TREPISMO 2403
“Ya no existen clases sociales claramente determinadas por el estatus económico y la educación. Hoy todos somos terriblemente vulgares…”
Jacobo Siruela
Vivimos en una ciudad-estado sin edificios formada por un conjunto de inmensos descampados, separados entre sí por altísimos muros transparentes coronados con alambradas de acero peligrosamente oxidadas. Cada descampado correspone a una zona y las zonas están numeradas del uno al cien: cuanto más al sur, más pobres; cuanto más al norte, más ricas. Unos tienen más cosas y otros menos que brotan por el suelo y se pueden comprar. En la zona 100, la más baja, se hacinan miles de parias, y en la zona 1, la más alta, viven sólo seis privilegiados. Pero todos bebemos y comemos la misma basura sintética y todos respiramos el mismo aire podrido, denso, cargado de toxinas escupidas por la Dinamo. Por regla general, si naces en uno de los descampados, ahí te quedas toda la vida, vagando de arriba a abajo junto a la misma gente como en un gigantesco patio carcelario en el que todos los presos tuvieran la cadena perpetua. En nuestra zona, la 22, caben sólo unos cuantos cientos de personas, aunque ahora, con el índice de natalidad por las nubes, somos más de mil y estamos un poco apretados.
Conseguir ascender a uno de los descampados más al norte, pasar a la casilla de arriba, subir un peldaño, es extremadamente difícil, pero no imposible. Para ello, hay que coincidir con un ser del descampado superior, matarlo, intercambiar su chip y suplantarlo. Los seres de distintas zonas sólo se pueden encontrar en la Gran Fiesta, que se celebra cada fin de año. Ese día, se abren unas zonas comunes en la parte interior de los anchos muros de metacrilato; pero conseguir pases es muy difícil. Este año, por métodos que no me ha querido confesar, mi mujer se ha hecho con dos pases para la zona Vips. Allí, después de los doce cañonazos láser, conocemos a una pareja de la zona 21, inmediatamente superior a la nuestra. Hablamos con ellos, les damos coba y los convencemos para que vengan con nosotros a los baños a meterse un pelotazo auditivo.
Llegamos al baño común, que rebosa de hombres, mujeres y niños, todos drogándose y hablando por los codos. Mi mujer saca la pistola de los pelotazos y se la pasa a nuestros nuevos amigos, que se meten la punta en la oreja y disparan. Nosotros simulamos hacer lo mismo, pero no apretamos el gatillo. Mi mujer sustituyó la carga habitual de novolamina por otra llena de atroventium, una nueva sustancia tóxica letal para el organismo.
Cuando salimos del baño, el novio y la novia están blancos como velas. “Me duele mucho la cabeza”, dice la mujer. “Y a mí también”, masculla el hombre. Les decimos que vengan a sentarse al suelo y allí empiezan a sangrar por las orejas. No llaman la atención, ya que hay muchos otros en su mismo estado por la acción de la novolamina.
Cuando dejan de moverse, ya podemos sacar el destornillador para extraer los chips que llevan enchufados en la nuca. Nos quitamos los nuestros también, los enterramos en el suelo de tierra blanda apresuradamente y nos conectamos los suyos. De un par de patadas, tiramos los cadáveres fuera de la fiesta, a la zona 22: un instante después de caer al suelo, sus cabezas explotan por la devastadora acción del veneno, pero nosotros ya atravesamos el fiestón sin mirar atrás y nos adentramos en nuestro nuevo descampado: la zona 21. “No puedo creerlo”, dice mi mujer emocionada. “Siempre había soñado con vivir aquí”. Y yo: “Sí, cariño, es increíble, vamos a ser muy felices”. Cogidos de la mano, avanzamos entre la ciega muchedumbre.
La zona 22 es básicamente igual que la 21, sólo que hay más cosas. Están pegadas al suelo y, si quieres comprarlas, te sacas el chip de la nuca, lo conectas al enchufe de la cosa y puedes cogerla a cambio de lo que valga. Como el dinero fue abolido hace mucho (nuestra generación no llegó a conocerlo, ni la anterior, ni la anterior, pero nuestros tatarabuelos aún usaban euros), ahora pagas con fuerza vital: como en un videojuego, te van quitando energía que luego puedes recuperar en la Dinamo. Eso que nuestros antepasados llamaban “trabajo” también fue abolido, pero corriendo en la cinta transportadora para contribuir a mantener en marcha la Dinamo (que da vida y corriente a toda la zona) puedes recuperar energía. Si no lo haces, podrías caer enfermo o morir o, peor aún, no tener con qué conseguir las cosas del suelo: si eso ocurre, te trasladan a la zona 1 y tienes que empezar de cero.
Caminando despacio, disfrutando del olor de la electricidad y del calor de los grandes focos, con el chip facilitándonos toda la información necesaria para vivir aquí, en la zona 21, nos dirigimos a nuestro nuevo hogar, situado en la esquina del sector B (”cielos, es el más chic de la zona”, susurra ella con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja). Abrimos la puerta con mi chip, entramos y nos metemos en nuestro nuevo nicho subterráneo. En el anterior yo tenía que encoger las piernas, pero aquí cabemos los dos perfectamente. “Si hasta nos sobra espacio por arriba y por abajo”, dice ella. Y yo: “Sí, aunque huele un poco a cerrado, ¿no?”. Y ella: “Sí, y hay algo blando en esta esquina, puaj, creo que es un moco… Desde luego, ese matrimonio que parecía tan agradable no era muy limpio, mañana tengo que darle un buen repaso a todo el nicho”. Y yo: “Vale, cariño, yo me iré temprano a hacer cola para entrar en la Dinamo, que tenemos la energía por los suelos”. Y ella: “Genial. Este nicho es una maravilla, pero… imagínate cómo serán los de la zona 20″. Y yo: “Sí… ¿tú crees que podrás conseguir invitaciones para la Gran Fiesta del año que viene?”. Y ella: “Mmmm, aquí debe ser mucho más complicado, aunque lo intentaré, mañana empezaré a hacer amistades”. Y yo: “¡Esa es mi chica! Oye, qué bien se está aquí, es supercómodo el nicho, vamos a dormir que mañana hay mucho que hacer”.
Nos damos un beso y pulso el botón negro. La puerta del nicho se cierra herméticamente, ahogando el griterío de nuestros nuevos vecinos, que derrochan energía celebrando la llegada del año 2403.
