LA PROCESIÓN INTERIOR

November 2, 2007

No hay mejor símbolo de “lo eterno”, del cosmos en constante movimiento, que las olas del mar. La visión de estas imágenes, fundidas con “The eternal“, una de las mejores canciones de Joy Division, provoca un efecto hipnótico difícil de igualar. Y desvela una intuición a tener en cuenta: si Ian Curtis hubiera vivido en Donosti, y no en Manchester, no se habría ahorcado: se habría tirado al mar:

Esta es la letra en cristiano:

La procesión avanza, se acabó el griterío.
Alabanzas a la gloria de los seres queridos que se fueron.
Hablando en voz alta se sientan a sus mesas,
deshojando flores bañadas por la lluvia.
De pie junto a la verja en la entrada del jardín.
Viéndoles pasar como nubes en el cielo.
Intento gritar en el calor del momento,
poseído por una furia que me quema desde dentro.
Lloro como un crío, aunque los años me hayan hecho madurar.
Junto a los niños desperdicio tanto el tiempo…
Una carga a soportar, pese a la interna comunión
acepto como una maldición tan aciago reparto.
Acariciando la verja en la entrada del jardín,
alargo mi vista desde la cerca hasta el muro.
No hay palabras para explicarlo. No hay acciones
decisivas. Tan sólo mirar los árboles y sus hojas caer
“.
procesion de microarboles

Sirva todo esto como prólogo a “La procesión interior”, el sueño que tuve esta misma noche, víspera de Difuntos:

Vivo en San Sebastián con mi familia. Es domingo y me acabo de levantar muy temprano con un fuerte picor en el brazo derecho. Me rasco y me visto deprisa porque tengo que ir a misa. Una misa que se celebra en una iglesia lejana, en lo alto del monte que se ve desde la playa de la Concha. Para llegar hasta la Iglesia hay que recorrer un largo camino y yo ya llego tarde. Mi familia aún duerme, así que salgo de casa solo y bajo por la calle del Palacio pero, antes de llegar a Miraconcha, en pleno Paseo de Pío Baroja, me topo con una larga y silenciosa procesión que camina cuesta arriba. Me uno a ellos, pensando que van hacia la iglesia, si bien juraría que ésta se encuentra en dirección contraria. Le pregunto a un hombrecillo (cuyo rostro apenas distingo porque aún está oscuro) si la procesión va a la iglesia y me dice que sí: “Lo que pasa es que da la vuelta por debajo de la tierra y ya sale al otro lado“, me explica en voz baja. Asiento y me vuelvo a rascar el brazo que me pica. Según subimos, va amaneciendo, y noto los pies empapados: una riada de agua caliente corre calle abajo. La subida es casi eterna: el Paseo de Baroja no parece tener fin. Cuando amanece del todo y veo mejor, me doy cuenta de que la riada (cada vez más caudalosa: ya casi nos llega a la rodilla) es roja. En susurros, me vuelvo a dirigir al hombrecillo de antes: “Oiga, ¿esto es sangre? ¿Por qué cada vez hay más?” Y él me mira sorprendido, abre los ojos como platos y me contesta a voces algo que me llena de horror: “¡Dios mío! ¡No es posible que estés aquí: nos encontramos caminando por una de tus venas y cada vez hay más sangre porque tienes miedo y tu corazón late muy fuerte!“. Doy un grito y me agarro el brazo derecho, preguntándome qué vena debo cortar para acabar con la pesadilla.
Remember your heart beats you day at night

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