MONO(CROMO) LOCO por Pablo Maronda

October 6, 2008

Intento poner orden en una montaña de viejas cintas de caset, tirado sobre la cama, que en realidad es un colchón muy grande, sin funda y con una gran mancha reseca en medio, que parece una cara de Bélmez (Underground). Las cintas, digo, parecen salidas del rastro: cada una es de un padre (a cada cual más antigua, abundando las compactas azules y amarillas), y se encuentran en un estado lamentable: el contenido de las bovinas se enreda y se entremezcla entre si, como si fuesen un zarajo inmenso de tripas magnéticas, y de un modo tan aparatoso que no sirve de nada intentar separarlas, sino para romperlas en el intento; y las carcasas están medio sueltas y dejan asomar componentes, como pequeños muelles y esponjillas de espuma. Es imposible manejar todo ese material basuril, y el tiempo se me echa encima mientras intento grabar una recopilación contrarreloj. El equipo de música tampoco ayuda: no es más que una antigualla hecha con retales de otros equipos, de distintas épocas, tamaños y colores; como si lo hubiesen sacado de la ambientación de una fabela piniculera. Huele a fritanga y da la sensación de que no va a funcionar en la vida. Intento darle a play pero no sé cómo se usa. Las teclas no se quedan hundidas ni a la de tres, y los controles del equipo de música me suenan a chino mandarín. Además, las luces de los indicadores están manchadas de pintura de spray, y el trasto se asemeja más a una inmensa caja negra de avión que a un hifi de persona normal. Dándole golpes y accionándolo finalmente de un modo intuitivo, lo único que logro es desesperarme y enfangarme aún más, destrozando las cintas, que revientan al ponerlo en marcha por casualidad, dejando ver los intestinos de serpentina marrón, entre sonidos chirriosos e irreconocibles. Huele a plástico quemado y me siento terriblemente frustrado, como si acabara de perder algo irrecuperable y no hubiera forma humana de hacerlo regresar. Entretanto la cinta rota sigue girando y comienza a crecer en torno mío, como una enredadera de celofán viviente. El monstruo de papel magnético me sube por los orificios nasales, sin mostrar por mi parte ni un ápice de resistencia, y se me enreda en la garganta, como unas vegetaciones, hasta asfixiarme. Lo último que escucho es, como José Sirgado, el runrun del motor del equipo diciendo adiós.
un mar de cintas

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