LAS BICICLETAS SON PARA LOS ANOS
“Millones de personas desean la inmortalidad cuando ni siquiera saben qué hacer una tarde lluviosa de domingo”.
Susan Ertz.
Estoy en un precioso y laberíntico parque, lleno de enredaderas que crecen a gran velocidad, árboles con formas que no sé describir, flores que parecen de otro mundo y coronas de espinas que brotan en los caminitos como baches pincharuedas. Voy en bicicleta y drogado porque es la única forma de andar por aquí: en la entrada, un guarda como los de antes reparte bicicletas rotas y pastillas rojas y, gracias a ellas, los visitantes dibujamos caprichosos surcos sobre el suelo de tierra mientras esquivamos los baches con nuestras bicicletas deformes, retorcidas e incontrolables. Y, sin embargo, nunca hay accidentes por aquí; como mucho, hacemos disparatadas piruetas, saltamos, casi volamos en el aire denso y húmedo del jardín y volvemos a caer de pie como gatos con ruedas. La droga que me han dado hace que lo vea todo aún más verde y brillante, pero también más borroso, como un cuadro de Monet retocado con tonos fosforitos por un pintorzuelo psicodélico. No sé si he dicho que está prohibido caminar por el jardín y por eso vamos todos en bicicletas de las que no nos podemos bajar. Todos… menos Chábeli Iglesias: la Chábeli adolescente es además la única que vive en el jardín y ni entra ni sale ni toma pastillas: sólo pasea por los caminitos y reparte flores y ósculos entre los ciclistas. Cada día, Chábeli bebe unos sorbos de la fuente de la eterna juventud, situada en el centro del jardín y, así, nunca envejece, gozando de una adolescencia perpetua, perdida para siempre en el camino que va de niña a mujer. Sonriente, Chábeli se acerca a mí, me da un beso en la mejilla, me hace perder el control de la bici y casi choco con un árbol, pero el manillar se endereza solo y vuelvo al sendero que me lleva hacia un puente dorado sobre un estanque de aguas púrpuras. El colocón aumenta y me entretengo mirando las mariposas grandes como abanicos que vuelan por todas partes, mientras mi bicicleta hace lo que le da la gana y yo confío en ella porque sé que nunca se atrevería a chocar: eso aquí sería un sacrilegio con pedales. Poco antes de llegar al lago de los cisnes, veo que me sigue un niño vestido de marinerito a bordo de un triciclo; al llegar a mi altura, me dice: “Hola, me sorprende encontrarte en este parque, no es fácil entrar”. Yo lo miro sonriendo y contesto: “Tampoco es fácil salir. Se está bien”. Él sonríe y me da un consejo de veterano: “Deberías pedirle otra pastilla al guarda antes de salir. Ahí fuera es todo muy feo”. Yo respondo: “O aquí dentro muy bonito. ¿Crees que algún día me dejarán bajar de la bici y beber de la fuente?” El pequeño se pone muy serio y contesta: “Eso depende de los puntos que hagas. Yo antes también dudaba, pero ahora sé que nunca seré mayor”. Sin más, seguimos pedaleando por los caprichosos senderos del jardín, mientras enormes ranas de todos los colores nos contemplan con ojos saltones desde sus nenúfares, como esperando que algún día alguno de nosotros choque o se caiga de su bicicleta, dando lugar a una excepción que confirme al fin la regla de que aquí nadie muere.



