“La nueva Leo se deja caer en la cama. Su mirada no está posada sobre nada concreto. Si acaso, y fugazmente, sobre la luna que pretende salir en este anochecer de verano. Buenas noches, Leo”.
Así termina el guión cinematográfico del cortometraje “Leo es Pardo” (Iván Zulueta, 1976). Ahora que ya sabemos cómo acaba, podemos ver tranquilamente el film: un chute onírico en 16 mm. cuyos efectos duran casi diez minutos, que pueden parecer diez días, diez horas o diez segundos: ya se sabe que aquí, en la dimensión de los sueños, no existe el tiempo:
Unos amigos me invitan a una fiesta en su apartamento. Llego al mediodía y me abre la puerta una pareja desconocida: en el apartamento no hay nadie más ni signos de fiesta alguna. El chico desaparece y la chica me dice que la acompañe a la cocina, que desde allí se dominan unas espectaculares vistas de la ciudad. Al mirar por la ventana, siento un gran vértigo, ya que estamos en el piso cuarentaytantos de un enorme bloque de hormigón. De pronto, noto que se levanta una violenta ventolera y veo que olas gigantes invaden la ciudad: en unos segundos, está todo cubierto de agua, que llega casi al borde de la ventana a la que estoy asomado.
La chica me invita a nadar, dice: “Date un baño con los demás invitados”. Sí, miro y veo a varios amigos y conocidos flotando en el agua, entre grandes olas. Así que me cuelo por la ventana y me uno a ellos. Entonces la chica me grita: “Eh, ¿qué haces ahí? ¡Que no hay agua! ¡Salta hacia dentro!” Cuando pronuncia esta última palabra, el agua desaparece, pero consigo agarrarme al alfeizar. Intento entrar de nuevo a la cocina, pero la ventana ha menguado y me resulta difícil pasar. Empujo y empujo, pero el ventanuco es cada vez más pequeño o yo cada vez más grande, no sé… Oigo el sonido de un cencerro y veo una gran vaca que entra en la cocina, acompañada por su rústico novio: un hombre con boina que me recuerda a Paco Martínez Soria. La chica, sonriendo, dice: “Mira, llegan más invitados”, y me presenta a la vaca, que empieza a lamer mi cara mientras su novio recita a voces el final de un poema cirlotiano:
“¡Qué triste es estar loco en un inmenso
valle donde suenan las campanas!
Ayer mi nombre y mi silencio oscuro
tenían todavía la dulzura
de un beso inacabable y solitario.
Pero la casa… ¡La casa negra, está ahí!
donde balan los lívidos corderos
y donde aquella niña muerta
-sobre un camino de sangre-
soñando, me llama como el viento”.