“Uno no puede evitar que lo escupan, pero sí que le palmeen el hombro”.
Ernst Jünger
Sueño con un escenario como de plató televisivo a lo Ginger y Fred, con cuatro niveles escalonados: abajo está el público, integrado mayormente por jubilados, un poco más arriba se encuentra una tarima con la banda de música ambiental, después una palestra con el jurado y, en lo alto, un podium para el ganador, que soy yo: voy a recibir un premio que no merezco ni quiero pero que, por timidez, no me he atrevido a rechazar; de hecho, ni siquiera recuerdo qué demonios he hecho bien (o sea, mal) para terminar así: recibiendo un galardón que me entrega un jurado compuesto por politicastros, pseudofilósofos, famosetes y demás ralea. Está todo vacío y el productor del programa me dice que vamos a hacer un pequeño ensayo de la entrega del premio. Yo me encuentro entre deprimido y enfadado, porque tengo mucha gente alrededor maquillándome, poniéndome el micro y diciéndome todos a la vez lo que tengo que decir cuando suba a recoger el trofeo. Tras varios ensayos, mi mezcla de cabreo y desconcierto va en aumento. No consigo retener el discurso a pronunciar, así que uno de los guionistas me apunta que mejor improvise algo, porque no hay tiempo que perder. El maquillador me pone los últimos retoques y, como guinda, me “empolva la nariz”, metiéndome un par de puntas de coca dosificadas en la esquinita de una tarjeta de crédito: “Estás en la tele y te van a dar un premio, muchacho, esto no puede faltar”. Esnifo las montañitas de perico y voy a mear, pero me pierdo por unos pasillos blancos llenos de azafatas agresivas que andan muy rápido, taconeando, hablando por pinganillos sin parar; ninguna me mira. Me meto al fin en un baño y meo mientras leo una pintada que dice “Necesito tratamiento” y luego dos puntos y un número de teléfono móvil que intento memorizar en vano. Me la sacudo y salgo del baño. Cuando llego al plató de vuelta, la entrega de premios ha empezado sin mí. El productor del programa me mete prisa: “¿Dónde coño estabas? ¡Tenías que haber recogido el premio hace media hora!”. Entro, suenan aplausos enlatados, los miembros del jurado me sonríen y dos señoritas me conducen hasta el podium del premiado. Me sientan en el trono, en todo lo alto, y reina el silencio. Todos esperan mis palabras y yo me pongo rojo: estoy atontado, enfadado y enzarpado. Entonces balbuceo quince palabras: “Me gustaría dedicar este premio a los presos políticos del Movimiento de Liberación Nacional Vasco“. El silencio es sepulcral. Se apagan todas las luces y noto un golpe en la cabeza. Fundido en negro.
Ahora estoy en un zulo, rodeado por cinco encapuchados con pasamontañas blancos y txapelas. Uno de ellos se adelanta y me encañona con una pistola. Se produce el siguiente diálogo:
Yo: ¿Quiénes sois? ¿Do-dónde estoy?
Él: Somos de la ETA y estás en un zulo.
Yo: Y… ¿qué queréis de mí?
Él: Hemos recibido una orden de la CIA. Tenemos que matarte cuanto antes.

¡BANG!



