Es de noche y camino por avenidas céntricas de mi ciudad, rodeado de un montón de gente. Mis hermanas vienen conmigo. No puedo precisar la hora, pero por la oscuridad y el flujo humano, da la sensación de que son las siete de la tarde de un día cualquiera de invierno. Sin embargo, todos vamos desabrigados y parece que es mucho más tarde. Nadie habla. Como refugiados o huídos, todos murmuran en voz baja, atemorizados por la presencia invisible de una catástrofe indeterminada.
-¿A dónde vamos?-, pregunto a mi hermana pequeña.
-A Galerías Preciados. Hay que identificar a los papás-.
-¿Qué?-, pregunto.
-Ha habido un atentado-.

No pregunto más y sigo andando. Empiezo a tener un poco de frío en los hombros. Dos ambulancias aparcadas emiten luces como pequeñas discomóviles, apostadas en una bocacalle. Las dejamos de lado y pasamos por un escaparate que llama mi atención. Intento acercarme a verlo (parecen juguetes antiguos, personajes de una serie de scifi que no logro identificar) pero la gente hace un cordón contínuo alrededor del cristal, y me resulta imposible.
-Date prisa-, me riñe mi hermana mayor, mientras tira de mi camiseta con fuerza.
Cuando llegamos a los grandes almacenes, las luces están apagadas. Dentro la iluminación es muy rudimentaria. Hay vehículos aparcados entre los estantes de ropa de oportunidades, colas interminables de personas que intentan coger los ascensores, y un caos generalizado difícil de explicar. Sin embargo reina un silencio inexplicable, interrumpido de vez en cuando por alguna tos, o el sonido de los zapatos contra el suelo recién encerado.
Nos conseguimos colar en una escalera mecánica y ascendemos con el tumulto silencioso. El hilo musical emite una extraña mezcla de cacofonías, ruidismo conceptual y notas tocadas al azar; como un soundtrack pesadillesco de John Cage.
Una voz radiofónica resuena a través de los altavoces de megafonía: -Familiares muertos en la última planta-. Y la gente sigue callada, como borregos en un camión, apelotonados en la escalera mecánica que asciende hacia el infinito.

Llevamos un buen rato sin parar en ningún piso y empiezo a preocuparme.
-Qué raro. Esto no lleva a ningún sitio-.
El pasaje de la escalera empieza a mirarme con extrañeza, como si hubiese dicho algo fuera de lugar. Aunque juraría que lo había dicho en voz baja, resulta curioso que prácticamente la totalidad del pasaje, que se pierde en el horizonte de la vista hacia arriba y hacia abajo, esté girado hacia donde estoy yo, mirándome con una inexpresividad que inquieta.
De repente las escaleras frenan en seco y la luz se apaga. Sólo se escucha el hilo musical, de fondo, que esta vez parece un collage hecho de pasajes de música clásica editados y pegados un poco ad lib, que suele decirse.
La gente empieza a moverse y a empujar, y no tengo otro remedio que subir a pie el camino restante hacia la salida de la escalera. Al cabo de un raro andando a oscuras, desembocamos en una planta iluminada por unos tubos de plástico terriblemente retro, que emergen del techo. Me recuerdan al planeta Krypton de la primera película de Superman (la de Cristopher Reeve) y a la cafetería del Corte Inglés de Pintor Sorolla: un ejercicio de recreación que toma lo peor de los lugares comunes del mal gusto que he visitado durante mi infancia en los años ochenta.

Cuando bajo la vista del techo descubro que estamos en una especie de fiesta de fin de año obsoleta y enrarecida.
Guirnaldas de colores, tiras de papel dorado, globos plateados, azules y blancos, y la leyenda FELIZ 19?? penden del techo, mientras una versión robotizada de la Orquesta Topolino, se obceca en reproducir calypsos una y otra vez. Toda la gente es mucho mayor que yo, y de repente me siento como si tuviera diez años en vez de ventinueve.
Al ritmo de la música, cada vez más ralentizada y electrónica, los viejos empiezan a meterse mano de un modo tan explícito que da miedo. En poco menos de cinco minutos la fiesta se está convirtiendo en un gang bang masivo, tocado de arrugas, tembleques, canas y resuellos.
Intento buscar a mis hermanas entre la muchedumbre desnuda pero resulta imposible, así que decido escapar escaleras abajo, sumergido en un fundido a negro interminable, vertiginoso e incierto.