se repite constantemente: la asociación de la espada con la condición masculina. Esta asociación se da en una doble vertiente: sexual y viril o, lo que es lo mismo, como individuo diferenciado de la mujer (portadora de la vida y simbolizada en algunas culturas por el huso) y como hombre adulto (capaz de reproducirse, cazar y combatir, portador en cierto sentido de la muerte). Ejemplo claro de esta doble vertiente es la relación del samurai con su sable; desde muy pequeño se le da al niño samurai un sable adecuado a su tamaño, pero no el auténtico; éste sólo se le dará a los catorce o quince años, es decir, no cuando el muchacho alcanza la capacidad física y la destreza para manejar el sable, sino cuando, al alcanzar su pleno desarrollo sexual, es considerado un hombre adulto. La imagen del Samurai completamente armado resalta precisamente esta relación con la más pura sexualidad viril destacando, mediante la empuñadura del sable, los órganos sexuales masculinos.

La relación del varón con la espada/sable es universal; existe un ejemplo definitorio de ella en la mitología griega, en la que la espada no es especialmente valorada (destacando mucho más el escudo, la lanza o las herramientas). Aquiles se esconde por voluntad de su madre para no ir a la guerra de Troya disfrazándose de doncella entre otras doncellas; llegan los guerreros buscándole y el siempre astuto Ulises le tiende una trampa: presenta a las doncellas un cofre lleno de regalos característicamente “femeninos”, telas, joyas, peines, etc., y entre ellos una espada que, inevitablemente, Aquiles empuña, delatando así su condición masculina (19).

Toda esta complicada simbología, que apenas he podido esbozar, ha hecho que el sable japonés se haya convertido en un objeto de gran importancia a la que no es ajena la belleza intrínseca de la hoja: “La fría hoja cubriéndose de vaho en el momento de salir de la vaina, su materia inmaculada reflejando una luz de tinte azulado, su incomparable filo del que depende la historia de los pueblos y sus posibilidades, la curva de su lomo, ungiendo la gracia exquisita a la fuerza más rígida, todo ello nos sugiere una mezcla de sentimiento de poder y de belleza, de respeto y de terror” (20); emocionada descripción de un arma, tan hermosa e inquietante que ha sido capaz como ninguna otra de simbolizar a un pueblo.
NOTAS
(1) Nitobe, Inazo: Bushido. The Warriors Code. California, 1979. También Bushido, el corazón de Japón. Barcelona, 1988, edición en castellano de la misma obra.
(2) Aspectos que, sin darnos cuenta, nos rodean y que abarcan desde una firma comercial de cuchillas de afeitar al arco triunfal irakí conmemorativo de la victoria sobre Irán, formado por dos gigantescas cimitarras, o al Oscar de la Academia de Artes de Hollywood, emblema y símbolo parlante del éxito en la actual cultura de la imagen (y el mundo de la imagen es en gran medida el mundo que creó Hollywood). Como vemos, la espada, en sus manifestaciones simbólicas actuales, siempre aparece con sus connotaciones positivas (Calidad, Victoria, Éxito).
(3) Humbert, Aimé: Viaje al Japón. Madrid, 1983, pp. 286-287.
(4) Ríos, C. H.: Samurai. La vía del sable. Barcelona, 1982, p. 30.
(5) Nitobe, Inazo: Op. cit., p. 106. En esta cita y las siguientes Nitobe nos da una visión muy expresiva de la posición del sable en la familia japonesa.
(6) Robinson, B. W.: The arts of the Japanese Sword. Londres /Boston, 1970.
(7) Génesis: cap. III, vers. 24.
(8) Cirlot, J. E.: Diccionario de símbolos. Barcelona, 1978, pp. 192-193.
(9) Blair, Claude: Enciclopedia Raggionata delle Armi. Milán, 1979.
(10) Mateo 10, 34.
(11) Recojo la cita de Nitobe, Inazo: Op. cit., p. 105.
(12) Cirlot, J. E.: Op. cit., pp. 192-194.
(13) Blasco Ibáñez, Vicente: La vuelta al mundo de un novelista. Madrid, 1958, p. 435.
(14) Cirlot, J. E.: Op. cit., pp. 192-194.
(15) Keen, Maurice: La caballería. Barcelona, 1986, p. 102.
(17) Anónimo: Poema del Mio Cid. Barcelona, 1969.
(18) En 1948, durante las conmemoraciones del séptimo centenario de la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo los Caballeros Alumnos de la Escuela Naval Militar recibieron el espaldarazo con la espada de dicho monarca, acto que apoya lo expuesto brevemente sobre la perdurabilidad de la simbología del sable.
(19) Falcón Martínez, C. / Fernández Galiano / López Melero, R.: Diccionario de la Mitología clásica. Madrid, 1980, pp. 70-71, por ejemplo.
(20) Nitobe, Inazo: Op. cit., p. 108.






