EL PUEBLO DE LOS MALDITOS por Pablo Maronda
Recién llegado de su descenso a los infiernos, el músico y novelista valenciano Pablo Maronda me envía una nueva colaboración onírica que, sin duda, es mi favorita de todas las que ha soñado hasta la fecha. Un auténtico y terrorífico trip bizarro que nos sumerge en el corazón de las tinieblas rurales. Pasen y tiemblen:
Viajo con mi amigo Paco (músico y alcohólico, as myself) en un Renault 12 por una carretera de pueblo tortuosa, oscura y rodeada de piedras y árboles quemados. Las luces van de puta pena y el trazado del camino nos hace dar violentísimos bandazos de un lado a otro, haciendo saltar chispas de los retrovisores, los bajos, y machacando hasta el límite la suspensión del vehículo, y provocando que se desprendan algunos elementos: un cacho de parachoques, una porción del capó… Las manos me sangran de aferrar el volante, que a veces pierde la rigidez y se convierte en un pedazo de goma flácido e inútil. El camino es tan exageradamente tenebroso, que parece un decorado de Estudio 1, hecho a base de restos de atrezzo de decorados de bosques de adaptaciones de historietas de terror neorromántico. Pero al mismo tiempo parece un rodillo repetitivo: el mismo esqueleto de árbol vuelve a amenazarnos, alargando sus brazos de anoréxica sobre el parabrisas, las mismas toperas asoman entre las rocas dejando ver unos seres animatrónicos que roen nueces sin llegar a abrirlas ni a comérselas jamás, etc.

De repente, la carretera desaparece y entramos en un tramo asfaltado y liso que lleva directo a un pueblo. Desde lejos parece un belén gigante, con todas las luces encendidas y parpadeando sincronizadas, chisporroteantes. Cuando llegamos a la plaza mayor, todo el mundo se nos queda mirando, como si fuésemos astronautas o seres de otro tiempo. El coche humea y sangra fluídos mecánicos, herido como un toro picassiano. Al bajar del automóvil apenas reconocemos en el montón de chatarra, el R-12 en el que viajábamos hacía unos instantes.
Entramos al bar del pueblo (Paco insiste en que hemos quedado allí con alguien para que le pase algo que no llega a mencionar claramente, leiv motiv del tortuoso viaje), al que se accede por una interminable escalera empinada, y llegamos a un lugar que recuerda a los baretos de las películas de cuando el cine español era bueno: cabezas de animales por las paredes, una televisión en blanco y negro helado emitiendo unas varietés crepusculares, una señora mayor pelando un conejo sentada junto a la estufa de leña… Sin embargo es todo mera apariencia. Observando bien la situación percibo que algo anómalo flota en el ambiente. Por ejemplo: los viejos juegan partidas de Ouija, moviendo el vaso por turnos, como si se tratase de una partida de cartas o dominó, y pronunciando entre medias palabras de la jerga del jugador de ambos: arrastro, mus, cierro, etc. Cuando me paro a mirarles levantan la mirada del tablero y compruebo que no tienen ojos. Es más. El humo del tabaco les sale por las cuencas vacías, como si fueran branquias faciales. En ese momento un escalofrío me recorre el cuerpo y salgo disparado hacia la barra, donde mi amigo espera tomando un poleo, alarmantemente tranquilo.
-Paco, vámonos de aquí, por favor-.
-Espera, me tienen que dar los másters. Hemos venido a por los másters-, dice sin siquiera volverse.
A pocos metros de los dos, la anciana que pelaba un conejo musita algo. Parece que le está hablando al animal mientras lo pela. Horrorizado y tras observarla con más detenimiento, descubro que en realidad está pelando un feto humano, quitándole las sucesivas capas de piel, para extraerle los órganos con el mango de un cuchillo inmenso.
-Paco, vámonos YA-, grito a mi amigo. Él se gira y me pone una mano en el hombro: de sus ojos vacíos penden sendos hilillos con dos bolsitas de manzanilla ensangrentada.
