LA REBELIÓN DE LAS MASAS

January 4, 2008

“Era una obra maestra de ingeniería humana: un hombre hecho enteramente de hombres. Mejor, un gigante sin sexo, construido con hombres, mujeres y niños. Todos los habitantes de Popolac retorcidos y deformados en el cuerpo de este gigante tejido con carne, con los músculos extendidos hasta la máxima tensión tolerable y los huesos a punto de quebrarse”.
Clive Barker
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Por causas desconocidas, Madrid se encuentra en estado de excepción: las calles están llenas de tanques, barricadas, soldados, policías que disparan a todo lo que se mueve y no lleva uniforme reglamentario. El ambiente es tenso y se escuchan sirenas, gritos y explosiones por todas partes. Desde hace varios días, Nono y yo vivimos en las alcantarillas, vagabundeando por las oscuras tripas que serpentean bajo nuestra antigua casa, con intención de encontrar un camino para regresar a ella y recoger ciertos objetos de vital importancia que nos permitirán huir de esta ciudad demente. La misión roza lo imposible, puesto que el edificio se encuentra rodeado de alambradas e infestado de maderos, bomberos y militares. Tras mucho esperar, en un descuido de un soldado, consigo saltar una alambrada oxidada; desde el otro lado, abro un agujero para Nono con una vieja llave. Ella pasa y conseguimos acceder al edificio, que está lleno de luces como si fuera un plató de televisión. Las escaleras están plagadas de vigilantes, que patrullan subiendo y bajando sin parar como hormigas en una cinta de Moebius, así que nos vemos obligados a meternos en el ascensor, donde pulsamos el botón que indica el piso en el que vivíamos.
el abismo blanco
Lejos de obedecer, el elevador nos baja al sótano-garaje, que está envuelto en tinieblas y en el que flota un olor nauseabundo. Enciendo la luz y vemos con horror que los coches han sido sustituidos por cadáveres: cientos de cadáveres desnudos, amontonados en pilas, cuyos miembros se entremezclan: cualquiera diría que es un gigantesco ser muerto, o un espantoso jardín de carne en el que crecen brazos, piernas, manos, tetas, culos, pies y pollas, regados con una generosa dosis de sangre, mucosa, vísceras y otros restos de carnicería. Entre los muertos reconocemos a algún vecino de la zona. Paralizados por el atroz espectáculo, tardamos un poco en volvernos a meter en el ascensor, donde apretamos el piso que corresponde a nuestra casa: las puertas se cierran pero el elevador sólo se mueve un poco. Desde el interior de la claustrofóbica cabina, a través de los cristales de las puertas, observamos cómo los cuerpos de los cadáveres se hinchan cada vez más, expandiéndose como masas de pan metidas en hornos crematorios. Al fin, tapan el cristal del ascensor: ahora sólo vemos una amorfa masa de carne sangrante e hinchada que amenaza con abrir las puertas violentamente y chuparnos hacia su terrible interior. Desesperado, pulso otro piso, el último, a ver a dónde nos lleva. Por suerte, el ascensor se mueve y… subimos. Subimos muy lentamente, porque la máquina renquea, se tambalea y… juraría que tiembla. De pronto, se para. Desde fuera, llega el retumbar de las fuertes pisadas de los soldados y policías, que siguen en su cinta de Moebius. Pero tenemos que salir, porque se diría que la cabina que nos sostiene pendulea, e imagino que cuelga de un hilo y pronto se caerá al abismo de carne hinchada y sangrante. Recuerdo algo que hacen siempre en las películas y arranco el techo del ascensor, que está sorprendentemente blando. Salimos a tiempo, pues vemos que el caos de carne y sangre asciende por el hueco y por las escaleras, arrasando con todo. Tenemos que salir del edificio o nos engullirá también a nosotros. Corremos por un estrecho pasillo, dejando atrás a un puñado de guardias que disparan en vano contra la pila de carne muerta, y llegamos a un callejón, cuya única salida hacia el exterior es un diminuto ventanuco por el que sólo cabe una cabeza. Le digo a Nono: “He leído en algún sitio que si puedes meter la cabeza por un agujero, también puedes meter el resto del cuerpo. Intenta recordar el día en que naciste”. Así que nos colamos, pasamos y, desde el coño de la casa, caemos en una pequeña azotea. Una vez fuera, saltamos por la alambrada y abandonamos definitivamente nuestro antiguo hogar, ahora relleno de carne podrida como un canelón vertical. Hemos fracasado y sólo nos queda descender de nuevo a las siniestras alcantarillas de la urbe, para escondernos en su húmeda oscuridad hasta la muerte.

buscando a wally