MUNDO PRISIÓN
“El gran problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”.
Paul Valéry

Año 2030, aproximadamente. Tras la Gran Guerra, las grandes corporaciones se han adueñado del mundo. Ahora sólo hay un puñado de cárceles-empresa, donde se explota a lo que queda de población en trabajos completamente inútiles. Yo estoy en la prisión de una multinacional judía, que se alza en lo que antes de la Gran Guerra llamaban “Nueva York”. Me paso todo el día pulsando las odiosas teclas de una máquina infernal, junto a otros muchos homúnculos. Nunca dormimos: el sueño ha sido abolido, gracias a una pequeña manipulación genética. Una vez a la semana, más o menos, nos sueltan a un gran patio de cemento gris, donde podemos escuchar música. Una música que suena en el interior de nuestro cerebro, gracias a una entrada que tenemos en el dedo índice, en la que introducimos un aparato que nos dan al salir al recreo. Luego hay que devolverlo, porque no nos permiten poseer nada. La canción que toca hoy es “A day in the life” de los Beatles. Tengo 56 años y recuerdo cuando escuchaba esta canción en mi adolescencia. Cuando creía ser libre. Pero, en realidad, siempre he vivido en una cárcel, incluso cuando iba al colegio, cuando cogía el walkman y, bajando las escaleras, escuchaba esa misma frase que ahora llena mi cabeza. ¿La única diferencia? Antes entraba desde los auriculares hacia dentro, pero ahora brota de mi cerebro hacia fuera: “I’d love to turn you on…” El éxtasis musical que me produce la canción es indescriptible, derramo lágrimas de felicidad y ya nada importa: ni el trabajo, ni el encierro, ni siquiera que la esperanza de vida ronde los 200 años. 200 años de esclavitud… no me importaría, si pudiera seguir escuchando este sonido… De pronto, de forma instintiva, doy con la solución: si el dedo tiene el chip y la carga con la canción, debería comerme el dedo. Así que, sin pensarlo más, me lo muerdo con fuerza, lo arranco y lo trago. Los guardias se abalanzan sobre mí, me apalean, me meten los dedos en la boca: quieren que expulse el dedo, pero ya es demasiado tarde: noto como baja por mi garganta. Los perros me agarran y, tras darme una buena paliza, me encierran en la celda de castigo. Está oscuro y duele. Pero el dedo se deshace en mi estómago, entra en mi torrente sanguíneo… y, como un chorro de ácido lisérgico, el sonido de “A day in the life” llena de imágenes deliciosas mi cerebro. Puedo tocar las palabras que gotean de mi mente: “Found my way upstairs and had a smoke, somebody spoke and I went into a dream…” Y, entonces, por primera vez en veinte años, me quedo dormido y sueño… En el sueño soy más joven, vivo en lo que antes de la Gran Guerra llamaban “Madrid” y tengo una especie de diario electrónico en el que vomito mis sueños.




