“in my plastic bubble i can’t breath / think i’ve lost my box with magic pills”.
Telefilme
Desde hace décadas, vivo en una inmensa nave espacial. Tiene el tamaño de una isla pequeña y en ella es todo sintético: desde los inmaculados habitáculos que recuerdan a los de 2001 hasta el bosque artificial de abetos construidos con piezas de Tente. La nave va a la deriva por el espacio, en un viaje a ninguna parte que me llena de angustia aunque, en el fondo, no envidio a los que se han quedado en la podrida Tierra: están más o menos igual, sólo que dan vueltas alrededor del sol.
Todo va ni bien ni mal, o sea, aburrido… hasta que, en el interior de una cápsula transparente verde, blanda y membranosa, llega un señor que se parece a Ben Linus. Procede del espacio exterior y se mete en el interior de nuestra nave sonriendo y mirándonos desde su útero volador, flotando desnudo en el plasma verde como un bebé grande y adiabolado. No habla, sería imposible desde ahí dentro, pero telepáticamente nos envía señales de alivio, aunque yo intuyo desde el principio que está aquí para hacer el mal.
Al principio, se adapta bien, y se hace muy amigo de varios miembros de mi familia que, lejos de parecer asustados por su cápsula, se divierten jugando con ella y charlando telepáticamente con el vivaracho ser humano que habita en su interior. Ben es un tipo divertido y entrañable, parece un pedazo de pan, pero a mí no me engaña: algo hay en su cara de roedor y en su mirada azul que me dice que no es buena persona. “Ollos verdes son traidores, azules son mentireiros”, dice la canción.
Aunque aquí no hay días, pasan semanas antes de que Ben me desvele (siempre telepáticamente) sus verdaderas intenciones para conmigo: quiere que le regale mi amuleto mágico, ese que le compré hace años a un tipo que me juró que en su día perteneció a Aleister Crowley , ese que me ha salvado la vida tantas veces. Yo me enfado y me niego en redondo a dárselo y él se limita a sonreir, a flotar y a esperar. Sabe que tiene todo el tiempo del universo.
Poco a poco, Ben va seduciendo con su labia a todos los habitantes de la nave-isla, convenciéndolos para que vivan en cápsulas como la suya. “Son cápsulas orgánicas, seres vivos, o parásitos si lo prefieres, que yo expulso de mi cuerpo y controlo con mi mente. Se está bien dentro, deberías probar una”, me comentó en cierta ocasión.
Ahora, todos menos yo están encerrados en una cápsula orgánica. Ben los ha separado por familias, aislándolos en salas vacías donde flotan y, a veces, chocan o se rozan entre ellos; cuando esto sucede, se produce una fuerte y dolorosa descarga que abre llagas en los cuerpos y debilita los espíritus. Toda mi familia está en una de esas salas y Ben me prometió liberarla si le entregaba el amuleto, que es el único que me protege de su influjo hipnótico.
Sin nada que perder, por primera vez en mi vida, decidí creer a un ser de ojos azules.
Por supuesto, mintió.
Nada más entregarle mi amuleto crowleyano, Ben se giró en su cápsula, dándome la espalda, y se tiró una fuerte y sonora ventosidad anal que generó un flujo horizontal de burbujas en mi dirección; acto seguido, a gran velocidad, salió de su culo, atravesando la cápsula, una mucosa verde que se pegó a mi cara, extendiéndose por todo mi cuerpo y dejándome inconsciente con una violenta descarga eléctrica parecida a la que sentí una vez, hace mucho, cuando aún vivía en la Tierra, mientras cambiaba una bombilla. Un escalofrío eléctrico y, después, la oscuridad.
Cuando desperté, estaba yo también en una de esas cápsulas orgánicas (no se está mal del todo aquí, pero es raro, es asfixiante y claustrofóbico, un regreso al útero), flotando en la misma habitación blanca que mi familia, rezando por no rozarme contra sus respectivas cápsulas: como en un infierno controlado por un demonio que castiga el incesto, aquí el roce es un pecado que se paga con la inconsciencia. (Es extraño, respirar con la piel, sentir el líquido amniótico en los pulmones, ver todo verde). Veo que una de mis primas se acerca hacia mí con cara de horror, intento moverme para no rozarla pero… ¡FLASH! Otra descarga, otro rato largo de oscuridad. (Nunca hace frío, todo es tibio y viscoso). Y, al despertar, un terrible dolor de cuerpo y alma.
No existe ya el tiempo aquí y el suicidio, que sería la única salida, es imposible: Ben nos controla a todos con la mente y el líquido verde se regenera y nos alimenta por los poros sin necesidad de cordones umbilicales. En el fondo, son obras maestras de la teconología orgánica sin cables, estas cápsulas. Y también cárceles perfectas. Mi única esperanza es que algún día, ya viejos, me muera víctima de una de esas descargas o de la falta de movimiento o de puro horror. ¿Será posible morir de miedo a un futuro dantesco?, me pregunto ahora mientras intento esquivar a mi madre.
A veces, sólo a veces, Ben se mete en mi mente y se ríe de mí. Hoy, le pregunto por sus motivos, qué hemos hecho para merecer esta tortura. Y él, como buen supervillano, me lo cuenta: esto se retransmite en directo a un canal pornográfico extraterrestre y todos formamos parte de un programa sadomasoquista que bate records de audiencia.
Naturalmente, él es el amo y nosotros los sumisos.