Vivo al borde de unos acantilados, donde se celebra un festival de psicosurf. Yo concurso en una peligrosísima modalidad, llamada Boing Board, en la que la tabla está sujeta a un enorme muelle y se surfea dando botes sobre la arena. Compito con tabla prestada, contra una preadolescente rubia, fuerte y algo andrógina, que domina perfectamente el equilibrio sobre la tabla y ha desarrollado una especie de agallas que le permiten respirar dentro y fuera del agua. En esta modalidad, se procede al revés: salimos del mar y surfeamos sobre la arena. Durante un rato, boto bien, pero el muelle de mi tabla parece cobrar vida: crece, muta, se retuerce y yo siento vértigo y pierdo un poco el equilibrio. Estoy muy alto y veo mi casa y la belleza salvaje de los acantilados desde arriba, pero no consigo disfrutar de estas visiones porque no llevo gafas y está todo borroso y tengo miedo a caerme.
La preadolescente anfibia salta de la playa y se desliza por las rocas y escala a botes por los acantilados. Intento seguirla y me caigo, pero el muelle rebota en una roca y el impacto hace que salte hasta la cima de los acantilados, donde se encuentra la meta. He ganado la carrera y mi rival me regala su tabla: una preciosa Boing Board con un muelle de adamantium de gran estabilidad. Le doy las gracias y asumo mi nuevo destino como Boing Boarder: ahora estoy obligado a usar siempre la tabla, botando por los acantilados hasta la muerte. Estoy contento de haber ganado pero, en el fondo, envidio el espíritu y la genética de la preadolescente anfibia: ella vive en una de las cuevas: es una auténtica hija de los acantilados.
“No debes soñar tu vida. Debes ser, completamente, en todo lo que haces“, dijo Taisen Deshimaru. En este documento excepcional, el maestro de maestros explica cómo sentarse en zazen… en cincuentaycuatro segundos. Pero, como para una persona iluminada cada segundo no es un fragmento de la eternidad sino la eternidad misma, deberíamos preguntarnos cuánto dura realmente este vídeo. Podría ser un buen koan para la era del YouTube.
Una especie de oficina siniestra, una cosa como sacada de un cuento de Rafael Azcona o de la versión orsoniana de EL PROCESO, con pupitres y banquetas y estanterías enormes repletas de legajos. Todo desastrado y polvoriento. Yo escribo con una pluma mojada en un tintero incrustado en el pupitre (así lo hice en el colegio de los Maristas allá por el 66), llevo visera en la cabeza y manguitos guarrendongos (porque, al ser zurdo, cada vez que escribo, lo emborrono todo con el dorso de la mano –igualito, igualito que en los HHMM-). También calzo en mi aguileña probóscide gafas de gruesa lente. Todos los que me rodean son como yo: insignificantes, canosos clónicos de Foucault o del profesor Farnsworth, con manchas de la edad en la calva y las extremidades.
Pero… En un pupitre vecino me encuentro a una cara nueva, una especie de Ana Milán (la iracunda directiva de CAMERA CAFE) pero más retaca, que dirige hacia mí su cara con expresión hostil y, acto seguido, me arroja botellas de agua de plástico. Un compañero me dice que no responda a sus ataques porque es la recomendada del jefe y, además, ciega. En efecto, mientras el resto garrapateamos en los pergaminos con frenesí amblíope, ella se limita a balancearse como Ray Charles ante el piano o Fraga ante el atril parlamentario y, de vez en cuando, vuelve a enfilarme y a arrojarme más envases de FONT VELLA.
Yo, un poco harto y encendido de vergüenza (todos me miran como si yo la hubiese ofendido de alguna manera), me levanto con la excusa de ir al lavabo. Cuando llego a éste (idéntico -en cuanto a grimosidad- a los camerinos de algunas salas donde he actuado en mi vida vigil) la ciega se me pega a la cara como un alien y me empieza a morrear con furia. Noto algo fluido llenando mi boca. Creo que es su saliva pero el sabor es otro: me despego y es sangre.
Entonces, con las fauces y la pechera de su traje chaqueta completamente empapadas de rojo, me dice sonriente mirando al vacío: “LAS TISICAS SIEMPRE ESTAMOS SALIDAS. MUCHACHO, TE HA TOCADO LA LOTERIA”.
Antes de que pueda reaccionar, suena el despertador.
“La leyenda del tiempo“ es una de las mejores canciones jamás cantadas por Camarón (1950-1992). Está incluida en el disco del mismo nombre, grabado en 1979; fue un album tan mítico (por romper barreras entre géneros a golpes de inspiración y locura) como controvertido (por ensuciar la tradición del flamenco puro con lamparones rockeros). El propio Camarón reconocería, diez años después de su publicación, que en aquel disco había pisado un territorio muy delicado: “Hay que tener cuidado con lo que se hace, no salirse fuera de los límites del flamenco, que los tiene”, afirmó en una de sus poquísimas entrevistas: era un ser tan escurridizo como los auténticos camarones del mar.
“La leyenda del tiempo”, la canción, fue construida sobre un poema de Lorca, que Ricardo Pachón transformó en bulería (eliminando para ello varias estrofas) y José Monge, midas del flamenco, en oro puro… como todo lo que tocaba con su voz sagrada.
La letra de la canción profundiza en temas tan dildodrómicos como el sueño o el paso del tiempo, dos cuestiones que convirtieron a Lorca en uno de los creadores favoritos de Friedrich Georg , escritor y poeta alemán obsesionado con la esencia cíclica de la existencia. No sé si el buen Friedrich escuchó alguna vez a Camarón (los Jünger nunca fueron muy musicales) pero, sin duda, habría alucinado con su voz salvaje, que rompe la barrera del tiempo y forma parte de los poderes de la naturaleza. El grito de Camarón pertenece al mundo de lo biológico, de lo somático, de la sangre y se encuentra fuera del submundo moderno, tan plano, frío y autocastrado como los hombres que lo habitan. Camarón habría fascinado a Friedrich George (y me fascina a mi) porque fue, sobe todo, un hombre orgánico, profundamente unido al cosmos y a los ritmos cósmicos. Tal vez aquí, y en ningún otro lugar, esté el secreto de su inimitable voz, de sus brutales interpretaciones. Sólo él pudo transformar en sonido este texto magistral:
“Él soñaba sobre el tiempo
Flotando como un velero
Nadie puede abrir semillas
En el corazón del sueño
El tiempo va sobre el sueño
Hundido hasta los cabellos
Ayer y mañana comen
Oscuras flores de duelo
El soñaba sobre el tiempo
Flotando como un velero
Nadie puede abrir semillas
En el corazón del sueño
Sobre la misma columna
Abrazados sueño y tiempo
Cruza el gemido del niño
La lengua rota del viejo
El soñaba sobre el tiempo
Flotando como un velero
Nadie puede abrir semillas
En el corazón del sueño
Y si el sueño finge muros
En la llanura del tiempo
El tiempo le hace creer
Que nace en aquel momento
El soñaba sobre el tiempo
Flotando como un velero
Nadie puede abrir semillas
En el corazón del sueño
El soñaba sobre el tiempo
Flotando como un velero
Nadie puede abrir semillas
En el corazón del sueño”.
Nota: las estrofas del poema original de Lorca suprimidas en esta adaptación son: “¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!”
La versión completa del texto puede encontrarse en la obra de teatro “Así que pasen cinco años” (Ediciones Cátedra, 1995).
“A la rabia del perro corresponde la envidia del hombre”.
Ramón Gómez de la Serna. Nono y yo estamos en medio de un solar abandonado, sentados entre escombros y vegetación, viendo una película que alguien proyecta en la fachada de una casa en ruinas. La película es una snuff movie perdida que, según la leyenda urbana, fue rodada en México a finales de los 70. Yo ya la he visto y le digo a Nono: “Es floja, pero ya verás como el final mola”. Y llega el final, y ahora estamos nosotros metidos en la película, protagonizándola pero, por las cosas de los sueños, no nos extraña: nuestra entrada en acción se produce de la forma más natural del mundo. Nos encontramos en una cantina mexicana con toque árabes. Pedimos algo de comer y dos Coronitas a la camarera, una chica bajita y graciosa. Como por un altavoz, suena la escalofriante y atronadora voz del dueño de la cantina, que habla desde otra habitación en un idioma que es mezcla de mexicano, francés y árabe. No entendemos, pero intuímos que ese hombre no dice nada bueno de nosotros. La camarera se va y, al cabo de un rato, vuelve con una especie de gachas ultrapicantes pero que, por puro miedo, no podemos rechazar. Yo intento a duras penas separar el picante de las gachas, lo envuelvo en una servilleta y luego voy al servicio y lo tiro por el vater. Vuelvo a la mesa y noto que el ambiente se ha vuelto más agobiante. El calor húmedo nos dice que hay peligro. De pronto, se confirman nuestras sospechas: aparece un perro gigantesco con enormes y babeantes fauces que se abalanza sobre nosotros.
Le doy una patada y salimos corriendo del comedor, pero el animal nos persigue corriendo por pasillos laberínticos hasta que llegamos a una sala en la que se expone una colección de muñecas repollo sumergidas en tarros de formol. Tiramos varios tarros y las muñecas se retuercen como si cobraran vida al quedar en libertad: parecen grotescas niñas de carne y trapo. Yo agarro una y le doy una hostia con ella al perro, pero no le hago nada: sólo consigo que la cabeza de la muñeca quede reducida a un amasijo de sangre y algodón.
El perro me vuelve a atacar y esta vez me arranca una mano de un mordisco y se la traga casi sin masticar. Caigo al suelo aterrorizado y el perro me salta encima y me devora las tripas. Me muero, pero salgo de mi cuerpo y me meto en el de Nono a través de su boca entreabierta de horror. El perro deja mi cadáver y muerde los pies de Nono… y yo también siento el dolor. Estamos unidos en un solo cuerpo y, como en este estado tenemos más fuerza, lo espantamos de una patada. El perro desaparece gimoteando, pero vuelve al poco rato acompañado de una niña delgada y panchita de unos cinco años. Al mirarla bien diría que es la camarera de antes con veinte años menos y camiseta de muñeca repollo.
Nos vuelve a atacar el perro, así que agarramos a la niña por el brazo y salimos corriendo con ella en volandas por el laberinto de pasillos. Llegamos a un gran salón donde está el dueño de la cantina, del que sólo conocíamos su voz atronadora; ahora lo vemos y es un mexicano gordo y grasiento que domina su local desde viejas pantallas llenas de mugre. Nos esperaba, pero se queda paralizado ante nuestra llegada. Así que agarramos a la niña y la usamos como bate de béisbol: la cogemos por los tobillos y le damos una somanta de palos con ella al tipo, que queda con la cabeza abierta y el cerebro aplastado al descubierto, mientras la niña está casi reducida a pulpa, aunque aún se retuerce. Vuelve el perro y le echamos los restos de la niña, que él devora con gula. Cuando termina su festín, el perro empieza a ladrar de dolor y a vomitar sangre hasta que abre y abre la bocaza y ¡craaachofff! se parte en dos y de él sale la niñita mexicana, desnuda, bañada en tripas, que se quita una especie de placenta y muerde un cordón umbilical que está atado a la polla morcillona del chucho. Ha vuelto a nacer y ahora parece más pequeña, como de dos o tres añitos. Se ata el ombligo y se ofrece para guiarnos (a Nono y a mi, que tenemos el mismo cuerpo) por el laberinto hasta la salida. Le damos la mano y nos lleva por estrechas callejuelas que antes eran pasillos. Ahora el ritmo del sueño cambia, del cine al cómic: la acción se desarrolla en viñetas y estamos como en un tebeo de Angelito Gugú.
Nos movemos botando, tratando de seguir el ritmo de la niña, que ahora va en un canastito y nos lleva de la mano. Llegamos a una pared con una puerta que pone “SALIDA”. La niña suelta nuestra mano. Sonríe. Señala la puerta. La abrimos. Entramos. Ella la cierra a nuestra espalda. Ruido de llaves y de cerradura al chaparse. Está oscuro. Pero se enciende una luz y los vemos: decenas, cientos de perros salvajes, primos hermanos del que nosotros matamos, nos rodean con sus fauces abiertas, babeando en silencio. En una milésima de segundo, nos saltan todos encima y se meriendan el cuerpo de Nono (en el que nos encontramos los dos) como si fuera el solomillo más tierno del mundo. En la siguiente viñeta, sardónica como el más cruel tebeo de Bruguera, la niña mexicana mira al lector sonriendo y quita el letrero que ponía “SALIDA” para descubrir el que había debajo, y en la puerta que nos encerró, puede leerse la verdad, el verdedero nombre de la cantina y del mundo entero: “PERRERA”. Mas nosotros, las dos almas que escaparon del cuerpo muerto, ya dejamos muy atrás la cantina y la penúltima viñeta; en la última, subimos hacia el espacio para diluirnos en él como dos gotas de lluvia en el mar.