CUBOS
“Una convulsión se caracteriza por espasmos musculares repentinos o pérdida de la conciencia. Algunas convulsiones se desencadenan por un estado febril y se las conoce con el nombre de convulsiones febriles.

Las convulsiones febriles tienen tres características principales: por lo general son breves (no duran más de 15 minutos), ocurren sólo una vez durante un período de 24 horas y atacan tanto el lado derecho como izquierdo del cuerpo. Las convulsiones que no cumplen estos tres criterios no son convulsiones febriles y pueden ser un signo de epilepsia. Alrededor de 3 ó 4 de cada 100 niños tienen por lo menos una convulsión febril entre los 6 meses y 5 años.

Aunque por lo general una convulsión febril no produce daño alguno al niño, puede ser sumamente aterradora para los padres. El cuerpo del niño se endurece, revuelve los ojos y no responde cuando le hablan. En otros casos, el niño puede caer al piso y sacudir bruscamente los brazos y piernas.

Las convulsiones, en general, se presentan durante la fase inicial de la enfermedad (como roséola, resfriados, infección gastrointestinal) mientras la temperatura asciende rápidamente. Un niño que tiene una convulsión febril, por lo general, no tiene epilepsia (convulsiones repetitivas), aunque tiene una probabilidad ligeramente mayor de manifestar esa afección que un niño que no la ha tenido.

No se sabe por qué algunos niños tienen convulsiones febriles y otros no. Los niños menores de un año que han tenido una convulsión febril tienen alrededor de un cincuenta por ciento de probabilidad de tener otra. En algunos casos, el médico recomienda medicamentos para evitar otras convulsiones febriles”.
(Extracto del libro “Neurodiagnosis” del doctor Valeriano López Alfajor).

Cuando era niño, entre los dos y los siete años, sufrí una serie de graves enfermedades de garganta que, en más de una ocasión, estuvieron a punto de llevarme a la tumba: la temperatura de mi cuerpo llegó a ascender por encima de los 40 grados, provocándome convulsiones. Los médicos desconocían el sentido de estos raptos febriles y me sometieron a diversos electroencefalogramas: enganchándome un puñado de cables en la cabeza, creían ser capaces de adivinar la anomalía que encerraba mi cerebro, mas nunca lo consiguieron: mis gráficas siempre eran completamente normales. Sin embargo, seguía sufriendo convulsiones cuando me subía la fiebre. Durante estas crisis, tenía espantosas visiones de un realismo dantesco. No eran sueños, porque estaba despierto, eran auténticas alucinaciones: literalmente, ESTABA EN OTRO MUNDO. De alguna manera, estos viajes interiores a universos dementes me curaron de espantos: en el futuro, ni la peor experiencia tóxica ni la peor pesadilla ácida se acercarían remotamente a aquellos estados alterados de conciencia provocados por la fiebre y la enfermedad. Algunas de ellas todavía no las he olvidado; por ejemplo esta, la alucinación de los cubos gigantes que casi me hizo perder la razón en mi más tierna infancia. El hecho de que ahora me encuentre aquí, tecleando estas líneas, y no encerrado en un manicomio es un verdadero milagro:

Estoy en un espacio inmenso, en el que no se distingue ni principio ni final; podemos llamarlo, para entendernos, “infinito”, aunque esta palabra sea ridícula para describir la vastedad del lugar en el que me encuentro. Tampoco hay luz ni oscuridad, eso aquí está abolido: los cinco sentidos se funden en un único torrente de sensaciones de gran intensidad. Yo soy una especie de célula cerebral ardiente que se mueve por este espacio de forma inexplicable: lejos de flotar o reptar o hacer cualquier otra cosa habitual en vuestro mundo, aquí digamos que salto de un cuadrante a otro sin transición alguna. En el espacio hay también unos gigantescos cubos de un material desconocido que, como yo, se mueven de forma desconcertante. No sé. Debería intentar comprender todo esto pero no puedo, sólo sé que llevo mucho tiempo aquí y no voy a soportarlo mucho más. Todo es muy tirante y cuesta un gran esfuerzo. Me gustaría poder comprender esos enormes cubos y por qué representan una terrible amenaza para mi. Soy un cerebro que se niega a asimilar ciertas cosas para no enloquecer. Me invade una gran angustia. La situación empeora en progresión geométrica. Me embarga la intuición de que mi vida se derrumba bajo presiones de fuerza exterior. De pronto, un cubo me “atrapa” (por usar una expresión de vuestro mundo) o, más bien, cae sobre mi. Ha entrado en mi cuadrante y yo soporto ahora la presión y la tensión de todas sus dimensiones. Siento un peso insoportable en el cerebro aaaaaaaargh esto me supera, no voy a poder… Mientras hago un esfuerzo para intentar salir, noto como otros cubos se van sumando a este banquete atroz en el que yo soy el único plato: el peso cerebral es ahora dolorosísimo. Es entonces cuando, arriba-afuera, escucho una voz:

Mi madre: ¿Quién eres?
Yo (llorando, sudando y babeando): ¡No lo sé!
Mi madre: ¿Dónde estás?
Yo (abriendo mucho los ojos): En los cubos.

Caí desmayado y lo siguiente que supe es que estaba en una bañera: por consejo médico, mi madre la había llenado de agua helada como medida extrema para bajarme la fiebre. Los cubos habían desaparecido. Todos, menos los blancos y cuadrados azulejos que forraban las paredes del baño.

