Canción compuesta por Peter Ivers y David Lynch.
Interpretada por Lady In The Radiator.
“In heaven everything is fine
In heaven everything is fine
In heaven everything is fine
You’ve got your good thing
And I’ve got mine.
In heaven everything is fine
In heaven everything is fine
In heaven everything is fine
You’ve got your good thing
And you’ve got mine.
“En montañas de basura, en montañas de basura, en montañas de basura, en montañas de basura”.
J.
Estoy en una especie de almacén vacío fabricado con cemento gris. En la parte de atrás, hay una puerta que da a un solar lleno de basura, en el que vive un ser que me da miedo, porque siempre me persigue y me dice que quiere torturarme, matarme y comerme crudo. Es un harapiento adolescente de cuerpo grande, dientes de piraña y cara grasienta, granulosa y deforme, atrozmente desfigurada por algún tipo de accidente químico. Sin embargo, debo internarme en el basurero para coger una llave que he perdido en él; es la llave que abre la puerta del almacén del que quiero escapar. Así que camino sobre la montaña de basura y escarbo en los desperdicios, pero no encuentro la llave. Hay dos guardias jurados que me observan mientras profundizo en las pestilencias: se creen que busco comida. Estoy enterrado hasta las rodillas y el hedor me marea. En la distancia, escucho un ladrido que se acerca cada vez más. Miro hacia todas partes pero no veo ningún perro; siento un pinchazo de terror y acelero mi búsqueda, metiendo los brazos hasta los codos entre la mierda y sacando todo tipo de desechos sintéticos y orgánicos: desde tripas y fetos hasta raspas de pescados, cáscaras podridas y latas vacías de alimentos consumidos hace mucho tiempo. Pero sigo sin encontrar la llave, mientras los ladridos cada vez están más cerca. Y más cerca. Y más cerca. Hasta que lo veo: es la horrible bestia adolescente del vertedero que, con las fauces abiertas, se acerca hacia mí para devorarme vivo. Aterrorizado, pido ayuda a los guardias jurados, que se acercan y disparan a la bestia. Pero los tiros que el monstruo recibe también me duelen a mí, y caigo sobre la montaña de basura abatido por los balazos. Mientras me desangro, me doy cuenta de la terrible verdad: el monstruo y yo somos las dos caras de una misma moneda, dos manifestaciones psíquicas de una personalidad fragmentada. Nuestra única salvación era devorarnos, fundirnos en un solo cuerpo, juntar la luz y la oscuridad en un nuevo ente, acabar con la dualidad. Pero ahora… nos morimos separados e incompletos como un animal partido en dos. Y dentro de poco… SEREMOS BASURA.
“Porque siempre en los vecinos se ven más las liviandades”.
Lope de Vega
Es de noche y estoy en unos tejados, gateando entre antenas y murciélagos, lleno de vértigo, siempre a punto de caer. Veo un ventanuco iluminado, lo rompo y entro por él a un estrecho corredor por el que debo reptar (el techo es muy bajo) para llegar a mi casa. La puerta está abierta y entro en mi piso grande, sucio y destartalado, con pocos muebles y muchas telarañas. Llego a mi habitación y me fijo en una grieta en el suelo del parquet que poco a poco se vuelve transparente como si alguien me hubiese puesto rayos X en los ojos. En el subsuelo, puedo ver cientos de tablones de maderas que sostienen mi habitación y la separan del piso inferior y atisbo algunos fragmentos de la casa de los vecinos de abajo. Entonces, en una esquina, descubro el hueco: un agujero por el que cabe mi cuerpo y me meto por él agarrándome a los tablones para bajar. A duras penas, termino mi descenso y, escondido tras los tablones que soportan el peso del techo, contemplo el piso de mis vecinos que, a diferencia del mío, está lleno de muebles caros y ostentosa decoración de neoricos. El vecino ve su tele de pantalla de plasma mientras lo espío desde la esquina. Hago un ruido, él mira hacia atrás, se levanta y me descubre:
-¿Qué haces en mi casa?
-Hola, perdona pero es que me caí por el hueco de la esquina.
-Bueno, ya que estás aquí, te enseñaré el piso.
Pero llega su mujer con sus dos niñas chinas adoptadas y todos, en lugar de pasearme por las habitaciones de la casa, me acompañan en silencio a la puerta, como invitándome a salir. Casi en el umbral, oigo voces de otra gente al fondo y pregunto:
-¿Quién está ahí?
Y el cabeza de familia me contesta:
-Son los de Chanel, que están rodando un spot en el cuarto de baño. Puedes echar un vistazo si quieres.
Me llevan al baño y, efectivamente, ahí está un equipo de rodaje, c0n focos y cámaras, grabando a Karl Lagerfeld vestido de cuero, pero aún así elegante, montado sobre un tigre de bengala. El baño de paredes de azulejos blancos está decorado con todo tipo de merchandising de Spiderman. El cabeza de familia se justifica:
-Es por las niñas, les encanta Spiderman.
De forma instintiva, miro a las pequeñas y veo que tienen cabezas humanas y cuerpos de araña.
“Cuando nos transformamos radicalmente, nuestros amigos, los que no se han transformado, se convierten en los fantasmas de nuestro propio pasado; su voz resuena en nuestros oídos como si viniera de la región de las sombras, como si nos oyésemos a nosotros mismos, más jóvenes, pero más duros y menos maduros”.
Friedrich Nietzsche
¡Onetwothreefour! A través de un cristal, veo una pequeña habitación blanca en la que vive un anciano de unos 70 años, muy alto y delgado, vestido con vaqueros ajustados, zapatillas Converse All Star, camiseta negra de los Sex Pistols, chupa de cuero y muñequera de pinchos; está atado con correas a una especie de silla de dentista con ordenador incorporado sobre una mesa-brazo plegable. ¡Onetwothreefour! El viejo está obligado a escribir una y otra vez el mismo artículo, de estilo irreverente, tono desenfadado y lenguaje explícito y enrollado, sobre el auge y caida de un grupo de punk adolescente, incluyendo todo tipo de detalles sobre sus excesos con las drogas y el sexo. Cada vez que lo termina, por unos altavoces que hay a su espalda, suena la asqueada voz de Dee Dee Ramone, que chilla: “¡Onetwothreefour!” y él vuelve a empezar a escribir el mismo artículo, mientras el que acaba de terminar se publica automáticamente en una revista que siempre llega al quiosco con los mismos contenidos. ¡Onetwothreefour! Amarrado a esa juventud postiza, impostada y eterna, el viejo crítico de rock reza por escapar algún día de su potro de tortura intelectual, cambiar su atuendo rockero por un traje elegante y dedicarse a escribir sobre lo que de verdad le gusta ahora: la zarzuela. ¡Onetwothreefour!
Canción compuesta e interpretada por Cocteau Twins.
“I’m seemin’ to be glad a lot
I’m happy again, come, come in time
This mustn’t hurt or harm yourself
Well, me, I give in to your arms
You’re the match of Jerico
That will burn this old madhouse down
And I’ll throw open like a walnut (blown up?) safe
More like a love that’s a bottle of exquisite stuff, yes
You, yourself, and your father
Don’t know him, so part in your own ways
You’ve really both bone setters
Thank you for mending me babies
You’re the match of Jerico
That will burn this old madhouse down
And I’ll throw open like a walnut safe
You will seem that being throughout
That same bottle of exquisite stuff
Yes, you are that match of Jerico
That will burn this old madhouse down
And I’ll throw open like the walnut safe
You, yourself, and your father
Don’t know him, so part in your own ways
You’re really both bone setters
Thank you for mending me babies”
“Hey, Caradecuero y yo hacemos todo el trabajo aquí. Él mata y yo cavo las tumbas. Tú no haces nada. ¡No eres más que un cocinero!”
Hitchhiker Con Nono en un multicine. Compramos palomitas para ver una de terror. Como suele ocurrir en muchos de mis sueños, al empezar la película soy absorbido por ella, es decir, que ya no estoy en la oscuridad del patio de butacas, sino en las luminosas tripas del film, protagonizándolo. En él, conduzco por Ferrol una camioneta vieja, destartalada y oxidada, de caja abierta. Me meto por un camino sin asfaltar, lleno de baches, fango y piedras, y paro frente a una casa blanca y antigua, con las paredes llenas de moho y manchas de humedad, bordeada por una acequia. Bajo de la camioneta, cojo una pelota y me pongo a jugar con ella sobre la hierba, hasta que de una patada la cuelo en la acequia. Para recuperarla, meto mi mano en las aguas fecales procedentes de los váteres y fregaderos de la casa. Sigo jugando con la pelota sucia hasta que sale de la casa un viejo compañero de colegio, que ahora está arrugado y tiene canas, pero conserva su estatura y sus facciones infantiles. Primero va acompañado por varios familiares, pero luego todos ellos se funden y se transforman en una única persona: alguien parecido a él, una especie de clon de aspecto borroso y cambiante. Hablo con ellos y los dos parecen como idos, pero sonríen. Me dicen que es tarde y es mejor que pase la noche en su casa. Yo digo que debo irme ya, porque me esperan para cenar, pero ellos insisten: “No puedes irte porque tienes dos ruedas pinchadas, cena con nosotros”. Acepto la invitación porque, aunque todo me da muy mala espina, no tengo otra opción; así que entramos en la casa, que por dentro es como una de esas mugrientas cafeterías de carretera llenas de moscas. Nos sentamos y nos atiende una camarera muy nerviosa. Dice que sólo hay agua, hamburguesas y kebaps. Pido una hamburquesa poco hecha con mucho queso y me la sirve ipso facto: está buenísima y disfruto mucho comiéndola, acompañada por grasientas patatas fritas con ketchup.
Mientras mastico la jugosa y deliciosa hamburguesa, mis anfitriones me miran sonriendo. Con la boca llena, hablo: “Bueno, ¿qué planes tenemos?”. El niño viejo contesta: “Lo de siempre… En cuanto acabes de cenar te llevaremos al garaje, te ataremos con unos alambres y te clavaremos muchos objetos afilados para ablandarte los músculos; luego te arrancaremos los brazos, las piernas, la polla y la cabeza y lo echaremos todo a la tritutadora y, finalmente, usaremos tu carne picada para hacer hamburguesas para la cafetería; tu tronco lo incrustaremos en esa barra que da vueltas para que se tueste bien y rasparle láminas para kebaps”.