“Incluso las pesadillas son necesarias para que la máquina funcione. –Sonrió y cambió de tono– ¿Sabe lo que me decía un colega sobre ellas…? Que son las ventosidades del cerebro. Los pedos de la mente, vamos, y perdone la vulgaridad. Residuos de una especie de indigestión. Pero carecen de importancia. Gracias a ellas arrojamos fuera lo que nos sobra… Por ejemplo: dice usted que no ha visto nunca esa casa de columnas blancas, o a esa mujer, y yo le creo, pero puede ser que se equivoque”.

Estas palabras, que leí hace poco en el aterrador y fascinante best seller “La dama número 13“, de José Carlos Somoza (que está siendo adaptado al cine por Jaume Balagueró), son pronunciadas en la ficción por el doctor Ballesteros, intentando quitarle hierro a la pesadilla recurrente que azota las noches de su paciente Salomón (protagonista de la novela). La pesada digestión de este libro, a su vez, provocó en mi mente un buen puñado de pedos, tal vez no tan sangrientos como los que se describen en la novela, pero igualmente inquietantes. Este es uno de ellos:
Estoy en una gran piscina. Llevo bañador, aletas y gafas. También un gorro de baño, que se pega a mi cabeza como un condón, apretándome la tapa de lo sesos. A pesar de la amplitud del espacio, el ambiente en la piscina es húmedo y claustrofóbico, casi asfixiante. Me acerco a los carriles de nado lento y observo que están llenos de adolescentes de rostros casi idénticos y gorros negros, aunque pienso que puede ser un efecto óptico provocado por las gafas de nadar. De un salto, me sumerjo en la piscina, cuyas aguas están calientes y espesas. Saco la cabeza y floto, respirando el olor a cloro rancio y a aguas estancadas. Empiezo a nadar, mirando de reojo a las chicas (chicas de pieles inmaculadas, color membrillo, que brillan con el agua viscosa y desprenden un fétido aroma). Nadan increíblemente rápido, mientras yo me muevo lenta y toscamente (como si, de alguna manera, las aguas densas entorpecieran mis brazadas pegándose a mi piel). Me sumerjo y buceo pero, al mirar a las chicas debajo del agua, veo que sus ágiles piernas están viejas, podridas e hinchadas como si llevaran tiempo muertas. Asustado, saco la cabeza del agua y compruebo que, desde fuera, siguen pareciendo jóvenes y guapas. Vuelvo a sumergirme y de nuevo contemplo ese horror de cuerpos descompuestos y ulcerados, de cuyos espantosos culos salen millones de burbujas… y entonces comprendo el porqué de su mal olor y de su velocidad de vértigo: son muertas vivientes llenas de gases que, al ser expulsados, las hacen avanzar con gran rapidez.

