EL JUEGO DEL RETRETE Y EL RATÓN
“The girl was bad, the girl was dangerous”.
Michael Jackson
Primero soy mayor, pero juego como un niño con pequeños coches de juguete en una inmensa explanada de cemento delimitada por verjas oxidadas. Cojo los coches-bala de miniatura y los choco, lanzándolos lejos, zapateándolos, haciendo carreras entre ellos que retransmito con voz grave de locutor deportivo y ruiditos infantiles que tratan de imitar los motores y frenazos: “Brrrrrmmm, booooom, señoras y señores, ha ganado el coche rojo y el coche azul acaaaaaaba de explotaaaaaaaaaar”.

Acto seguido, sin ningún tipo de transición, soy pequeño y camino por el exterior de un colegio, lleno de ventanas con cristales rotos, canchas cubiertas de mala hierba y sarnosas zonas verdes; aquí imparten clases crueles profesores que torturan a los niños con retorcidos rituales. De pronto, siento ganas de mear y voy al váter, que está algo oscuro, con las paredes de azulejos blancos amarillentas; entro y hay un fuerte olor a amoniaco, a orines rancios y a caca de anciano enfermo. Es un hedor insoportable: el de un servicio público que lleva siglos sin ser limpiado. Aún así, me meo y debo hacerlo aquí, en el viejo urinario, porque si lo hiciera en el exterior, me verían los maestros y me tirarían de las patillas. Pero, nada más entrar, la veo: una delgadísima y enfermiza rubia platino, medio en pelotas, con pinta de putón de carretera: tacón de aguja, ojos pintarrajeados, pelo cardado y despelucado, vestido negro diminuto y medio roto: una versión anoréxica, yonki, degenerada y venérea de Isabella Rosellini/Perdita Durango. Su presencia me provoca un doloroso latigazo de terror, pero debo disimular y mear, porque no aguanto más. Así que me encaramo al váter, que es demasiado alto para mí, y meo como si me fuera la vida en ello. Cuando casi estoy terminando, oigo con horror la espectral y sifilítica voz de la rubia: “Pequeño, ¿quieres que te ayude?”, y luego una risa odiosa que me corta la meada y la respiración. Temblando de miedo y mirando de reojo, no contesto; ella da un bufido y se pira, caminando con lentitud, renqueante, altiva y tambaleante, como una adolescente recién sodomizada por una botella de whisky rota que, pese a todo, hubiera disfrutado con el sangriento polvo. Aunque no he podido terminar de mear, me subo la petrina y salgo por patas; la veo a lo lejos, caminando patizamba sobre sus larguísimas ancas, hablando a gritos por un móvil viscoso que chorrea en su mano. Doblo la esquina y salgo corriendo para escapar de ella. Pero cada vez que miro a la izquierda la veo, hablando por su móvil y clavándome su sucia mirada, con una mueca sonriente que me llena de horror. Así que corro y corro intentando no mirar atrás, mientras ella camina por los pasillos de un edificio de dos plantas sin techo y me aterroriza con el eco chirriante de su risa. Salgo corriendo y bajo una escalera hacia la salida. Antes de atravesar el arco de hierro oxidado, debo dar un gran salto sin mirar atrás. Así que salto pero, en el aire, su pegajosa voz chillona me golpea los tímpanos: “iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” Surco el aire, a cámara lenta, y grito y miro hacia atrás y la veo con horror, puta y viciosa, mirándome fijamente, señalándome con su dedo de bruja. Y, entonces, el suelo se aleja, las escaleras se estiran y quedan como una planicie de cemento, y se acaba la cámara lenta y caigo… y me doy la gran hostia. Una hostia letal para un niño de siete años como yo. En el suelo, sangrando y babeando y muriendo, noto como se me escapa el pis que se me cortó en el retrete por puro miedo. Así, con la bragueta empapada, me hago mayor (casi treinta años en diez segundos) y, después, me muero, es decir, me despierto.


