Enero 19, 2008

CUBOS

“Una convulsión se caracteriza por espasmos musculares repentinos o pérdida de la conciencia. Algunas convulsiones se desencadenan por un estado febril y se las conoce con el nombre de convulsiones febriles.
cerebro febril
Las convulsiones febriles tienen tres características principales: por lo general son breves (no duran más de 15 minutos), ocurren sólo una vez durante un período de 24 horas y atacan tanto el lado derecho como izquierdo del cuerpo. Las convulsiones que no cumplen estos tres criterios no son convulsiones febriles y pueden ser un signo de epilepsia. Alrededor de 3 ó 4 de cada 100 niños tienen por lo menos una convulsión febril entre los 6 meses y 5 años.
encefalogramanomalo
Aunque por lo general una convulsión febril no produce daño alguno al niño, puede ser sumamente aterradora para los padres. El cuerpo del niño se endurece, revuelve los ojos y no responde cuando le hablan. En otros casos, el niño puede caer al piso y sacudir bruscamente los brazos y piernas.
la verdad esta ahi dentro
Las convulsiones, en general, se presentan durante la fase inicial de la enfermedad (como roséola, resfriados, infección gastrointestinal) mientras la temperatura asciende rápidamente. Un niño que tiene una convulsión febril, por lo general, no tiene epilepsia (convulsiones repetitivas), aunque tiene una probabilidad ligeramente mayor de manifestar esa afección que un niño que no la ha tenido.
la vision
No se sabe por qué algunos niños tienen convulsiones febriles y otros no. Los niños menores de un año que han tenido una convulsión febril tienen alrededor de un cincuenta por ciento de probabilidad de tener otra. En algunos casos, el médico recomienda medicamentos para evitar otras convulsiones febriles”.
(Extracto del libro “Neurodiagnosis” del doctor Valeriano López Alfajor).
give me fever...
Cuando era niño, entre los dos y los siete años, sufrí una serie de graves enfermedades de garganta que, en más de una ocasión, estuvieron a punto de llevarme a la tumba: la temperatura de mi cuerpo llegó a ascender por encima de los 40 grados, provocándome convulsiones. Los médicos desconocían el sentido de estos raptos febriles y me sometieron a diversos electroencefalogramas: enganchándome un puñado de cables en la cabeza, creían ser capaces de adivinar la anomalía que encerraba mi cerebro, mas nunca lo consiguieron: mis gráficas siempre eran completamente normales. Sin embargo, seguía sufriendo convulsiones cuando me subía la fiebre. Durante estas crisis, tenía espantosas visiones de un realismo dantesco. No eran sueños, porque estaba despierto, eran auténticas alucinaciones: literalmente, ESTABA EN OTRO MUNDO. De alguna manera, estos viajes interiores a universos dementes me curaron de espantos: en el futuro, ni la peor experiencia tóxica ni la peor pesadilla ácida se acercarían remotamente a aquellos estados alterados de conciencia provocados por la fiebre y la enfermedad. Algunas de ellas todavía no las he olvidado; por ejemplo esta, la alucinación de los cubos gigantes que casi me hizo perder la razón en mi más tierna infancia. El hecho de que ahora me encuentre aquí, tecleando estas líneas, y no encerrado en un manicomio es un verdadero milagro:
when the cubes fall down
Estoy en un espacio inmenso, en el que no se distingue ni principio ni final; podemos llamarlo, para entendernos, “infinito”, aunque esta palabra sea ridícula para describir la vastedad del lugar en el que me encuentro. Tampoco hay luz ni oscuridad, eso aquí está abolido: los cinco sentidos se funden en un único torrente de sensaciones de gran intensidad. Yo soy una especie de célula cerebral ardiente que se mueve por este espacio de forma inexplicable: lejos de flotar o reptar o hacer cualquier otra cosa habitual en vuestro mundo, aquí digamos que salto de un cuadrante a otro sin transición alguna. En el espacio hay también unos gigantescos cubos de un material desconocido que, como yo, se mueven de forma desconcertante. No sé. Debería intentar comprender todo esto pero no puedo, sólo sé que llevo mucho tiempo aquí y no voy a soportarlo mucho más. Todo es muy tirante y cuesta un gran esfuerzo. Me gustaría poder comprender esos enormes cubos y por qué representan una terrible amenaza para mi. Soy un cerebro que se niega a asimilar ciertas cosas para no enloquecer. Me invade una gran angustia. La situación empeora en progresión geométrica. Me embarga la intuición de que mi vida se derrumba bajo presiones de fuerza exterior. De pronto, un cubo me “atrapa” (por usar una expresión de vuestro mundo) o, más bien, cae sobre mi. Ha entrado en mi cuadrante y yo soporto ahora la presión y la tensión de todas sus dimensiones. Siento un peso insoportable en el cerebro aaaaaaaargh esto me supera, no voy a poder… Mientras hago un esfuerzo para intentar salir, noto como otros cubos se van sumando a este banquete atroz en el que yo soy el único plato: el peso cerebral es ahora dolorosísimo. Es entonces cuando, arriba-afuera, escucho una voz:
vienen a por mi
Mi madre: ¿Quién eres?
Yo (llorando, sudando y babeando): ¡No lo sé!
Mi madre: ¿Dónde estás?
Yo (abriendo mucho los ojos): En los cubos.
dios mio, esta lleno de cubos
Caí desmayado y lo siguiente que supe es que estaba en una bañera: por consejo médico, mi madre la había llenado de agua helada como medida extrema para bajarme la fiebre. Los cubos habían desaparecido. Todos, menos los blancos y cuadrados azulejos que forraban las paredes del baño.

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Enero 4, 2008

LA REBELIÓN DE LAS MASAS

“Era una obra maestra de ingeniería humana: un hombre hecho enteramente de hombres. Mejor, un gigante sin sexo, construido con hombres, mujeres y niños. Todos los habitantes de Popolac retorcidos y deformados en el cuerpo de este gigante tejido con carne, con los músculos extendidos hasta la máxima tensión tolerable y los huesos a punto de quebrarse”.
Clive Barker
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Por causas desconocidas, Madrid se encuentra en estado de excepción: las calles están llenas de tanques, barricadas, soldados, policías que disparan a todo lo que se mueve y no lleva uniforme reglamentario. El ambiente es tenso y se escuchan sirenas, gritos y explosiones por todas partes. Desde hace varios días, Nono y yo vivimos en las alcantarillas, vagabundeando por las oscuras tripas que serpentean bajo nuestra antigua casa, con intención de encontrar un camino para regresar a ella y recoger ciertos objetos de vital importancia que nos permitirán huir de esta ciudad demente. La misión roza lo imposible, puesto que el edificio se encuentra rodeado de alambradas e infestado de maderos, bomberos y militares. Tras mucho esperar, en un descuido de un soldado, consigo saltar una alambrada oxidada; desde el otro lado, abro un agujero para Nono con una vieja llave. Ella pasa y conseguimos acceder al edificio, que está lleno de luces como si fuera un plató de televisión. Las escaleras están plagadas de vigilantes, que patrullan subiendo y bajando sin parar como hormigas en una cinta de Moebius, así que nos vemos obligados a meternos en el ascensor, donde pulsamos el botón que indica el piso en el que vivíamos.
el abismo blanco
Lejos de obedecer, el elevador nos baja al sótano-garaje, que está envuelto en tinieblas y en el que flota un olor nauseabundo. Enciendo la luz y vemos con horror que los coches han sido sustituidos por cadáveres: cientos de cadáveres desnudos, amontonados en pilas, cuyos miembros se entremezclan: cualquiera diría que es un gigantesco ser muerto, o un espantoso jardín de carne en el que crecen brazos, piernas, manos, tetas, culos, pies y pollas, regados con una generosa dosis de sangre, mucosa, vísceras y otros restos de carnicería. Entre los muertos reconocemos a algún vecino de la zona. Paralizados por el atroz espectáculo, tardamos un poco en volvernos a meter en el ascensor, donde apretamos el piso que corresponde a nuestra casa: las puertas se cierran pero el elevador sólo se mueve un poco. Desde el interior de la claustrofóbica cabina, a través de los cristales de las puertas, observamos cómo los cuerpos de los cadáveres se hinchan cada vez más, expandiéndose como masas de pan metidas en hornos crematorios. Al fin, tapan el cristal del ascensor: ahora sólo vemos una amorfa masa de carne sangrante e hinchada que amenaza con abrir las puertas violentamente y chuparnos hacia su terrible interior. Desesperado, pulso otro piso, el último, a ver a dónde nos lleva. Por suerte, el ascensor se mueve y… subimos. Subimos muy lentamente, porque la máquina renquea, se tambalea y… juraría que tiembla. De pronto, se para. Desde fuera, llega el retumbar de las fuertes pisadas de los soldados y policías, que siguen en su cinta de Moebius. Pero tenemos que salir, porque se diría que la cabina que nos sostiene pendulea, e imagino que cuelga de un hilo y pronto se caerá al abismo de carne hinchada y sangrante. Recuerdo algo que hacen siempre en las películas y arranco el techo del ascensor, que está sorprendentemente blando. Salimos a tiempo, pues vemos que el caos de carne y sangre asciende por el hueco y por las escaleras, arrasando con todo. Tenemos que salir del edificio o nos engullirá también a nosotros. Corremos por un estrecho pasillo, dejando atrás a un puñado de guardias que disparan en vano contra la pila de carne muerta, y llegamos a un callejón, cuya única salida hacia el exterior es un diminuto ventanuco por el que sólo cabe una cabeza. Le digo a Nono: “He leído en algún sitio que si puedes meter la cabeza por un agujero, también puedes meter el resto del cuerpo. Intenta recordar el día en que naciste”. Así que nos colamos, pasamos y, desde el coño de la casa, caemos en una pequeña azotea. Una vez fuera, saltamos por la alambrada y abandonamos definitivamente nuestro antiguo hogar, ahora relleno de carne podrida como un canelón vertical. Hemos fracasado y sólo nos queda descender de nuevo a las siniestras alcantarillas de la urbe, para escondernos en su húmeda oscuridad hasta la muerte.

buscando a wally

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Enero 3, 2008

SIEMPRE LA MISMA PESADILLA

Richard Bruns, íntimo amigo del american killer Charles Howard Schmid (más conocido como “Smitty”) que lo ayudó a enterrar los cadáveres de las hermanas Fritz, al ser interrogado por la policía confesó lo siguiente:
“Empecé a tener el mismo sueño cada noche. Siempre la misma pesadilla. Smitty tenía a Kathy [su novia] en el desierto. La había desnudado y estaba abusando de ella y tratando de estrangularla. Yo estaba lejos, muy lejos, y corría a través del desierto con una pistola en mis manos. Pero no lograba acercarme a ellos. Cuanto más corría, más se alejaban”.
aaaaaaaaaa

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