EL FIN DEL VERANO

September 11, 2008

Playa de Ares. Hay una toalla en la arena y, sobre ella, se tumba un señor de mediana edad, que es bajito, achaparrado, simiesco, exageradamente velludo; se acaba de bañar y, temblando, se pone a tomar el sol. Al poco rato, se le acerca una chica pálida como una vela, de unos 30 años, melena muy larga y delgadez anoréxica, rostro que recuerda al de Geraldine Chaplin pero con nariz de cacatúa y profundas ojeras, vestida con una túnica negra que le llega hasta los pies. Se para ante el señor y agarra sus rollizas manos con sus huesudas zarpas, cadavéricas, espectrales, de uñas astilladas. Y entonces abre una boca sin dientes y dice:

–Ven, vente conmigo a la caseta negra, que está ahí, detrás de aquellas rocas, en la cala abandonada, rehuída como la peste por bañistas y gaviotas. Para llegar a ella, subiremos por las peñas y caminaremos sobre conchas de moluscos muertos que crujirán bajo nuestros pies, luego descenderemos a una zona de agua estancada y caldosa, donde flotan algas podridas que desprenden fétidos olores; de ahí subiremos a otra peña, más pequeña, que está unida a una plataforma de cemento que debemos bordear con cuidado, para no caernos ni tropezar con el altar de los sacrificios. Después hay una pendiente que nos lleva a una cala de arena llena de moscas y otros insectos y, espantándolos, podremos ver, ya cerca, sobre una alta roca, la caseta negra, que es un cubo perfecto, sin puertas ni ventanas, al que sólo es posible acceder por una cueva desde la que se llega a una escalera que yo, con mis propias uñas, esculpí en su interior durante años. Subiendo por la escalera nos encontramos con una pequeña sala, donde hay una cama de piedra y ahí debes tumbarte, sin moverte, durante mucho, mucho tiempo. Te pondrás boca arriba, como un cadáver en un mortuorio, y no te moverás pase lo que pase, veas lo que veas y oigas lo que oigas. Inmóvil en la oscuridad estarás hasta la muerte y luego te pudrirás y, con el tiempo y los gusanos, sólo quedará tu esqueleto. Entonces, cuando no haya ni una gota de carne corrupta en tus huesos, cuando hasta el último bicho carroñero haya muerto de hambre, serás al fin Belaam y yo, Ábrahel, tu profetisa, te traeré a tus adoradores, que te rezarán en la cala, con los pies apuntando a tu caseta, tumbados sobre la arena, inmóviles y mudos, en la misma postura que te convirtió en Belaam. Sacrificaremos vírgenes en el altar de la playa y dejaremos que se pudran mientras todos te adoramos en silencio a ti, Belaam, y cada uno de nuestros ritos provocará una catástrofe: soplarán tornados, nacerán abortos sin vida, se propagarán enfermedades letales, estallarán guerras mundiales… y todo conducirá al mundo hacia una nueva Edad Oscura en la que millones de fieles rezarán, inmóviles y silenciosos, tumbados ante cubos negros, mientras todo se derrumba a su alrededor. Ven, vente conmigo a la caseta negra y muere por nosotros, Belaam, muere por nuestra oscuridad.

El hombre, que lleva un buen rato intentando meter baza en el largo discurso, se suelta por fin de las manos de la bruja, se saca dos diminutas bolitas blancas de los oídos y suelta:
-Perdone, llevo un rato intentando decirle que tenía los tapones de los oídos puestos, me los pongo para que no me entre agua, ¿sabe? Lo cierto es que no me he enterado de nada. ¿Le importaría repetir lo que me ha dicho?

Como un personaje de Bruguera después de recibir un planchazo, la extraña mujer da una vuelta de campana hacia atrás y queda enterrada en la arena desde la cabeza hasta la mitad de la cintura. La ley de la gravedad ha hecho que su túnica deje al descubierto sus piernas y su entrepierna. No lleva bragas ni bañador y, así, toda la playa puede comprobar que aquella extraña mujer es en el fondo un hombre muy bien dotado y, lo que es peor, envarillado.
ven conmigo