TENDRÉ QUE SALIR ALGÚN DÍA
Canción compuesta por Germán Coppini y Teo Cardalda.
Interpretada por Golpes Bajos.
“Y es que nunca me acuesto
sin haber aprendido algo nuevo,
escondiendo mi cabeza entre las sábanas.
Derrochando minutos
y no ando sobrado de ellos,
tomando del día las últimas bocanadas.
Como alma en pena encerrado
en el cuarto de los huéspedes,
creando aureolas de fantasía.
Haciendo oidos sordos
a las súplicas diarias.
Esperando el paternoster,
la pesadilla.
El futuro es ya:
el que algo quiere algo le cuesta.
Me lloran los ojos al abrirlos
a la claridad.
Tiemblan mis manos
cuando acaricio tu cabello,
no dejando de sentirme un fracasado.
Como alma en pena encerrado
en el cuarto de los huespedes,
creando aureolas de fantasía.
Haciendo oídos sordos
a las súplicas diarias.
Esperando el paternoster,
la pesadilla”.
Fotogramas: Will More en Arrebato (Iván Zulueta, 1980).
“in my plastic bubble i can’t breath / think i’ve lost my box with magic pills”.
Telefilme
Desde hace décadas, vivo en una inmensa nave espacial. Tiene el tamaño de una isla pequeña y en ella es todo sintético: desde los inmaculados habitáculos que recuerdan a los de 2001 hasta el bosque artificial de abetos construidos con piezas de Tente. La nave va a la deriva por el espacio, en un viaje a ninguna parte que me llena de angustia aunque, en el fondo, no envidio a los que se han quedado en la podrida Tierra: están más o menos igual, sólo que dan vueltas alrededor del sol.
Todo va ni bien ni mal, o sea, aburrido… hasta que, en el interior de una cápsula transparente verde, blanda y membranosa, llega un señor que se parece a Ben Linus. Procede del espacio exterior y se mete en el interior de nuestra nave sonriendo y mirándonos desde su útero volador, flotando desnudo en el plasma verde como un bebé grande y adiabolado. No habla, sería imposible desde ahí dentro, pero telepáticamente nos envía señales de alivio, aunque yo intuyo desde el principio que está aquí para hacer el mal.
Al principio, se adapta bien, y se hace muy amigo de varios miembros de mi familia que, lejos de parecer asustados por su cápsula, se divierten jugando con ella y charlando telepáticamente con el vivaracho ser humano que habita en su interior. Ben es un tipo divertido y entrañable, parece un pedazo de pan, pero a mí no me engaña: algo hay en su cara de roedor y en su mirada azul que me dice que no es buena persona. “Ollos verdes son traidores, azules son mentireiros”, dice la canción.
Aunque aquí no hay días, pasan semanas antes de que Ben me desvele (siempre telepáticamente) sus verdaderas intenciones para conmigo: quiere que le regale mi amuleto mágico, ese que le compré hace años a un tipo que me juró que en su día perteneció a Aleister Crowley , ese que me ha salvado la vida tantas veces. Yo me enfado y me niego en redondo a dárselo y él se limita a sonreir, a flotar y a esperar. Sabe que tiene todo el tiempo del universo.
Poco a poco, Ben va seduciendo con su labia a todos los habitantes de la nave-isla, convenciéndolos para que vivan en cápsulas como la suya. “Son cápsulas orgánicas, seres vivos, o parásitos si lo prefieres, que yo expulso de mi cuerpo y controlo con mi mente. Se está bien dentro, deberías probar una”, me comentó en cierta ocasión.
Ahora, todos menos yo están encerrados en una cápsula orgánica. Ben los ha separado por familias, aislándolos en salas vacías donde flotan y, a veces, chocan o se rozan entre ellos; cuando esto sucede, se produce una fuerte y dolorosa descarga que abre llagas en los cuerpos y debilita los espíritus. Toda mi familia está en una de esas salas y Ben me prometió liberarla si le entregaba el amuleto, que es el único que me protege de su influjo hipnótico.
Sin nada que perder, por primera vez en mi vida, decidí creer a un ser de ojos azules.
Por supuesto, mintió.
Nada más entregarle mi amuleto crowleyano, Ben se giró en su cápsula, dándome la espalda, y se tiró una fuerte y sonora ventosidad anal que generó un flujo horizontal de burbujas en mi dirección; acto seguido, a gran velocidad, salió de su culo, atravesando la cápsula, una mucosa verde que se pegó a mi cara, extendiéndose por todo mi cuerpo y dejándome inconsciente con una violenta descarga eléctrica parecida a la que sentí una vez, hace mucho, cuando aún vivía en la Tierra, mientras cambiaba una bombilla. Un escalofrío eléctrico y, después, la oscuridad.
Cuando desperté, estaba yo también en una de esas cápsulas orgánicas (no se está mal del todo aquí, pero es raro, es asfixiante y claustrofóbico, un regreso al útero), flotando en la misma habitación blanca que mi familia, rezando por no rozarme contra sus respectivas cápsulas: como en un infierno controlado por un demonio que castiga el incesto, aquí el roce es un pecado que se paga con la inconsciencia. (Es extraño, respirar con la piel, sentir el líquido amniótico en los pulmones, ver todo verde). Veo que una de mis primas se acerca hacia mí con cara de horror, intento moverme para no rozarla pero… ¡FLASH! Otra descarga, otro rato largo de oscuridad. (Nunca hace frío, todo es tibio y viscoso). Y, al despertar, un terrible dolor de cuerpo y alma.
No existe ya el tiempo aquí y el suicidio, que sería la única salida, es imposible: Ben nos controla a todos con la mente y el líquido verde se regenera y nos alimenta por los poros sin necesidad de cordones umbilicales. En el fondo, son obras maestras de la teconología orgánica sin cables, estas cápsulas. Y también cárceles perfectas. Mi única esperanza es que algún día, ya viejos, me muera víctima de una de esas descargas o de la falta de movimiento o de puro horror. ¿Será posible morir de miedo a un futuro dantesco?, me pregunto ahora mientras intento esquivar a mi madre.
A veces, sólo a veces, Ben se mete en mi mente y se ríe de mí. Hoy, le pregunto por sus motivos, qué hemos hecho para merecer esta tortura. Y él, como buen supervillano, me lo cuenta: esto se retransmite en directo a un canal pornográfico extraterrestre y todos formamos parte de un programa sadomasoquista que bate records de audiencia.
Naturalmente, él es el amo y nosotros los sumisos.
Es el mayor problema de todos los mortales. ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Seré recompensado o castigado por mis miserias en el más allá? ¿Me voy a reencarnar? ¿Si es así, regresaré al mundo como un insecto o como un trozo de mierda?
¿Quién sabe? ¿Y a quién le importa?
Consiga ahora el don de la inmortalidad y deje atrás todas sus preocupaciones. Derroche el dinero. Vea la tele. Mate gente. Ya todo da igual. Deje de comer. Deje de respirar. Córtese las piernas, los brazos, la cabeza. Nada va a impedir que usted siga disfrutando de esta extravagancia que llamamos vida. Será el centro de atención en todas las fiestas cuando salte desde una ventana o se pegue un tiro en la cabeza. ¡Splat! Grandes carcajadas. Increíble. La gente le preguntará cómo lo ha hecho. Contemple a sus amistades envejecer, enfermar y morir a su alrededor. Vea cómo se derrumban las naciones y se hunden los continentes. Sea testigo de cómo la Tierra es devorada por el Sol, de cómo el Universo implosiona hasta convertirse en nada. ¿Y entonces qué? Sólo usted lo sabrá. El secreto está en nuestros polvos especiales, que le harán vivir para siempre.
No. 6002. POLVOS SUPER MÁGICOS.
Precio por paquete……………….5.00 $
*Anuncio aparecido en The ACME Novelty Library (Chris Ware, septiembre 2005).
“No soy lo suficientemente joven como para saberlo todo”.
J.M. Barrie
La guardería para adultos está en un pequeño edificio gris de una sola planta. Es un lugar podrido, feo, ruinoso, plagado de basura y alimañas. El tejado está lleno de boquetes. Las ventanas de falso alumino están oxidadas y tienen los cristales rotos. Allí, sobre la alfombra de escombros que cubre el suelo, hay unos pequeños pupitres mohosos, en los que se sientan un puñado de hombres y mujeres de mediana edad, tan mal conservados como el mobiliario y el edificio, y vestidos todos con mugrientos mandilones escolares.
Las caras de las mujeres están llenas de arrugas y granos, con marcas de golpes y profundas cicatrices que no hay maquillaje que pueda tapar; con gritos de verdulera, presumen de sus lesiones y enfermedades, a ver quién lleva la vida más sórdida, violenta, venérea e inhumana. “…ayer me pegó una paliza que casi me mata…quemó el colchón y lo tiró por la ventana…se la chupé de rodillas en el váter de la estación…si estás borracha por el culo duele menos, pero las hemorroides…”. Los hombres, por su parte, están desaliñados, alopécicos, con barbas ralas de muchos días… se parecen a los catres deshechos de una pensión de mala muerte. A diferencia de las mujeres, ellos no presumen, prefieren clavar sus miradas en el suelo y maldecir su mala estrella. “ya ves, tío… joder… se dice pronto… 40 años repitiendo curso… puta guardería…otro año más… mi hijo ya está en la universidad…aún vivo con mis viejos…”. Un año más, de lunes a viernes, estos purulentos quistes en el culo del sistema educativo preescolar acuden a unas clases nocturnas medio iluminadas por un viejo tubo fluorescente que no deja de parpadear.
Hoy, Sandrita, viuda del acomodador de una sala X, cumple 50 años y está repartiendo Valiums. Antes de la llegada de la “seño”, la clase es un caos. Una vieja verdulera arroja un trozo de tiza a su compañero de pupitre, que le devuelve la broma con una pedrada que la tira al suelo y así se cae gritando y riendo. Otros alumnos se entretienen garabateando insultos y dibujando caricaturas obscenas en la chirriante pizarra vieja. Dos adefesios hipermaquillados se pelean a bofetones, tirones de pelos y arañazos sobre la mesa de la señorita, arrancándose trozos de mandilón.
El caos se paraliza cuando se oye un grito: “¡SILENCIO!” Es la “seño”, un travesti sesentón y obeso, malpintado como la puerta de un puticlub barato, que agarra a los adefesios por los pelos, les da un par de bofetones y los pone de cara a la pared, de rodillas y con los brazos en cruz. Sobre cada uno de los brazos, un listín telefónico del año catapum. La “seño” se da la vuelta y sienta sus gigantescas posaderas en una desvencijada silleja. Tras un instante de incredulidad, se toca el culo, se chupa la mano y salta gritando: alguien se ha cagado en su silla. Carcajadas generales resuenan en la deprimente estancia. Nadie responde al “¿quién ha sido?” y el ambiente se podría cortar con un cuchillo de matadero.
Por suerte, Sandrita se acerca a la “seño” con un puñado de Valiums y cambia de tema: “Esto es para usted, porque estoy de cumple”. La horrible cara del travesti se ilumina, balbucea un aflautado “gracias” y le da un morreo con lengua a la alumna. Luego, con la mano aún manchada de caca, mete todos los Valiums en su enorme boca y los mastica con su dentadura postiza, empujándolos con medio litro de Larios.
“A ver…”, dice la seño y se arrastra hasta la pizarra haciendo “eses”, escupe sonoros y enormes lapos sobre ella y, pasando la mano, borra las obscenidades que estaban allí escritas, dejando a cambio una húmeda capa de mucosa verde con vetas blanquecinas como baba de cocainómano. Agarra una tiza con sus dedos fofos cual pollas blandas y escribe en la pizarra: “KUMPLEANOS FELIC”. Con su horrísona voz de travestón ebrio chilla: “¡Niños, me cago en vuestraputamadre, hoy vamos a cantar cumpleaños feliz para Saaaandriitaaaaa!” y se pone a berrear como un sapo, eructando sobre los rostros de sus alumnos la popular canción mientras llora emocionado y sus lágrimas de cocodrilo borracho hacen que se le corra el atroz maquillaje. Su cara es como un borrón negruzco. Los alumnos siguen como pueden el imposible ritmo de su cantar, entonando un desafinado y espectral “Cumpleaños feliz”, mientras Sandra los contempla en pie con su cara arrugada llena de lágrimas negras. De pronto, la “seño” deja de cantar y se queda mirando al infinito con los ojos muy abiertos; entonces emite un alarido gutural, vomita medio litro de sangre espesa que deja algunas caras teñidas de rojo y cae al suelo con sus más de 130 kilos de peso. Ahí se queda, mientras sus alumnos sonríen felices con las venas llenas de Valium.
Al poco rato aparece el “dire” de la guardería (un viejo verde con gabardina llena de lamparones al que llaman “Colombo”), pasa por encima de la “seño”, pisoteando su cuerpo blando como una cama de agua y se sienta en la mesa, pues en la silla aún hay caca. Sandrita le ofrece Valiums y él se toma unos cuantos, acabándose la botella de Larios. Los alumnos respetan más al “dire” que a la “seño” porque sus capones duelen más. Por eso y por el Valium, nadie se mueve, mientras él se amasa la siempre flácida bragueta, mientras clava miradas gonorréicas en sus alumnas favoritas.
Un sesentón vestido con sahariana azul, pantalón de poliester y sandalias con calcetines grises levanta la mano: “¿Pu-puedo ir al servicio?”. El “dire” contesta: “¿Eh? ¡Ah! Si, hombre, sí, vaya a hacer pipí”. El señor se pone a orinar en una esquina y su humeante y ácida meada hace que de entre los escombros salgan ratas, cucarachas, babosas, arañas, ciempiés y bichos-bola. El abuelo acaba de mear y vuelve a su pupitre arrastrando sus pies sobre las alimañas, sonriendo, como disfrutando del sonido que hacen al ser aplastadas. Luego coge unos cuantos bichos y se los lleva a la boca. Se sienta, masticando con los ojos en blanco, mientras una baba de babosa resbala por su boca entreabierta en una mueca que parece una sonrisa.
Durante una eternidad, reinan un silencio y una paz de espanto. Bajo la luz parpadeante, la estancia parece un sardónico cuadro creado por un pintor demente: interior, noche, un lugar abandonado, un puñado de adultos vestidos con mugrientos mandilones sentados en pupitres sobre escombros, bichos correteando por todas partes, un viejo con gabardina que se frota sus partes, un vejestorio insectófago, un travesti inconsciente o muerto, dos adefesios de rodillas y con los brazos en cruz, una pizarra viscosa… Pero ningún artista sería capaz no ya de plasmar, sino de tan siquiera imaginar el hedor, ese insoportable hedor que emana de cada rincón de esta guardería para adultos.
El silencio se rompe con un chillido de Sandrita: le ha vuelto a morder una rata (”siempre a ella, será que tiene la sangre dulce”, masculla el viejo de los bichos esbozando una carcajada). En ese momento, como despertando de un trance, el “dire” carraspea y mira el reloj: “Joder, ¿qué hora es? Bueno, creo que ya habéis estudiado bastante. ¡Media hora de recreo!”. Y todos los alumnos, casi a la vez, se levantan torpes, tambaleantes como muertos vivientes, pero contentos porque es la hora del recreo y pueden salir al oscuro descampado para jugar a los médicos con desperdicios orgánicos.
“No se buscan los sueños / ni se busca el poema, / que las cosas del alma / con el tiempo nos llegan”. Manuel Alejandro (El amor no se busca, 1976). The Gingerbread House (Mia Mäkilä, 2008).
Playa de Ares. Hay una toalla en la arena y, sobre ella, se tumba un señor de mediana edad, que es bajito, achaparrado, simiesco, exageradamente velludo; se acaba de bañar y, temblando, se pone a tomar el sol. Al poco rato, se le acerca una chica pálida como una vela, de unos 30 años, melena muy larga y delgadez anoréxica, rostro que recuerda al de Geraldine Chaplin pero con nariz de cacatúa y profundas ojeras, vestida con una túnica negra que le llega hasta los pies. Se para ante el señor y agarra sus rollizas manos con sus huesudas zarpas, cadavéricas, espectrales, de uñas astilladas. Y entonces abre una boca sin dientes y dice:
–Ven, vente conmigo a la caseta negra, que está ahí, detrás de aquellas rocas, en la cala abandonada, rehuída como la peste por bañistas y gaviotas. Para llegar a ella, subiremos por las peñas y caminaremos sobre conchas de moluscos muertos que crujirán bajo nuestros pies, luego descenderemos a una zona de agua estancada y caldosa, donde flotan algas podridas que desprenden fétidos olores; de ahí subiremos a otra peña, más pequeña, que está unida a una plataforma de cemento que debemos bordear con cuidado, para no caernos ni tropezar con el altar de los sacrificios. Después hay una pendiente que nos lleva a una cala de arena llena de moscas y otros insectos y, espantándolos, podremos ver, ya cerca, sobre una alta roca, la caseta negra, que es un cubo perfecto, sin puertas ni ventanas, al que sólo es posible acceder por una cueva desde la que se llega a una escalera que yo, con mis propias uñas, esculpí en su interior durante años. Subiendo por la escalera nos encontramos con una pequeña sala, donde hay una cama de piedra y ahí debes tumbarte, sin moverte, durante mucho, mucho tiempo. Te pondrás boca arriba, como un cadáver en un mortuorio, y no te moverás pase lo que pase, veas lo que veas y oigas lo que oigas. Inmóvil en la oscuridad estarás hasta la muerte y luego te pudrirás y, con el tiempo y los gusanos, sólo quedará tu esqueleto. Entonces, cuando no haya ni una gota de carne corrupta en tus huesos, cuando hasta el último bicho carroñero haya muerto de hambre, serás al fin Belaam y yo, Ábrahel, tu profetisa, te traeré a tus adoradores, que te rezarán en la cala, con los pies apuntando a tu caseta, tumbados sobre la arena, inmóviles y mudos, en la misma postura que te convirtió en Belaam. Sacrificaremos vírgenes en el altar de la playa y dejaremos que se pudran mientras todos te adoramos en silencio a ti, Belaam, y cada uno de nuestros ritos provocará una catástrofe: soplarán tornados, nacerán abortos sin vida, se propagarán enfermedades letales, estallarán guerras mundiales… y todo conducirá al mundo hacia una nueva Edad Oscura en la que millones de fieles rezarán, inmóviles y silenciosos, tumbados ante cubos negros, mientras todo se derrumba a su alrededor. Ven, vente conmigo a la caseta negra y muere por nosotros, Belaam, muere por nuestra oscuridad.
El hombre, que lleva un buen rato intentando meter baza en el largo discurso, se suelta por fin de las manos de la bruja, se saca dos diminutas bolitas blancas de los oídos y suelta:
-Perdone, llevo un rato intentando decirle que tenía los tapones de los oídos puestos, me los pongo para que no me entre agua, ¿sabe? Lo cierto es que no me he enterado de nada. ¿Le importaría repetir lo que me ha dicho?
Como un personaje de Bruguera después de recibir un planchazo, la extraña mujer da una vuelta de campana hacia atrás y queda enterrada en la arena desde la cabeza hasta la mitad de la cintura. La ley de la gravedad ha hecho que su túnica deje al descubierto sus piernas y su entrepierna. No lleva bragas ni bañador y, así, toda la playa puede comprobar que aquella extraña mujer es en el fondo un hombre muy bien dotado y, lo que es peor, envarillado.
Canción compuesta por Orlando de la Rosa.
Interpretada por Antonio Machín.
Ilustración: Analog Dreams.
“Anoche hablé con la luna
y le conté mis penas
y le conté las ansias
que tengo de tenerte.
Anoche hablé con la luna
y le ofrecí mis sueños,
los sueños que guardaba
tan dentro de mi alma.
Me confesó la luna
que nunca tuvo amores,
que siempre estuvo sola
llorando frente al mar.
Me dijo que la noche
guardaba entre sus sombras
el amor que las olas
me quisieron robar.
Anoche hablé con la luna,
me dijo tantas cosas
que quizás esta noche
vuelva hablarle otra vez.
Me confesó la luna
que nunca tuvo amores,
que siempre estuvo sola
llorando frente al mar.
Me dijo que la noche
guardaba entre sus sombras
el amor que las olas
me quisieron robar.
Anoche hablé con la luna,
me dijo tantas cosas
que quizás esta noche
vuelva hablarle otra vez.”