UN PERRO MEXICANO
“A la rabia del perro corresponde la envidia del hombre”.
Ramón Gómez de la Serna.

Nono y yo estamos en medio de un solar abandonado, sentados entre escombros y vegetación, viendo una película que alguien proyecta en la fachada de una casa en ruinas. La película es una snuff movie perdida que, según la leyenda urbana, fue rodada en México a finales de los 70. Yo ya la he visto y le digo a Nono: “Es floja, pero ya verás como el final mola”. Y llega el final, y ahora estamos nosotros metidos en la película, protagonizándola pero, por las cosas de los sueños, no nos extraña: nuestra entrada en acción se produce de la forma más natural del mundo. Nos encontramos en una cantina mexicana con toque árabes. Pedimos algo de comer y dos Coronitas a la camarera, una chica bajita y graciosa. Como por un altavoz, suena la escalofriante y atronadora voz del dueño de la cantina, que habla desde otra habitación en un idioma que es mezcla de mexicano, francés y árabe. No entendemos, pero intuímos que ese hombre no dice nada bueno de nosotros. La camarera se va y, al cabo de un rato, vuelve con una especie de gachas ultrapicantes pero que, por puro miedo, no podemos rechazar. Yo intento a duras penas separar el picante de las gachas, lo envuelvo en una servilleta y luego voy al servicio y lo tiro por el vater. Vuelvo a la mesa y noto que el ambiente se ha vuelto más agobiante. El calor húmedo nos dice que hay peligro. De pronto, se confirman nuestras sospechas: aparece un perro gigantesco con enormes y babeantes fauces que se abalanza sobre nosotros.

Le doy una patada y salimos corriendo del comedor, pero el animal nos persigue corriendo por pasillos laberínticos hasta que llegamos a una sala en la que se expone una colección de muñecas repollo sumergidas en tarros de formol. Tiramos varios tarros y las muñecas se retuercen como si cobraran vida al quedar en libertad: parecen grotescas niñas de carne y trapo. Yo agarro una y le doy una hostia con ella al perro, pero no le hago nada: sólo consigo que la cabeza de la muñeca quede reducida a un amasijo de sangre y algodón.

El perro me vuelve a atacar y esta vez me arranca una mano de un mordisco y se la traga casi sin masticar. Caigo al suelo aterrorizado y el perro me salta encima y me devora las tripas. Me muero, pero salgo de mi cuerpo y me meto en el de Nono a través de su boca entreabierta de horror. El perro deja mi cadáver y muerde los pies de Nono… y yo también siento el dolor. Estamos unidos en un solo cuerpo y, como en este estado tenemos más fuerza, lo espantamos de una patada. El perro desaparece gimoteando, pero vuelve al poco rato acompañado de una niña delgada y panchita de unos cinco años. Al mirarla bien diría que es la camarera de antes con veinte años menos y camiseta de muñeca repollo.

Nos vuelve a atacar el perro, así que agarramos a la niña por el brazo y salimos corriendo con ella en volandas por el laberinto de pasillos. Llegamos a un gran salón donde está el dueño de la cantina, del que sólo conocíamos su voz atronadora; ahora lo vemos y es un mexicano gordo y grasiento que domina su local desde viejas pantallas llenas de mugre. Nos esperaba, pero se queda paralizado ante nuestra llegada. Así que agarramos a la niña y la usamos como bate de béisbol: la cogemos por los tobillos y le damos una somanta de palos con ella al tipo, que queda con la cabeza abierta y el cerebro aplastado al descubierto, mientras la niña está casi reducida a pulpa, aunque aún se retuerce. Vuelve el perro y le echamos los restos de la niña, que él devora con gula. Cuando termina su festín, el perro empieza a ladrar de dolor y a vomitar sangre hasta que abre y abre la bocaza y ¡craaachofff! se parte en dos y de él sale la niñita mexicana, desnuda, bañada en tripas, que se quita una especie de placenta y muerde un cordón umbilical que está atado a la polla morcillona del chucho. Ha vuelto a nacer y ahora parece más pequeña, como de dos o tres añitos. Se ata el ombligo y se ofrece para guiarnos (a Nono y a mi, que tenemos el mismo cuerpo) por el laberinto hasta la salida. Le damos la mano y nos lleva por estrechas callejuelas que antes eran pasillos. Ahora el ritmo del sueño cambia, del cine al cómic: la acción se desarrolla en viñetas y estamos como en un tebeo de Angelito Gugú.

Nos movemos botando, tratando de seguir el ritmo de la niña, que ahora va en un canastito y nos lleva de la mano. Llegamos a una pared con una puerta que pone “SALIDA”. La niña suelta nuestra mano. Sonríe. Señala la puerta. La abrimos. Entramos. Ella la cierra a nuestra espalda. Ruido de llaves y de cerradura al chaparse. Está oscuro. Pero se enciende una luz y los vemos: decenas, cientos de perros salvajes, primos hermanos del que nosotros matamos, nos rodean con sus fauces abiertas, babeando en silencio. En una milésima de segundo, nos saltan todos encima y se meriendan el cuerpo de Nono (en el que nos encontramos los dos) como si fuera el solomillo más tierno del mundo. En la siguiente viñeta, sardónica como el más cruel tebeo de Bruguera, la niña mexicana mira al lector sonriendo y quita el letrero que ponía “SALIDA” para descubrir el que había debajo, y en la puerta que nos encerró, puede leerse la verdad, el verdedero nombre de la cantina y del mundo entero: “PERRERA”. Mas nosotros, las dos almas que escaparon del cuerpo muerto, ya dejamos muy atrás la cantina y la penúltima viñeta; en la última, subimos hacia el espacio para diluirnos en él como dos gotas de lluvia en el mar.
