“Hey, Caradecuero y yo hacemos todo el trabajo aquí. Él mata y yo cavo las tumbas. Tú no haces nada. ¡No eres más que un cocinero!”
Hitchhiker

Con Nono en un multicine. Compramos palomitas para ver una de terror. Como suele ocurrir en muchos de mis sueños, al empezar la película soy absorbido por ella, es decir, que ya no estoy en la oscuridad del patio de butacas, sino en las luminosas tripas del film, protagonizándolo. En él, conduzco por Ferrol una camioneta vieja, destartalada y oxidada, de caja abierta. Me meto por un camino sin asfaltar, lleno de baches, fango y piedras, y paro frente a una casa blanca y antigua, con las paredes llenas de moho y manchas de humedad, bordeada por una acequia. Bajo de la camioneta, cojo una pelota y me pongo a jugar con ella sobre la hierba, hasta que de una patada la cuelo en la acequia. Para recuperarla, meto mi mano en las aguas fecales procedentes de los váteres y fregaderos de la casa. Sigo jugando con la pelota sucia hasta que sale de la casa un viejo compañero de colegio, que ahora está arrugado y tiene canas, pero conserva su estatura y sus facciones infantiles. Primero va acompañado por varios familiares, pero luego todos ellos se funden y se transforman en una única persona: alguien parecido a él, una especie de clon de aspecto borroso y cambiante. Hablo con ellos y los dos parecen como idos, pero sonríen. Me dicen que es tarde y es mejor que pase la noche en su casa. Yo digo que debo irme ya, porque me esperan para cenar, pero ellos insisten: “No puedes irte porque tienes dos ruedas pinchadas, cena con nosotros”. Acepto la invitación porque, aunque todo me da muy mala espina, no tengo otra opción; así que entramos en la casa, que por dentro es como una de esas mugrientas cafeterías de carretera llenas de moscas. Nos sentamos y nos atiende una camarera muy nerviosa. Dice que sólo hay agua, hamburguesas y kebaps. Pido una hamburquesa poco hecha con mucho queso y me la sirve ipso facto: está buenísima y disfruto mucho comiéndola, acompañada por grasientas patatas fritas con ketchup.

Mientras mastico la jugosa y deliciosa hamburguesa, mis anfitriones me miran sonriendo. Con la boca llena, hablo: “Bueno, ¿qué planes tenemos?”. El niño viejo contesta: “Lo de siempre… En cuanto acabes de cenar te llevaremos al garaje, te ataremos con unos alambres y te clavaremos muchos objetos afilados para ablandarte los músculos; luego te arrancaremos los brazos, las piernas, la polla y la cabeza y lo echaremos todo a la tritutadora y, finalmente, usaremos tu carne picada para hacer hamburguesas para la cafetería; tu tronco lo incrustaremos en esa barra que da vueltas para que se tueste bien y rasparle láminas para kebaps”.