SOÑANDO CON MI ENEMIGA por El Zurdo
Título, conste, irónico. En años de mayor quijotismo y vehemencia, cuando mi delirio era más hard que soft y solía exagerarlo todo, me autoconvencí de que ella me odiaba. Pero (como diría Howard Roark) para odiar a alguien tienes, primero, que pensar lo bastante en esa persona. Creo que, de sentir algo por mí, más que odio la palabra correcta sería “prevención”: esto es, un germen de empatía ahogado por innúmeras capas de prejuicio impuestas por el entorno. Esa sensación de que, en otra dimensión, sin tantas trabas coyunturales (ese coñazo que supone, en el mundo de la creación y la opinión, el tribalismo frente a las tentaciones individuales de transversalidad –sentirte obligado a apreciar o a malquerer por la presión ambiental sin dejar rienda libre a los propios impulsos, sea solamente el de la curiosidad-), habríamos llegado a congeniar, incluso a ser buenos amigos (a mí ella siempre me produjo una cierta fascinación, desde aquella vez primera, a finales de los 70, que la vi por tv en un espacio musical glosando ese género que –en palabras del pegaminesco Don Julito- “nunca pasa de moda” –ahora se me acaba de ocurrir que quizás mi megaescucha trienal de Laura Nyro, justo a punto de concluir, haya podido ser uno de los detonantes del sueño-). El anfitrión de este oniródromo pareció intuir algo en tal sentido cuando hace pocos años trató de favorecer con sus manejos esa hipótesis de buen rollo. ¿El resultado?: una tarde muy grata para mí y (creo) desconcertante para ella, seguida de una breve coda de ciberempatía que acabaría agostada por presiones de su entorno (en ocasiones, cuando reviso la deliciosa comedia de malentendidos TIENES UN EMAIL, pienso en ese mes con un punto de tristeza). El sempiterno y puñetero PUDO SER Y NO FUE.

Pero centrémonos en el sueño. Fechado en la madrugada del 1 de marzo. Muy notable, en primer lugar, por ser la primera vez en mi vida que sueño con esta persona. Muy agradable, un balsámico contraste con las pesadillas que me han asaltado en enero y febrero a cuenta de algunos fallos de salud. Y muy real por su ausencia de explicitud y de épica, por su tremenda cotidianeidad, por su preñez de posibilidades, de silencios, de vacíos, de distensiones, de inacciones, como digno de ser evocado en el ELOGIO DE LA SOMBRA como sueño modelo. Ella (algo distinta de como la he visto en las raras oportunidades en que hemos coincidido: muy pálida –de una palidez tan acusada que parecía brillar en la creciente penumbra-, el pelo recogido en una trenza que dejaba ver el nacimiento del cuello -la nuca, para mí uno de los rincones más incitantes del paisaje femenino-, con la mirada desnuda –la latencia del desnudamiento de un rostro usualmente cubierto con prótesis sospecho sea la razón última de mi fetichismo por las gafas graduadas en rostro de mujer: esa promesa de desnudamiento facial me ha resultado siempre muchísimo más sugerente que cualquier full frontal-) me había convocado para comentar un proyecto de colaboración profesional que, al final, no llegamos a tocar, sumidos en el disfrute de la mutua compañía, tratando de prestar atención a las cosas que nos unían y de olvidar las discrepancias que habían movido los hilos de nuestro pasado.
Un sueño hecho de paseos. Paseos entre el crepúsculo y la noche cerrada por varios lugares de la capital: una tienda de discos junto al scalextric hacia Reina Victoria (ella me mostró unos vinilos de una chica norteamericana que a ambos nos encandilaba -¿trasunto de Laura Nyro?: al despertar no he logrado recordar quién podía ser, aunque sí el género de música-), ese tramo de Rosales donde sonríe el busto del fundador de los Rotarios (con el sol despidiéndose al fondo como en un paisaje barroco), una escena de madrugada por la zona del Madrid de los Austrias como sacada directamente de una película de Edgar Neville (de hecho, estuvimos comentando por unos instantes en una plazoleta desierta la impresión casi gemela de hallarnos, cual pareja protagonista de PLEASANTVILLE, abducidos dentro de LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS), una ingesta de chocolate con porras en un antro de Lavapiés donde nos daba la impresión de haber sido parroquianos de toda la vida (cuando, de haber pisado yo un lugar así en el plano real, seguramente lo hice con Antonio, Paco y El Rojo en los tiempos de PARAISO)… Ella, finalmente, se decidió a abordar el proyecto que, en teoría, nos había reunido. Justo en ese momento, se oyó un estruendo en la calle. Ibamos a salir del bar a ver qué pasaba cuando el estruendo, en realidad el telefonillo del portero automático, me despertaba con una agridulce mezcla de satisfacción por lo soñado y de frustración por su brusco final.
