VUELTA AL COLE

September 17, 2008

“No soy lo suficientemente joven como para saberlo todo”.
J.M. Barrie

La guardería para adultos está en un pequeño edificio gris de una sola planta. Es un lugar podrido, feo, ruinoso, plagado de basura y alimañas. El tejado está lleno de boquetes. Las ventanas de falso alumino están oxidadas y tienen los cristales rotos. Allí, sobre la alfombra de escombros que cubre el suelo, hay unos pequeños pupitres mohosos, en los que se sientan un puñado de hombres y mujeres de mediana edad, tan mal conservados como el mobiliario y el edificio, y vestidos todos con mugrientos mandilones escolares.
Las caras de las mujeres están llenas de arrugas y granos, con marcas de golpes y profundas cicatrices que no hay maquillaje que pueda tapar; con gritos de verdulera, presumen de sus lesiones y enfermedades, a ver quién lleva la vida más sórdida, violenta, venérea e inhumana. “…ayer me pegó una paliza que casi me mata…quemó el colchón y lo tiró por la ventana…se la chupé de rodillas en el váter de la estación…si estás borracha por el culo duele menos, pero las hemorroides…”. Los hombres, por su parte, están desaliñados, alopécicos, con barbas ralas de muchos días… se parecen a los catres deshechos de una pensión de mala muerte. A diferencia de las mujeres, ellos no presumen, prefieren clavar sus miradas en el suelo y maldecir su mala estrella. “ya ves, tío… joder… se dice pronto… 40 años repitiendo curso… puta guardería…otro año más… mi hijo ya está en la universidad…aún vivo con mis viejos…”. Un año más, de lunes a viernes, estos purulentos quistes en el culo del sistema educativo preescolar acuden a unas clases nocturnas medio iluminadas por un viejo tubo fluorescente que no deja de parpadear.
el tubo
Hoy, Sandrita, viuda del acomodador de una sala X, cumple 50 años y está repartiendo Valiums. Antes de la llegada de la “seño”, la clase es un caos. Una vieja verdulera arroja un trozo de tiza a su compañero de pupitre, que le devuelve la broma con una pedrada que la tira al suelo y así se cae gritando y riendo. Otros alumnos se entretienen garabateando insultos y dibujando caricaturas obscenas en la chirriante pizarra vieja. Dos adefesios hipermaquillados se pelean a bofetones, tirones de pelos y arañazos sobre la mesa de la señorita, arrancándose trozos de mandilón.
El caos se paraliza cuando se oye un grito: “¡SILENCIO!” Es la “seño”, un travesti sesentón y obeso, malpintado como la puerta de un puticlub barato, que agarra a los adefesios por los pelos, les da un par de bofetones y los pone de cara a la pared, de rodillas y con los brazos en cruz. Sobre cada uno de los brazos, un listín telefónico del año catapum. La “seño” se da la vuelta y sienta sus gigantescas posaderas en una desvencijada silleja. Tras un instante de incredulidad, se toca el culo, se chupa la mano y salta gritando: alguien se ha cagado en su silla. Carcajadas generales resuenan en la deprimente estancia. Nadie responde al “¿quién ha sido?” y el ambiente se podría cortar con un cuchillo de matadero.
Por suerte, Sandrita se acerca a la “seño” con un puñado de Valiums y cambia de tema: “Esto es para usted, porque estoy de cumple”. La horrible cara del travesti se ilumina, balbucea un aflautado “gracias” y le da un morreo con lengua a la alumna. Luego, con la mano aún manchada de caca, mete todos los Valiums en su enorme boca y los mastica con su dentadura postiza, empujándolos con medio litro de Larios.
“A ver…”, dice la seño y se arrastra hasta la pizarra haciendo “eses”, escupe sonoros y enormes lapos sobre ella y, pasando la mano, borra las obscenidades que estaban allí escritas, dejando a cambio una húmeda capa de mucosa verde con vetas blanquecinas como baba de cocainómano. Agarra una tiza con sus dedos fofos cual pollas blandas y escribe en la pizarra: “KUMPLEANOS FELIC”. Con su horrísona voz de travestón ebrio chilla: “¡Niños, me cago en vuestraputamadre, hoy vamos a cantar cumpleaños feliz para Saaaandriitaaaaa!” y se pone a berrear como un sapo, eructando sobre los rostros de sus alumnos la popular canción mientras llora emocionado y sus lágrimas de cocodrilo borracho hacen que se le corra el atroz maquillaje. Su cara es como un borrón negruzco. Los alumnos siguen como pueden el imposible ritmo de su cantar, entonando un desafinado y espectral “Cumpleaños feliz”, mientras Sandra los contempla en pie con su cara arrugada llena de lágrimas negras. De pronto, la “seño” deja de cantar y se queda mirando al infinito con los ojos muy abiertos; entonces emite un alarido gutural, vomita medio litro de sangre espesa que deja algunas caras teñidas de rojo y cae al suelo con sus más de 130 kilos de peso. Ahí se queda, mientras sus alumnos sonríen felices con las venas llenas de Valium.
Al poco rato aparece el “dire” de la guardería (un viejo verde con gabardina llena de lamparones al que llaman “Colombo”), pasa por encima de la “seño”, pisoteando su cuerpo blando como una cama de agua y se sienta en la mesa, pues en la silla aún hay caca. Sandrita le ofrece Valiums y él se toma unos cuantos, acabándose la botella de Larios. Los alumnos respetan más al “dire” que a la “seño” porque sus capones duelen más. Por eso y por el Valium, nadie se mueve, mientras él se amasa la siempre flácida bragueta, mientras clava miradas gonorréicas en sus alumnas favoritas.
Un sesentón vestido con sahariana azul, pantalón de poliester y sandalias con calcetines grises levanta la mano: “¿Pu-puedo ir al servicio?”. El “dire” contesta: “¿Eh? ¡Ah! Si, hombre, sí, vaya a hacer pipí”. El señor se pone a orinar en una esquina y su humeante y ácida meada hace que de entre los escombros salgan ratas, cucarachas, babosas, arañas, ciempiés y bichos-bola. El abuelo acaba de mear y vuelve a su pupitre arrastrando sus pies sobre las alimañas, sonriendo, como disfrutando del sonido que hacen al ser aplastadas. Luego coge unos cuantos bichos y se los lleva a la boca. Se sienta, masticando con los ojos en blanco, mientras una baba de babosa resbala por su boca entreabierta en una mueca que parece una sonrisa.

Durante una eternidad, reinan un silencio y una paz de espanto. Bajo la luz parpadeante, la estancia parece un sardónico cuadro creado por un pintor demente: interior, noche, un lugar abandonado, un puñado de adultos vestidos con mugrientos mandilones sentados en pupitres sobre escombros, bichos correteando por todas partes, un viejo con gabardina que se frota sus partes, un vejestorio insectófago, un travesti inconsciente o muerto, dos adefesios de rodillas y con los brazos en cruz, una pizarra viscosa… Pero ningún artista sería capaz no ya de plasmar, sino de tan siquiera imaginar el hedor, ese insoportable hedor que emana de cada rincón de esta guardería para adultos.

El silencio se rompe con un chillido de Sandrita: le ha vuelto a morder una rata (”siempre a ella, será que tiene la sangre dulce”, masculla el viejo de los bichos esbozando una carcajada). En ese momento, como despertando de un trance, el “dire” carraspea y mira el reloj: “Joder, ¿qué hora es? Bueno, creo que ya habéis estudiado bastante. ¡Media hora de recreo!”. Y todos los alumnos, casi a la vez, se levantan torpes, tambaleantes como muertos vivientes, pero contentos porque es la hora del recreo y pueden salir al oscuro descampado para jugar a los médicos con desperdicios orgánicos.
adult kindergarten

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